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La desigualdad de género no nace del cuerpo de las mujeres, de nuestras diferencias biológicas. Nace de cómo las sociedades organizaron el trabajo, el poder y el conocimiento. Como recuerda la arqueóloga Almudena Hernando, “el cuerpo no organiza la economía; las sociedades sí”.

9 Marzo de 2026 08.49

Hay palabras que, con el tiempo, dejan de describir una idea y pasan a describir un miedo.

En los últimos años, se ha dado algo cuando menos peculiar, nos encontramos con personas, especialmente mujeres, que les genera incomodidad declararse feministas, incluso cuando comparten muchos de los principios que históricamente ha defendido el feminismo, incluso cuando son reflejo de ellos. La paradoja es evidente, porque las ideas y los objetivos permanecen, la necesidad también.

En el debate público, el concepto de feminismo ha pasado a asociarse con radicalismo, confrontación o incluso con una supuesta oposición a los hombres. El mal uso de la palabra logra un fin: divide y vencerás. Determinadas corrientes ideológicas y políticas se han apropiado del concepto, lo que ha permitido a sus detractores denostarlo sin el menor atisbo de timidez. Pero el feminismo no es patrimonio de nadie, lo es de todos porque, en esencia, representa una aspiración colectiva a una sociedad más justa.

La clave es entender que el feminismo no es el antónimo del machismo o la misoginia. No busca privilegios ni supremacías. Busca igualdad de oportunidades y derechos. Busca que el género no determine las posibilidades y el futuro de una persona.

Si hoy las mujeres podemos votar, acceder a la universidad, abrir cuentas bancarias o ejercer profesiones que durante siglos nos estuvieron vedadas, no fue por una evolución espontánea de la sociedad. Fue porque hubo movimientos —muchas veces incómodos y aún más veces tildados de radicales— que cuestionaron el orden establecido.

Los datos actuales recuerdan que el problema no es solo conceptual. En Ecuador, el trabajo de cuidados representa alrededor del 21 % del PIB y sostiene una parte crítica de la economía. Sin embargo, la mayor parte de ese esfuerzo sigue recayendo sobre las mujeres, que aportan más de tres cuartas partes de ese porcentaje, según ONU Mujeres, con esas tareas invisibles o no remuneradas. Pero más allá de lo económico, es una cuestión de supervivencia: un feminicidio cada 22 horas en el país. Seis de cada diez mujeres ecuatorianas han vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida.

El Banco Mundial señala, sin filtro, que la igualdad laboral no existe en ningún país. Solo 4% de mujeres vive en mercados laborales cercanos a igualdad.

Es innegable que los avances existen, pero a pesar de ello, hay brechas que persisten.

La desigualdad de género no nace del cuerpo de las mujeres, de nuestras diferencias biológicas. Nace de cómo las sociedades organizaron el trabajo, el poder y el conocimiento. Como recuerda la arqueóloga Almudena Hernando, “el cuerpo no organiza la economía; las sociedades sí”.

Durante los años noventa se hablaba sobre todo de equidad. El concepto reconocía que no partíamos del mismo lugar y que, por tanto, era necesario aplicar medidas específicas —becas, cuotas o acciones afirmativas— para corregir desventajas históricas.

Hoy hablamos cada vez más de igualdad. No porque la equidad haya dejado de ser necesaria, sino porque hemos comprendido algo más profundo: no basta con compensar las desigualdades; es necesario transformar las reglas que las producen.

La equidad corrige brechas. La igualdad busca que no vuelvan a generarse.

No se trata simplemente de cuotas: la mitad de los puestos, la mitad de las tareas, la mitad de… La vida no es una hoja de Excel. Se trata de algo mucho más importante: poder elegir. Elegir una carrera, una familia, ambas cosas o ninguna. Elegir sin presión social, sin castigo y sin renunciar a la propia autonomía. Los medios no deben distraernos del fin.

El feminismo no trata de competir con los hombres, ni de quedar por encima, ni de favoritismos o ventajas. Trata de justicia en el íntegro sentido de la palabra.

Por eso el 8 de marzo no es una celebración. Es memoria. Es reivindicación. Es recordatorio.

El feminismo será necesario mientras sigamos amaneciendo con noticias de violencia de género, mientras se permita el matrimonio infantil, mientras exista impunidad y barreras. Porque si algo estamos aprendiendo en el contexto global actual es que las conquistas sociales nunca son definitivas.

Las palabras pueden volverse incómodas. Pueden desgastarse o manipularse en el debate público. Pero las realidades que las hicieron necesarias siguen ahí.

Mientras la igualdad siga siendo una promesa más que una realidad, el feminismo seguirá siendo una conversación necesaria. No para confrontar, sino para que cada mujer pueda ser dueña de su propia vida. (O)

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