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Cortesia de eMerge

Déjà vu en eMerge: la energía volvió al centro del futuro

Nelson Baldeon

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Hoy, la energía no es solo un insumo: es un habilitador directo del crecimiento. Sin energía, no hay productividad; sin productividad, no hay expansión sostenida del producto interno bruto.

29 Abril de 2026 12.21

Hace apenas unas semanas leí una noticia que me obligó a detenerme. Microsoft, Chevron y Engine No. 1 anunciaban un acuerdo de exclusividad para negociar una propuesta de generación eléctrica destinada a sostener la creciente demanda energética de los centros de datos que impulsan la inteligencia artificial. No se trataba aún de un contrato definitivo, pero el mensaje era claro: una de las empresas más emblemáticas del mundo digital estaba recurriendo a una petrolera para resolver el problema más crítico del futuro tecnológico: la energía.

Ese titular me generó un cortocircuito intelectual. Durante años, el debate global ha intentado separar energía y tecnología, como si fueran universos distintos: uno asociado al mundo físico e industrial, el otro al software y la innovación. Pero la realidad es mucho más contundente. La economía digital no flota en el aire; está anclada a electrones, infraestructura y generación constante.

Días después, esa idea volvió con fuerza durante mi paso por eMerge Americas en Miami. El evento reúne a más de 20.000 asistentes y posiciona temas como inteligencia artificial, seguridad, salud y finanzas como motores del futuro. Sin embargo, lo que más me llamó la atención no fue solo la sofisticación tecnológica, sino el hilo invisible que conectaba todo: la energía.

En cada conversación, en cada stand, en cada pitch, el patrón era el mismo. Más inteligencia artificial implica más procesamiento. Más procesamiento implica más centros de datos. Y más centros de datos implican una demanda energética exponencial. La digitalización no reduce el consumo de energía; lo redefine y lo multiplica.

En ese contexto, la aviación, la defensa, las plataformas digitales y los servicios corporativos están entrando en una nueva fase: una donde la eficiencia ya no depende únicamente de activos físicos, sino de datos, automatización e inteligencia artificial. Pero detrás de todo eso existe una condición básica: energía confiable, continua y a escala.

Por esta razón, la gran oportunidad para Ecuador no está en escoger entre energía o tecnología, sino en entender profundamente la intersección entre ambas. Invertir en conectividad, plataformas, inteligencia artificial y modernización productiva debe ir de la mano con el desarrollo estratégico de su abundante base energética —incluyendo reservas de gas y petróleo aún subexploradas—, porque sin una oferta energética confiable, escalable y competitiva, cualquier ambición digital se construye sobre arena. Al mismo tiempo, sería un error seguir pensando la energía con la lógica del siglo XX, desvinculada de las nuevas cadenas de valor de la economía digital. 

Hoy, la energía no es solo un insumo: es un habilitador directo del crecimiento. Sin energía, no hay productividad; sin productividad, no hay expansión sostenida del producto interno bruto.

Esta realidad no es teórica. Es política, económica y estratégica.

En eMerge, una de las conversaciones más provocadoras giró en torno a cómo Estados Unidos está reconfigurando su política energética para sostener su liderazgo tecnológico. El mensaje, dado por el propio Eric Trump, es directo: asegurar energía antes que cualquier otra cosa. En ese contexto, discursos como el de “Drill, Baby, Drill”  dejan de ser una simple consigna y pasan a interpretarse como una respuesta pragmática a una realidad ineludible: la demanda energética del futuro no puede esperar, y la independencia energética es necesaria para la supervivencia.

Más allá de las posturas ideológicas, lo relevante es entender el fondo del mensaje. La inteligencia artificial, el bitcoin, los centros de datos y la digitalización masiva requieren cantidades de energía que pocos países están preparados para suministrar. Esto explica por qué sectores como el gas natural están ganando protagonismo como fuente de respaldo confiable para sostener esta transición.

La geopolítica reciente refuerza esta urgencia. Las tensiones en Medio Oriente, particularmente con Irán, han vuelto a poner sobre la mesa la fragilidad del sistema energético global. No se trata solo del precio del petróleo, sino de la estabilidad del suministro. En un mundo donde la tecnología depende de energía constante, cualquier disrupción puede tener efectos sistémicos.

Aquí es donde América Latina, y especialmente Ecuador, enfrenta una decisión estratégica y una oportunidad única en todos los aspectos, debido a su gran riqueza energética enterrada bajo tierra.

Seguir viendo la energía únicamente como una fuente de ingresos fiscales es limitar su verdadero potencial. La energía debe ser entendida como la base sobre la cual se construye la competitividad del siglo XXI. Países que logren articular una estrategia donde energía y tecnología converjan tendrán una ventaja estructural.

El mundo no está transitando hacia una sustitución simple de fuentes energéticas. Está entrando en una fase de expansión de la demanda donde múltiples fuentes deben coexistir. Las energías renovables seguirán creciendo, pero aún enfrentan desafíos de intermitencia y almacenamiento. En ese contexto, el gas y el petróleo siguen siendo piezas clave para garantizar estabilidad, y eso refleja para mi la alianza de dos grandes globales como Chevron y Microsoft.

Mi conclusión, después de esa lectura inicial y de recorrer eMerge, es clara: estamos entrando en una nueva era donde la verdadera competencia no será únicamente tecnológica, sino energético-tecnológica.

El déjà vu no fue casual,  fue el reconocimiento de una verdad que está regresando al centro del debate global: el futuro será digital, sí, pero solo será posible si está respaldado por una base energética sólida.

Y esa es, precisamente, la intersección que definirá la competitividad de los países en las próximas décadas. (O)

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