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Y cuando la vida nos lleva lejos, cuando los caminos cambian, cuando las responsabilidades crecen, uno entiende algo simple pero poderoso: cada adulto lleva dentro a un adolescente que un día, en un aula cualquiera, empezó a imaginar quién podía llegar a ser. Tal vez por eso el colegio no es solo un recuerdo: es una raíz.

30 Diciembre de 2025 14.33

Las largas calles del centro de Quito fueron, en mi adolescencia, los caminos y atajos cotidianos hacia el Colegio La Salle. Eran trayectos alegres y llenos de anécdotas, marcados por el movimiento de la ciudad, el frío de la mañana y la rutina de quienes comenzaban su jornada en el transporte público que convergía hacia el corazón de la capital. Yo avanzaba en medio de ese ritmo sin imaginar que, más allá de esas madrugadas, del uniforme verde y blanco y de las travesuras de la época, ese recorrido me llevaba a uno de los lugares que más influiría en mi vida.

El colegio es ese primer entorno cercano que moldea, casi en silencio, la vida emocional, social y vocacional de una persona, tal como describe Urie Bronfenbrenner al explicar que los contextos inmediatos —familia, pares, escuela— son los que mayor impacto tienen debido a la intensidad de las interacciones cotidianas. En mi caso, aquellas calles y ese colegio no solo organizaban mis días; fueron el punto de partida de una identidad en construcción. Con la distancia del tiempo, comprendo que ese territorio familiar fue mucho más que un espacio de estudio: fue el lugar donde mis primeras experiencias empezaron a dar forma a la persona que estaba aprendiendo a ser, incluso sin que yo lo notara.

En esas aulas descubrí el vértigo de crecer: mis primeros amigos, mis primeros desafíos, mis primeros aciertos, mis primeros tropiezos y aprendizajes vitales. Ahí vivimos la emoción de ganar un campeonato intercolegial de básquetbol en el histórico coliseo Julio César Hidalgo; descifrábamos las melodías de Silvio Rodríguez y Sui Generis; e intentábamos encauzar nuestros cuestionamientos hacia los problemas de Física y Matemáticas —que entonces parecían ajenos— y que terminarían convirtiéndose en herramientas para comprender lo social y lo humano con la misma rigurosidad con la que se analiza una ecuación. Uno no se da cuenta en el momento, pero el colegio es el lugar donde las piezas sueltas de la personalidad empiezan a encontrar su sitio.

También hubo una sincronía que aún agradezco. Un maestro que confió en un grupo de “mocosos” que queríamos relanzar Vanguardia Lasallana, el periódico estudiantil. Su guía marcó una diferencia. La teoría educativa de autores como Jerome Bruner y Lev Vygotsky ha insistido en que los buenos docentes no se limitan a transmitir contenidos: crean condiciones para que el estudiante construya sentido, explore, se equivoque y amplíe progresivamente su nivel de comprensión y autonomía. La confianza de muchos maestros a quienes irreverentemente caricaturizábamos fue decisiva en nuestra formación. Con ese mismo equipo de incondicionales, años después, ganamos el Consejo Estudiantil. Sin saberlo, estábamos ensayando la templanza que más tarde la vida nos exigiría en escenarios mucho más complejos.

La adolescencia, como subrayó Erik Erikson, es la etapa en la que la gran pregunta es “¿Quién soy?” y en la que se juega el equilibrio entre identidad y confusión de roles. Es un periodo en que la identidad se escribe a lápiz, con borradores, tachones, intuiciones y descubrimientos; y la escuela es uno de los escenarios donde esa escritura se vuelve posible. Entre pasillos, canchas, libros, deportes, risas nerviosas y pequeñas rebeldías, los adolescentes empiezan a explorar quiénes son y quiénes podrían llegar a ser.

Hoy la evidencia empírica confirma lo que muchos vivimos como experiencia personal: un entorno escolar positivo tiene un impacto concreto en el bienestar y desarrollo de los estudiantes. Por ejemplo, un reciente estudio realizado en una institución de Guayaquil halló que un clima escolar fundado en respeto, empatía y relaciones sanas se traduce en mejoras visibles en el bienestar emocional de jóvenes. Y más allá de Latinoamérica: en 2024 en España, un análisis de académicos de la Universitat de València y de la Universidad Politécnica de Valencia, concluyó que niveles altos de inteligencia emocional combinados con un clima escolar favorable se asocian con una disminución significativa de síntomas de depresión, ansiedad y estrés durante la adolescencia. 

La psicología vocacional ha mostrado que entre los 10 y 16 años se delinean muchas de las primeras inclinaciones profesionales al calor de esas experiencias escolares tempranas. John Holland puso el foco en cómo la personalidad y los intereses se relacionan con ciertos tipos de entornos, mientras que Donald Super explicó que los “roles vitales” que los jóvenes ensayan en la escuela —liderar un proyecto, escribir para un periódico, integrar un equipo deportivo— funcionan como pequeños laboratorios de futuros caminos laborales. Nada de eso ocurre con solemnidad: ocurre mientras se juega, se conversa, se prueba y se vuelve a intentar.

Por eso, cuando los padres elegimos un colegio para nuestros hijos, no escogemos únicamente un lugar donde estudiarán. Elegimos el escenario donde vivirán muchas de sus primeras veces: sus primeros equipos, sus primeros proyectos, sus primeras amistades sólidas, sus primeras responsabilidades compartidas y sus primeros ejercicios de resiliencia. Elegimos el entorno donde se siembran —entre aciertos, tropiezos y descubrimientos— las primeras semillas de su identidad y, muchas veces, de su vocación.

La psicología humanista, con figuras como Carl Rogers, ha recordado que los aprendizajes más profundos nacen en climas de aceptación genuina, donde el estudiante se siente escuchado y respetado. Quizá por eso el colegio deja una huella tan perdurable: porque es uno de los pocos lugares donde los adolescentes pueden equivocarse sin derrumbarse, entusiasmarse sin pedir permiso y soñar sin sentir vergüenza.

Y cuando la vida nos lleva lejos, cuando los caminos cambian, cuando las responsabilidades crecen, uno entiende algo simple pero poderoso: cada adulto lleva dentro a un adolescente que un día, en un aula cualquiera, empezó a imaginar quién podía llegar a ser. Tal vez por eso el colegio no es solo un recuerdo: es una raíz. Una raíz que sostiene, orienta y acompaña incluso cuando ya no somos los mismos, incluso cuando ya no estamos ahí. (O)

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