A los 19 años hice una pausa voluntaria en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad Católica. No fue una renuncia, sino una interrupción de esas que uno se concede a esa edad, en la que uno cree que perderse un poco también puede ser una forma de encontrarse.
Quito era entonces una ciudad pequeña, recogida, casi franciscana. El mundo parecía lejano. Mi enamorada de adolescencia, a quien había conocido en la pista de patinaje El Tornado, lugar donde se reunía la juventud quiteña de los años ochenta, había vuelto a Bélgica para terminar la secundaria y luego cursar la universidad en Bruselas.
Fui a visitarla al cabo de más de un año de no verla. Viajé en una aerolínea holandesa, primero en clase ejecutiva en la ruta Quito-Aruba-Lisboa, gracias a su generosidad, y luego en clase económica hasta Bélgica. Ese itinerario paradójicamente anticipaba el tono del viaje: privilegio, improvisación y aprendizaje.
Europa fue una revelación. Más que las edificaciones antiguas, los museos, la belleza de Gante y Brujas o la catedral de Colonia, me impresionaron los hábitos. En los trenes, los jóvenes leían; los adultos resolvían crucigramas; nadie parecía desperdiciar el trayecto, por corto que este fuera. Había una educación silenciosa en esa manera de viajar, conversar en tono bajo y respetar el espacio ajeno.
Fui cálidamente recibido en su casa en Gante. Luego nos mudamos a una suite-estudio en Bruselas, pues ella empezaba clases en la universidad. Días antes habíamos ido a Bonn. Todavía no caía el Muro de Berlín. Bonn era para entonces la capital de Alemania Occidental. Me encantó, me atrajo su sobriedad: ordenada, seria, puntual, elegante sin alarde. Había en ella una eficacia, como si la vida descansara sobre una convicción sencilla: las reglas existen para cumplirse.
Semanas después, con esa mezcla de libertad y audacia que uno suele confundir con valentía, resolví regresar y viajar solo, a dedo, desde Bruselas hasta Bonn. No había celulares, ubicación compartida ni mensajes instantáneos. Irse era irse. Desaparecer y luego aparecer formaba parte de la aventura.
Avancé hacia la ciudad fronteriza de Aachen y luego hacia Colonia. En Alemania descubrí que el entusiasmo juvenil no siempre encaja con las normas del país que se visita. En las autopistas, por seguridad, no se podía hacer autostop. La policía me lo advirtió una vez. Luego otra. Finalmente, ya empezando la noche y yo un tanto asustado, un alemán tuvo a bien llevarme caminando hasta un sitio desde donde podía tomar transporte público y llegar a Bonn sin tentar más al destino.
Ya en Bonn fui a Venusberg y llegué por fin a Jugendherberge, una suerte de hotel económico para jóvenes viajeros. Era sencillo, funcional, suficiente. Allí conocí a otro viajero y resolvimos salir a conocer la noche de fiesta de la ciudad. Ya entraba el otoño. En las instrucciones del albergue se advertía que la puerta cerraba a las 23:00. Llegamos a medianoche. El administrador abrió molesto y dijo con severidad: “Es la última vez”.
Al día siguiente salí otra vez. Y otra vez llegué tarde.
Golpeé la puerta. Una vez. Luego otra. Luego muchas. Nadie abrió. El frío y el viento del otoño me atravesaban la ropa como agujas. Terminé intentando dormir en el patio posterior del lugar, encogido, helado, negociando con el cuerpo una resistencia que no tenía, tratando de protegerme del gélido viento tras un arbusto. En la madrugada, tiritando, escuché abrirse una puerta de la cocina. Entré corriendo detrás de un trabajador que, pasado de copas probablemente, llegaba tarde. Me salvé del frío extremo.
Esa noche aprendí algo que hasta entonces ningún profesor de Derecho me había enseñado con tanta claridad: cuando alguien dice “es la última vez”, a veces es, literalmente, la última vez. Y cuando las reglas están dadas, no basta con entenderlas, hay que cumplirlas. Al día siguiente volví a salir en la noche, pero eso sí, llegué puntual.
Después de un par de días en Bonn regresé a Bruselas, pero en tren, para despedirme de mi novia. Antes de volver a Quito, al cabo de algunos meses en Europa, pasé unos días por Lisboa, para entonces muy distinta a lo moderna y sofisticada que es hoy, y por Caracas, que en aquella época era rica, comercialmente potente y muy diferente de la ciudad que luego llegaría a ser. Pero Quito ya no era el mismo, o quizá el que había cambiado era yo. Entendí que el desarrollo no solo se refleja en el PIB, las autopistas o edificaciones; sino que empieza en una cultura con historia que toma en serio el tiempo, las reglas, la convivencia, el respeto al espacio del otro y la disciplina ciudadana.
Volví a la Facultad. Mi vida siguió. Aquel viaje no me convirtió en europeo ni en cosmopolita de manual. Me dio algo más valioso: una medida y comprensión distinta del mundo. Me enseñó que la aventura necesita carácter; y que la libertad sin responsabilidad puede terminar, literalmente, en un inolvidable patio helado y frente a una puerta cerrada.
Salí de Bruselas a Bonn, a dedo. Pero, sin saberlo, también iba hacia una primera comprensión adulta de la vida: la libertad seduce, pero la responsabilidad la vuelve habitable. (O)