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Para el papa –si la IA entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad– su uso ya no es puramente técnico. Ello sucede al delegar decisiones delicadas a sistemas automatizados desconocedores de “la compasión, la misericordia, el perdón y la apertura a la esperanza de cambio en el individuo”.

3 Junio de 2026 13.13

El 15 de mayo de 2026, León XIV (Robert F. Prevost, 1955) suscribe la primera encíclica de su pontificado, Magnifica Humanitas – sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Interesa el documento no tanto por provenir del líder espiritual de casi la quinta parte de la población mundial, cuanto, por ser concebida por un hombre de innegable solvencia intelectual, fruto de su formación académica y de vivencias cercanas a sectores sociales huérfanos de solidaridad humana. Fue hecha pública días después en un acto presidido por el propio papa, no habitual en la tradición vaticana.

El evento contó con la presencia de Christopher Olah (1992), integrante de Anthropic, compañía de inteligencia artificial (IA), autodeclarado ateo. En el corto tiempo de su circulación, mucho ha sido escrito en torno a la carta. Empero, el contenido del comunicado papal está siendo tergiversado por partes interesadas –en pro y en contra– apartándose del cierto mensaje implícito. Es necesario remitirnos al texto a efectos de no distorsionar el recado de Prevost.

La encíclica parte de aclarar su propósito: “recordar” elementos esenciales para un discernimiento moral y social protector del primado de la persona. Ello, afirma, con el anhelo de ser siempre la inteligencia humana, con su conciencia y su libertad, la que guíe las innovaciones técnicas y establezca con responsabilidad su uso y límites. Complementa el enunciado sosteniendo que las IAs están más “cultivadas” que “construidas”, en tanto crean una arquitectura sobre la cual “crecen”. En función de ello, convoca al imperativo de emprender en discernimientos morales y espirituales. Pensar en la IA al margen del compromiso fundamental con el ser humano es indigno y deslegitima al desarrollo tecnológico. De allí que interceder por la artificialidad del talento es ignominioso.

El principal reparo a la IA lo identifica en su incapacidad de vivir experiencias. Carece de un cuerpo, no transita por la alegría y el dolor, no madura en las relaciones ni conoce desde dentro el significado del amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Más grave aún, al estar la IA privada de conciencia moral, deja de juzgar entre el bien y el mal, pues no capta el sentido último de las situaciones ni asume el peso de las consecuencias. La IA, según el aserto válido de la carta, no conoce lo producido, porque su pragmatización no pondera los horizontes afectivo, relacional y espiritual en los cuales la persona humana se vuelve sabia.

Cuando los instrumentos artificiales son presentados como capaces de “aprender”, lo hacen de modo diferente al de la persona humana. En tal línea discursiva, para Prevost, al ser mera adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, puede ser eficaz, pero no implica crecimiento interior. Nosotros decimos, solo el individuo es titular de sabiduría. La cuasi sabiduría –cognición aparente– de la IA puede conducir al hombre a actuar contra-razón; es decir, dejando de lado la facultad de pensar y recapacitar en sus actos. El pensamiento que abandona el equilibrio en las derivaciones convierte al hombre en ente que subsiste sin vivir.

La carta pregona tres aspectos en el uso personal de la IA: la facilidad para lograr el resultado, la impresión de objetividad y la simulación de la comunicación humana. En cuanto al primero, enuncia que la velocidad y la sencillez con que es posible obtener indicaciones, elaboraciones complejas, contenidos mediáticos y formas de asistencia concreta, simplifican nuestras vidas. Sin embargo, esa reducción debilita el juicio personal y la creatividad. Por otro costado, el indicio de honestidad de la IA lleva a la persona humana a olvidar que aquella refleja los “parámetros culturales” de quienes la han desarrollado y adiestrado, con todas sus virtudes y defectos… reduciendo la capacidad crítica propia de los usuarios. Por último, la encíclica refiere que la imitación artificial de una comunicación humana positiva –palabras de consejo, de empatía, de amistad, de amor– puede resultar gratificante e incluso útil, pero en seres poco conscientes, inducir a engaño y dar la falsa impresión de estar en relaciones con un auténtico sujeto personal.

Para el papa –si la IA entra en procesos que inciden en la vida de las personas, afecta a sus derechos, oportunidades, reputación y libertad– su uso ya no es puramente técnico. Ello sucede al delegar decisiones delicadas a sistemas automatizados desconocedores de “la compasión, la misericordia, el perdón y la apertura a la esperanza de cambio en el individuo”. Así, nos desplegamos hacia nuevas formas de descarte. Entre estas, los usos antihumanos, como la manipulación de la información o la violación de la privacidad. El círculo lo cierran los sistemas de IA presentados neutrales y objetivos, cuando en realidad reflejan y refuerzan estereotipos o posiciones ideológicas de quienes los han diseñado y programado. (O)

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