Historias que no le contaría a cualquiera
Nadie cuenta lo que siente al quedarse mirando una foto vieja y sentir un tirón en el pecho sin saber por qué. La de escuchar una canción y recordar un viejo amor o un bello momento que lo deleitamos en silencio.

Hay historias que uno guarda en un cajón junto con los recuerdos que son recuerdos y las cartas que nunca mandó. Porque es legítimo tener ganas de nunca explicar historias que no se cuentan a cualquiera.

Por ejemplo, cómo explicar a alguien que siento aprecio por El Grinch cuando eso es lo políticamente incorrecto. Pero quién soy yo para ir en contra de mis principios. El Grinch no es un cínico. Es un crítico. No odia la Navidad, la cuestiona porque ve lo que los MiraQuién no ven: que se han convertido en esclavos del consumo, del ruido, de la competencia por quién tiene el árbol más brillante. Él, desde su cueva, observa cómo VillaQuién se transforma en un circo de luces parpadeantes y paquetes envueltos en papel brillante que al final del día terminan en la basura. ¿Y qué hace? Intenta darles una lección. Sí, ok, robar los regalos no fue la estrategia más diplomática, pero a veces hay que hacer un desastre para que la gente despierte. El Grinch está para descubrir que el espíritu navideño no está en los regalos, sino en el amor y la familia. Por eso no converso de esto, pocos lo entenderían.

Tampoco cuento a todo el mundo que cuando me subo a un taxi no me gusta conversar. Hay veces que el taxista cree que tiene la obligación de hablar con el pasajero porque cree que con eso hace más placentero el viaje. Error. En realidad, la única obligación que tiene el taxista es la de manejar. Esto es muy importante porque el silencio es la forma que tienen el chofer de respetar al prójimo. Además, al menor descuido podría equivocarse de ruta, cosa incomprensible para un profesional del volante.

No le contaría a cualquiera que no tengo la más perra idea cuando un vino está bueno o malo y que me aterra que el camarero, en un restaurante, sirva en mi copa primero. Si bien eso puede ser un halago (el camarero intuye quién es el que sabe de vinos), en mi caso es una irresponsabilidad. Me avergüenza poner cara de inteligente al oler la copa entrecerrando los ojos, beber ese pequeño sorbo cuando no encuentro diferencia entre eso y un jarabe para la tos. Detesto el ritual de creer que entiendo de la cosecha de la uva para luego mirar la botella con ojos de japonés, hacer buches que me saben a lo mismo y autorizar a que sirvan en las copas del resto. Pero eso no se lo cuento a cualquiera, porque hay gente que todavía cree que yo sé de lo que hablo.

No le cuento a cualquiera que a veces salgo con calzoncillos o medias con huecos. Lamentablemente siempre los descubro muy tarde, cuando ya no hay nada que hacer. Entonces, llega la especulación y la posible vergüenza: “¿Y si me atropella un auto y sale volando un zapato? ¿Y si el destino decide hoy mostrarme desnudo ante un médico o una chica?”. La vergüenza no está en el agujero, sino en haberlo aceptado como parte de la rutina.

Cómo vanagloriarse cuando en una cita romántica, con la niña más bonita de la escuela, en la primera salida y en espacios comprometedores, por andar despistado con ojos de enamorado tomo café con leche y la intolerancia a la lactosa se transforma en gases. Lo que ocurre luego es un combate titánico que dura varios minutos hasta que, al borde del abismo, los músculos se agotan y de manera deshonrosa el ojete termina vencido. Ese es el momento en el que se escapa un pedo. Además del bochorno hay risas, una explicación improvisada y el hecho indestructible de que la confianza apesta.

También están las conversaciones que suceden cuando por fin y a destiempo se nos ocurren en la ducha. Ahí somos brillantes, ingeniosos, devastadores. Decimos la frase perfecta con la entonación justa. Luego de tan brillante demostración de oratoria, el shampoo aplaude. 

Nadie cuenta lo que siente al quedarse mirando una foto vieja y sentir un tirón en el pecho sin saber por qué. La de escuchar una canción y recordar un viejo amor o un bello momento que lo deleitamos en silencio. Nadie cuenta la coreografía absurda que hacemos para rascarnos con disimulo el lugar donde termina la espalda e intentar que nadie note. Sin embargo, estas historias, y tantas más, existen. Son las que sirven para reconocer que somos más parecidos de lo que creemos. Como decía García Marquez, tenemos nuestra vida pública, privada y secreta. Porque, al final, todos tenemos historias que no le contaremos a cualquiera. No porque sean graves, sino porque son frágiles y son nuestras. Y la fragilidad, como todo lo nuestro, se muestra sólo cuando hay confianza y nos convertimos en humanos. (O)