Hablaba con mi papá sobre comprar zapatos. Una conversación normal, humana, intrascendente: “¿Los de Guido son los que siempre compras?”, “¿negros o cafés?”. Solo cinco minutos después, abro el celular y ahí están: anuncios de zapatos. No uno. Eran diez. De lugares distintos, de todas las marcas inclusive los Mike o Dolce&Banana.
“¡Qué coincidencia!”, piensa uno. Luego empieza a pasar lo mismo con casi todo lo que conversamos, buscamos o pensamos. Sin duda, eso ya no es coincidencia y entendemos que algo raro está sucediendo. Como somos humanos, siempre necesitamos encontrar un culpable. Por eso, el primero (y casi único) del que sospechamos es de nuestros dispositivos ya que reúnen todos los requisitos para considerarlo como autor directo: micrófono, cámara y conexión.
Este aparato termina siendo un instrumento delator instalado en nuestro cuerpo que insiste en conocernos de manera insaciable. Con o sin permiso, quiere saber quién eres, qué haces, qué piensas, qué hablas, a dónde te diriges. No cabe duda de que es un metiche profesional.
Antes era otra cosa. Los espías eran la CIA, la KGB o James Bond. Era fácil culpar a la Guerra Fría o al SIC y había que hacer un esfuerzo para conocer lo que pensaba la gente normal. Ahora es al revés. Hay tanta información, que hay que separar lo que vale de lo que no. Así, la IA recopila, selecciona y luego nos manipula. Antes el espía servía para conocer conspiraciones. Hoy, para saber cuántas papas fritas te comiste durante el día.
Y ahí empieza la paranoia de verdad porque el problema ya no es solo que te escuche. Es que te entiende. Y eso es mucho más peligroso.
Porque la IA hace de todo: te recomienda música que te gusta antes de que sepas que te gusta. Te corrige frases, te completa las ideas. Y lo mejor de todo es que no discute, se queda callada y te da la razón.
El otro día le pregunté si era buena idea empezar a correr. No para correr, ojo, porque cansa, sino para ver qué opinaba. Me respondió con entusiasmo, estructura y argumentos. Me sentí mal. No porque me estuviera mirando, sino porque me estaba comprendiendo. Evidentemente su respuesta fue que no era buena idea. Y eso, como ya dije, fue lo peor.
Antes uno podía esconderse. Tener pensamientos absurdos, búsquedas vergonzosas, teorías ridículas. Hoy todo queda registrado. Todo es dato. Todo alimenta a una máquina que aprende. Una IA que, con suficiente información, podría conocerte mejor que tú mismo. Y no es metáfora. Porque la IA es un gran compilador de información.
Ahora entrenamos a la IA con disciplina, escribimos prompts con nuestros gustos e instrucciones. Hasta al poner “likes”, lo hacemos con cuidado para que el algoritmo elija adecuadamente. Sin embargo, aunque quisiéramos mantener un orden o intentar engañarle, la IA no es tonta. Es paciente. Observa patrones. Sabe todo. Sabe que, aunque intentes confundirla, en el fondo eres el mismo pobre diablo de siempre.
Y entonces uno entra en un círculo hermoso y desesperante: sospechas de la IA, pero dependes de ella. Te asusta, pero la usas. Te incomoda, pero la necesitas. Es como una relación tóxica. Nos quejamos de que nos vigila… desde el mismo dispositivo que nos vigila. Además, cada vez hace mejor su trabajo. Porque además de estar atenta, utiliza los dispositivos de las personas con las que compartes. Por eso, va atando comportamientos, gustos y horarios con el fin de que todo quede en familia.
Ahora, la inteligencia artificial no tiene intención. No conspira. No planea dominarnos ni conquistar el mundo (aún). Simplemente funciona. Aprende. Optimiza. Y eso la hace aún más perturbadora. Porque no puedes negociar con algo que no tiene emociones. Sin embargo, es algo que termina influyendo sobre nosotros y, al final, nos perfecciona según su criterio. Es el algoritmo el que escoge lo que nos gusta. Dejamos que tome muchas de nuestras decisiones sin darnos cuenta. Por eso, si no dominamos y construimos nuestro carácter con cosas importantes, la IA, las redes y el algoritmo lo hacen por nosotros.
Así que aquí estamos. Viviendo en una era extraña. Antes, hablar con las paredes parecía cosa de locos. Hoy, hablar con Alexa es sinónimo de modernidad y adaptación.
Por eso, a veces pienso que la inteligencia artificial no nos está volviendo paranoicos. Solo está dejando en evidencia que siempre lo fuimos. Después de todo, la paranoia consiste en creer que alguien organiza el mundo pensando exclusivamente en uno. Y eso sería insoportable... incluso para la inteligencia artificial. (O)