Forbes Ecuador
inversion y seguridad juridica
Columnistas

Ecuador y el doblepienso: invitar al capital, castigar al inversor

Marco Moya

Share

La seguridad jurídica no es una sentencia a favor; es el aburrimiento de saber que las reglas de hoy serán las de mañana. Ecuador no puede seguir practicando el doblepienso: invitar al capital con la mano derecha mientras lo interroga con la izquierda. La inversión no necesita poesía; necesita coherencia

14 Enero de 2026 14.46

En su novela 1984 (publicada en 1949), George Orwell definió el “doblepienso” (doublethinking) como el acto de “saber y no saber, tener conciencia de lo que es realmente verdad mientras se dicen mentiras cuidadosamente elaboradas, sostener simultáneamente dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer en ambas”. Cita que nos convoca a pensar más allá de las palabras.

Ecuador lo practica con disciplina: se promete a atraer inversión, pero el sistema —por cambios constantes, mensajes cruzados y desconfianza estructural— termina castigando la decisión de invertir. Y el capital, cuando detecta contradicción, no discute: se muda.

La frase que más se repite en privado entre empresarios es brutalmente simple: “En Ecuador se invita al inversionista a entrar… pero se le revisa como si ya fuera culpable”. El sistema no ve en el inversor a un aliado del desarrollo, sino a un presunto evasor al que hay que ponerle obstáculos preventivos. El trámite en Ecuador no es un paso administrativo, es un interrogatorio.

La inversión no odia los impuestos, odia las sorpresas. Hay países caros que reciben inversión; hay países complejos que la reciben. Lo que casi ningún país puede darse el lujo de ser —si quiere Inversión Extranjera Directa (IED)— es impredecible. La IED es una apuesta de largo plazo: requiere que el inversor pueda modelar escenarios, calcular riesgos y confiar en que el marco general no cambiará de forma abrupta.

Ecuador, en cambio, transmite el mensaje contrario: “planifica si quieres, pero recuerda que mañana podría cambiar el tablero”. Esta frecuencia de cambios regulatorios y tributarios se percibe como una neblina normativa que encarece decisiones y alimenta la idea de que aquí todo es transitorio.

Los números del Banco Central del Ecuador revelan una volatilidad crónica y un descenso marcado. Si observamos los valores de IED “en el país” (USD millones) de la última década, la tendencia es reveladora:

  • 2015: 1.333,9 | 2016: 766,6 | 2017: 632,4
  • 2018: 1.390,9 | 2019: 984,6 | 2020: 1.119,3
  • 2021: 651,4 | 2022: 882,0 | 2023: 482,7 | 2024: 438,0

La traducción de estas cifras es cruda. El país pasó de picos cercanos a los USD 1.400 en 2018 a cerrar 2024 con apenas USD 438. La IED es el termómetro más honesto porque no aplaude discursos, sino que vota con transferencias; hoy, ese voto dice: “mejor espero” o “mejor me voy”.

¿Por qué se van a otros países? Porque Perú, Colombia o Chile compiten con algo que no siempre es glamour: previsibilidad. En la mesa donde se aprueban los presupuestos de inversión, esa palabra pesa más que cualquier campaña publicitaria. La estabilidad regulatoria reduce el riesgo y hace que el proyecto pase de ser “interesante” a ser “aprobable”. Ecuador, en cambio, a menudo se presenta como oportunidad, pero se comporta como incertidumbre.

Si de verdad queremos atraer capital, el indicador de éxito no debería ser cuántos anuncios hicimos ni cuántas leyes promulgamos. Debería ser uno más difícil, pero infinitamente más persuasivo: cuántos años sin sorpresas.
 

La seguridad jurídica no es una sentencia a favor; es el aburrimiento de saber que las reglas de hoy serán las de mañana. Ecuador no puede seguir practicando el doblepienso: invitar al capital con la mano derecha mientras lo interroga con la izquierda. La inversión no necesita poesía; necesita coherencia. Lo demás se doblepiensa. (O)

10