Según el Diccionario de la lengua española, RAE, “fraude” es la acción contraria a la verdad y a la rectitud. Asimila al engaño que es semejante a los actos contrarios a la honradez con que, en moral y en ética, estamos obligados a conducirnos. El jurista español Joaquín Escriche (1784–1847) diferencia el engaño del fraude. Engaño, dice, es la astucia o maquinación de que uno se sirve, hablando u obrando con mentira; fraude es el hecho de burlar, eludir o usurpar lo que por derecho nos corresponde. Concluye en que el engaño puede considerarse un medio de arribar al fraude; y este, el fin u objeto que el sujeto busca lograr con el engaño.
Interesa el fraude en su ocurrencia sociopolítica. La degeneración observada en América Latina en esta circunstancia, en particular ante la proliferación del populismo, ha permitido desarrollar prácticas tramposas. El populismo es un movimiento político que –aunque carente de ideología– hace ruido con su “cuasi doctrina” de defensa engañosa de los menos favorecidos. El descarriado fenómeno no está identificado en exclusiva con la extrema izquierda y el socialismo. También es perceptible, con equivalente grado de perdición, en la ultraderecha. Las tres corrientes fundamentalistas manosean verdades para enviar mensajes embaucadores redundantes en fraudes sociopolíticos.
Los bulos en redes sociales son fraudes. El mal radica en quienes los conciben y en aquellos que ayudan a difundirlos. El círculo apócrifo lo cierra la aberración de sus mecenas con el absurdo argumento de que la falsedad no radica intrínsecamente en los “cuentos”, pero en el crédito a los bulos. Tan descabezado discurso descalifica en intelecto y lógica a sus expositores.
Aprovechan del hecho metafísico de que la farsa puede transmitirse con similar facilidad que la verdad. Esta evidencia “comercial” es aprovechada por actores sociales para desplegar rutinas de marketing político que, al ser consumado por inescrupulosos, apela al fraude. El refrán de que una mentira repetida mil veces se convierte en verdad es explotado para cautivar a “populachos” convenciéndolos de que la ficción es autenticidad. Paradigmáticos son los actuales gobiernos colombiano y argentino; idénticos en desvergüenza y procacidad. Hay expectativa en el chileno.
La filósofa Hannah Arendt (1906–1975) habla de la “mentira absoluta”: “las modernas mentiras políticas son tan grandes que exigen una completa nueva acomodación de toda la estructura de los hechos (…) esa mentira moderna que busca cambiar la historia contemporánea”. Enunciado válido en el siglo XXI, en que reina el fraude sociopolítico. A menos que las sociedades estigmaticen a los falaces –titulares de obscenidad y promotores de corrupción– la bribonada calará hondo hasta podrir las entrañas sociales. Vayamos a por ellos.
Los subconscientes deterioran al grado que los pueblos dilatan el entendimiento de la manipulación de que son objeto. Los honestos de la sociedad están convocados a arbitrar las medidas necesarias tendientes a descubrir y sancionar a los timadores. Cualquier proceso en la materia debe partir del hecho de que el hombre, según Friedrich Nietzsche (1844–1900), no huye tanto del engaño cuanto de sus consecuencias… siempre que no sean hábilmente balanceadas.
El sociólogo Donald Creesey (1919–1987) desarrolla la “teoría” del Triángulo del fraude. Si bien gira en torno al ilícito desde un enfoque criminológico, adaptémoslo a la sociología y a la política. Sostiene que la materialización del fenómeno demanda de tres elementos: motivo, oportunidad y racionalización. El primero, también referido “presión o incentivo”, está en la base; es el móvil, razón o pretexto conducentes al individuo a emprender en el acto. Motivada que sea la persona para ejecutar el fraude, le corresponde determinar la oportunidad de cometerlo… en definitiva, adaptarse a, o generar la, coyuntura propicia. Definidos los dos componentes, el agente promueve en su mente un proceso sumario de reflexión justificativo de lo que será el fraude.
Al estar dadas las coordenadas, el ente maquina sobre ellas y salta a la racionalización; genera el modelo geométrico completo: el triángulo fraudulento queda dispuesto a los efectos dolosos consiguientes. Es posible fichar a los personajes sociales y políticos en su camino a la comisión de fraudes. Basta con identificar en su conducta (a) la inmoral ambición de tomar ventaja de terceros para beneficio propio; y, (b) el camuflaje de su podredumbre.
El fraude sociopolítico, por último, está relacionado con la majadería y la carencia de valores de quienes lo fraguan, así como con la simpleza intelectual y estupidez de quienes permiten ser engañados por los impúdicos. Corresponde a los morales y éticos estar atentos para, con su ejemplo, desautorizar los modos conductuales de los sujetos activos y pasivos del fraude. En todo caso, convenzámonos de que los primeros jamás dejarán de ser inmundos. Con los segundos, alguna esperanza existe. (O)