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El partido invisible: dinero, influencia y el verdadero poder de la Copa del Mundo

Isabel Muñoz

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En 2026 habrá una selección que gane dentro de la cancha. Pero fuera de ella también habrá otros campeones: ciudades que atraigan turismo, empresas que conquisten consumidores y países que conviertan un evento deportivo en una estrategia de influencia.

19 Junio de 2026 16.24

Durante décadas pensamos que la Copa del Mundo empezaba con el primer silbato y terminaba cuando un capitán levantaba el trofeo. Pero en el siglo XXI existe otro marcador que comienza mucho antes de los 90 minutos: uno donde no se cuentan goles, sino influencia, inversión y poder global.

El Mundial dejó de ser únicamente el evento deportivo más importante del planeta. Hoy es una plataforma económica, una herramienta diplomática y una competencia silenciosa entre países que buscan algo cada vez más escaso: la atención del mundo.

Las cifras explican la magnitud del fenómeno. Según la FIFA, para el ciclo comercial 2023-2026 la organización proyectó ingresos cercanos a los 11.000 millones de dólares provenientes principalmente de derechos audiovisuales, patrocinios, hospitalidad y acuerdos comerciales. Es decir, detrás de cada partido existe una maquinaria económica comparable con las grandes industrias globales del entretenimiento.

La pelota mueve emociones, pero también mueve capital. Por eso organizar un Mundial dejó de significar únicamente recibir selecciones. Hoy significa tener durante semanas una vitrina frente a miles de millones de personas y Estados Unidos parece haber entendido esa ecuación.

El país que construyó imperios globales alrededor de Hollywood, Silicon Valley y sus grandes ligas deportivas llega al Mundial 2026 con un objetivo que supera lo deportivo: convertir el fútbol en una nueva frontera de crecimiento económico y cultural.

Durante años, el “soccer” fue considerado un mercado secundario dentro del ecosistema deportivo estadounidense. Sin embargo, la tendencia empezó a cambiar. La llegada de Lionel Messi al Inter Miami en 2023 fue más que un fichaje deportivo: fue una operación de posicionamiento global. Según Major League Soccer, la camiseta de Messi fue la más vendida de la liga ese año pese a que el argentino llegó a mitad de temporada. Una sola figura logró acelerar conversaciones sobre audiencias, patrocinios y expansión internacional.

Porque en la economía actual, la atención es uno de los activos más valiosos. El Mundial 2026 organizado por Estados Unidos, México y Canadá, también funcionará como una demostración de poder blando. Un concepto desarrollado por el politólogo Joseph Nye, quien explicó que los países no solo influyen mediante fuerza militar o capacidad económica, sino también mediante cultura, valores y capacidad de atracción.

En otras palabras: una película, una canción o una camiseta pueden convertirse en instrumentos de influencia. Qatar lo comprendió con claridad en 2022. Un país de menos de tres millones de habitantes utilizó el Mundial como una plataforma para instalar su nombre en la conversación internacional. Más allá de las críticas sobre costos, derechos humanos o modelo de organización, consiguió algo difícil de comprar: visibilidad global.

El deporte se convirtió en diplomacia. Y esta realidad no pertenece únicamente a las grandes potencias. Para países como Ecuador, el fútbol también representa una oportunidad de posicionamiento. Una selección nacional no solo lleva jugadores; lleva símbolos, identidad y una narrativa de país.

Cada aparición internacional coloca una bandera frente a millones de espectadores y construye una conexión emocional que muchas campañas tradicionales de promoción difícilmente alcanzan. La camiseta se transforma en una pequeña embajada.

También la política moderna ha aprendido a leer este escenario. El deporte se ha convertido en uno de esos territorios. La política siempre ha buscado estar donde está la gente. La diferencia es que hoy la gente también está en una final, en una tendencia digital o celebrando un gol.

Quizás el verdadero cambio está en entender que los países ya no compiten únicamente por recursos naturales, acuerdos comerciales o territorio. También compiten por reputación. Por ser vistos,por ser recordados,por ser relevantes.

En 2026 habrá una selección que gane dentro de la cancha. Pero fuera de ella también habrá otros campeones: ciudades que atraigan turismo, empresas que conquisten consumidores y países que conviertan un evento deportivo en una estrategia de influencia.

Porque el Mundial moderno dejó de responder únicamente quién juega mejor. Ahora también responde una pregunta mucho más poderosa: ¿quién logra que el mundo le preste atención? (O)

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