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El único fin que justifica la existencia de la política y del Estado es crear el ambiente para que la gente pueda, bajo su responsabilidad, acertar o equivocarse, triunfar o fracasar. El poder, en esa perspectiva, no puede ser un sistema que apela a la obediencia sin crítica y sin límites, a la sumisión sin dignidad, al aplauso sin reservas.

24 Septiembre de 2021 11.02

La política como dogma, como práctica y  estilo de vida, ha invadido  las sociedades. Se ha convertido en la preocupación principal de la gente y ha desplazado a la religión,  la economía,  la familia y  la cultura. Es decir, se han “politizado” todos esos ámbitos y se han  transformado en  peligrosas dependencias del Estado. Eso explica el hecho de que, para cada actividad humana, se creen  ministerios,  intendencias,  controles o agencias y se emitan cientos de reglas, muchas de ellas originadas en la burocracia menor. 

¿Pero, es esa la función de la política? ¿Es normal este fenómeno? 

I.- El carácter instrumental de la política.- La política es una herramienta que sirve para:  (i) justificar y legitimar el hecho del poder; (ii) en la democracia, para darle sustento y práctica a la tesis de que el poder radica en cada ciudadano;  (iii) determinar  que el gobierno y la legislatura son encargos limitados transitorios cuyo ejercicio genera responsabilidades;  y, (iv)  establecer que su único objetivo es el servicio a la comunidad a fin de crear las condiciones (el bien común) para que la gente llegue a su plenitud personal. 

Pero, la política -el poder- ha perdido su carácter instrumental y se ha convertido en fin absoluto que condiciona la vida social,  penetra en la intimidad de familias y personas, suplanta las metas de la sociedad y las reemplaza por las que proponen los proyectos o ideologías de partidos, movimientos o caudillos. Entonces, la actividad humana se reduce a obediencia, se sacrifica la iniciativa y se condicionan los derechos. El pensamiento pierde autonomía y la cultura se reduce a una forma de modular las propuestas del poder, o de endiosarlo. 

II.- El problema de las libertades y los derechos.- La expansión de la política  a numerosos ámbitos de la vida humana, genera, inevitablemente, dependencia, alienta el intervencionismo y promueve las acciones discrecionales del Estado. Correlativamente, los espacios de libertad se achican, los derechos parecen nacer de las leyes y dejan de ser patrimonio moral de las personas. La política, casi siempre, es enemiga de la libertad. 

III.- Del servicio público al permiso y la sanción.-  La deformación de la política hace que  las facultades de las autoridades, de su función original de herramienta “al servicio de...”, se convierta en “permiso para?” o en “sanción por...”. Esto provoca la  expansión de la burocracia, la proliferación de toda clases de leyes, reglamentos, resoluciones, etc., que  no solo regulan los derechos sino que los pervierten;  esto es lo que alguien llamó  “la telaraña legal” que atrapa a las personas y condiciona su conducta.  Hay que considerar, además, que el poder ejerce el monopolio de la fuerza. Y es lógico que la amenaza de las penas en que se sustentan las acciones estatales enerven la iniciativa y menoscaben las libertades. La gente dedica, entonces, parte sustancial  de su tiempo,  a prevenir los riesgos que provienen de la “legalidad represora”, a defenderse, justificarse y  establecer redes de contactos que, hipotéticamente al menos, contribuyan a proteger sus intereses y a minimizar las penalidades. La política expansiva alienta “el arreglo” y la corrupción. La sumisión es fruto frecuente de la politización. 

IV.- La politización de las instituciones sociales.- No todas las instituciones son políticas, ni todas provienen de la Constitución o de la Ley. La economía, la religión, la familia, la educación, la cultura, el entretenimiento, son instituciones sociales que nacen espontáneamente de la sociedad, como un sistema de convivencia y de satisfacción de necesidades. El Estado, como entidad política, debe facilitar su operación, racionalizar su gestión, promover la equidad y la justicia en las relaciones entre los individuos. Sin embargo, la política, convertida en finalidad última, pone a las instituciones al servicio del poder, menoscaba la capacidad creativa de la sociedad, transforma los derechos en concesiones, y hace de la libertad una osadía que convoca a pocos. 

V.- Democracia y electoralismo.-  La democracia es el mejor sistema para expresar la naturaleza instrumental y subalterna de la política, siempre que se trate de la democracia liberal, y que se traduzca en el Estado de Derecho, esto es, aquel que somete el poder a la legalidad, limita la acción de los gobernantes, y establece como una finalidad esencial del Estado el respeto a los derechos individuales y a las libertades. Sin embargo, la democracia puede convertirse en electoralismo, esto es, en simple método para elegir a los actores del poder y para asignarles potestades y privilegios. 

La “democracia como procedimiento” -como regla electoral- no puede negar ni suplantar a “la democracia como ideal”, cuya sustancia es la tolerancia y el servicio. La democracia como procedimiento no puede desmontar  la democracia como forma de ser republicana. Penosamente, es lo que ocurre con frecuencia, y entonces, la sociedad en manos del poder absoluto, aparentemente legitimado por una mayoría coyuntural, afronta el riesgo de convertirse en el conejillo de indias de ideologías o propuestas, de doctrinas de grupos de iluminados; esto es lo que se conoce como la “democracia ilimitada”, que niega que el ideal de la verdadera democracia sea el autogobierno de la sociedad.  

VI.- El fin de la política.- La política tiene como único fin crear las condiciones para que los miembros de la sociedad, por su propio esfuerzo y en ejercicio de sus derechos, alcancen la plenitud personal y familiar; para que ejerzan cada día la libertad de elegir;  para que cuenten con las herramientas y las seguridades indispensables a fin de crear una empresa o escribir un libro; para debatir y expresarse; para ser laico o católico; para quedarse o migrar.  

El único fin que justifica la existencia de la política y del Estado es crear el ambiente para que la gente pueda, bajo su responsabilidad, acertar o equivocarse, triunfar o fracasar. El poder, en esa perspectiva, no puede ser un sistema que apela a la obediencia sin crítica y sin límites, a la sumisión sin dignidad, al aplauso sin reservas. (O)
 

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