Zipperflex no estaba en crisis, pero sí en riesgo. Durante años fue un negocio que funcionaba. Puertas adentro la historia era distinta, algo no avanzaba al ritmo necesario para no quedarse atrás.
¿Como entenderlo?
Hace más de 30 años, Patricio Zevallos y Andrés Miranda identificaron una oportunidad en el mundo del plástico. Consiguieron una alianza con la empresa colombiana Monclat, invirtieron cerca de US$ 30.000 en la primera máquina, que todavía conservan como una reliquia.
Empezaron produciendo fundas de shopping para clientes como Marathon Sports y Yanbal. Cuando este acuerdo terminó, decidieron continuar por su cuenta. Así nació Zipperflex, una empresa que produce materiales de empaque flexibles para sectores industriales de consumo, alimentos, textiles, agrícola entre otros.
En el Carcelén industrial, al norte de Quito montaron una operación sencilla que implicaba imprimir y cortar. Con el tiempo el negocio fue tomando forma. Mientras crecía, se volvió parte de la vida familiar. Sus hijos Felipe y José Andrés, pasaban horas en la planta jugando entre máquinas y rollos de material. 25 años después volvieron con la tarea de transformarla.
Felipe Zevallos y José Andrés Miranda no se formaron para continuar la empresa. Ellos querían construir caminos propios.
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Felipe eligió el camino empresarial. Estudió Ingeniería Comercial en la Universidad de las Américas (UDLA). Desde niño soñaba con tener algo propio. En Textiles Greco hizo su primera pasantía en el área comercial. Antes de graduarse entró Zipperflex, pero la experiencia no fue como esperaba. “Pensé que me darían un puesto gerencial, pero mi papá me mandó al área de corte. Como no ascendía, un día le dije gracias y me fui”. Recuerda que ganaba US$ 300.
Esta salida marcó su trayectoria. Trabajó tres años en Multiapoyo, pero su espíritu emprendedor lo empujó a buscar algo propio. Con cuarto amigos cofundó Titania Tracking Solution, una empresa de rastreo satelital. Cada uno puso US$ 1.500. El Grupo Baca adquirió parte de la empresa y tras seis años decidió vender su paquete accionario. Todavía mantiene otras dos empresas con sus amigos y socios. En paralelo es piloto de autos, afición que comparte con su padre y ahora se preparan para una nueva competencia en la pista de Yahuarcocha. En su juventud fue boxeador peso pluma, llegó a ser el número dos en el país.
José Andrés en cambio apostó por el deporte. Desde niño destacó en golf, lo que le permitió acceder a una beca deportiva en Lynn University en Estados Unidos donde estudió Administración de Empresas. En 2016 decidió dedicarse por completo al golf profesional. Su vida giraba entre duros entrenamientos y torneos en varios países, especialmente Estados Unidos.
Hasta que el cuerpo le puso un límite. Una lesión en la espalda lo obligó a regresar a Ecuador. “Nunca se supo que pasó. Había días en que no podía ni vestirme. Pasé con una decena de médicos, diagnósticos, tratamientos, fue frustrante”.
Intentó volver. Logró clasificar al PG América, ganó nuevos torneos, pero una lesión en su mano terminó por cerrar ese capítulo de su vida. Ahora juega esporádicamente.
Estos Under 40 se volvieron a encontrar en la planta donde jugaban. El regreso no fue planeado, pero si decisivo.
El primero en ingresar fue José Andrés. “No había estructura, cada pedido implicaba abrir carpetas, revisar archivos y depender de la memoria del equipo”. Pasó casi un año reorganizando el área administrativa y contable. Construyó la primera base de datos que determinó 850 productos y 120 clientes. En 2023 cerraron con una facturación sobre los US$ 850.000.
Luego llegó Felipe. Juntos presentaron a los fundadores un diagnóstico crucial para poder continuar en el tiempo.
“Invertíamos o invertíamos, no había otra opción”
La respuesta fue una de las decisiones más importante. Fue como apagar y volver a prender el switch. Se realizó una inversión de US$ 900.000 en maquinaria y tecnología. “No fue fácil, al principio, si chocamos un poco con nuestros papás. Ellos van despacio y nosotros queremos acelerar”.
El contexto en que se mueve esta empresa les obligaba a cambiar. En 2025 la industria de plásticos, incluidos flexibles y empaques obtuvo ingresos totales superiores a los US$ 700 millones, según reporte del sector.
Hoy Zipperflex tiene nueva cara.
Factura sobre US$ 1,2 millones anuales, con un margen neto cercano al 10%. Maneja un portafolio de 1.000 productos, desde fundas básicas hasta empaques flexibles tipo doy pax, sistemas de cierres resellables, estructuras laminadas que protegen contra la luz, la humedad y el oxígeno, soluciones para envasado al vacío y bobinas para alimentos, industria, textiles y agro. “Desde fundas simples para papas fritas hasta empaques de lavabos”.
Trabajan con más de 150 clientes como Grupo KFC, Corporación Favorita, Italimentos, Alimec, Bios, Abro, Dipro y Kypross, .
Cada mes procesan alrededor de 50 órdenes y utilizan cerca de 25 toneladas de materia prima. “Estamos pasando un momento difícil por la guerra. El plástico pasó de US$ 1,40 a US$ 2,15 el kilo. Lo que antes costaba US$14.000 hoy supera los US$ 22.000 mensuales”.
Los dos aseguran ser muy competitivos y no van a ceder hasta llegar a donde quieren. Para 2027 proyectan una nueva planta en Pifo, con una inversio2n estimada de US$300.000
Esta empresa camina con dos generaciones que no piensan igual, pero que aprendieron a complementarse. Juntos entendieron que crecer exige arriesgar (I).