Abordamos el tema con la lectura de Nexus, última obra de Yuval Noah Harari (1976), importante pensador –filósofo e historiador– vivo. Al desarrollar la historia de las redes de información, afirma que “verdad y realidad” son cosas diferentes; sin importar cuán verídica sea una información, nunca podrá reproducir la realidad en todas sus perspectivas. Arriba al aserto desde el “universalismo”. Sostiene que al margen de lo divergentes que puedan ser las opiniones y los sentimientos de las personas, de las naciones y de las culturas, no pueden poseer verdades contradictorias. Continúa con el mensaje de que rechazar el universalismo es impugnar la verdad. Según el israelí, “verdad” es lo representante de manera precisa de determinados aspectos de la realidad. Adentrémonos en la filosofía de la verdad.
En el propósito estamos obligados a remitirnos a Aristóteles (384 a. e. c.–322 a. e. c.), para quien la capacidad de conocer la verdad está atada al trozo divino de su ser, o sea al alma racional. En la filosofía aristotélica, racional es el ánima otorgante al hombre de la facultad intelectual de un conocimiento verdadero. En orden a la conformación de la verdad es indispensable aludir a la “causa”. Es definida por el griego –en Metafísica– como lo que la funda, condiciona y estructura. En Segundos analíticos leemos: pensamos saber cuando creemos saber que la causa hacedora de que una cosa exista es realmente la causa de esta cosa… la cosa no puede existir de manera distinta a como es.
Según la teoría de la causalidad, la episteme –conocimiento justificado de la verdad– requiere de cuatro causas. La “material”, relacionada con los componentes e integrantes generadores de algo, es decir aquello de lo que ese algo está hecho. La “causa eficiente” es su complemento en tanto “principio del movimiento”, también referida como causa motriz. La “formal” es la causa de la esencia o definición y sus géneros; designa lo que una cosa es y no otra. Llegamos así a la causa “final”, conceptuada por el de Estagira como consumación a que tienden la generación y el movimiento. Para la ética aristotélica, lo anhelado por las causas es el bien. Si las causas son buenas, igual será la verdad en que confluyen. Para los griegos solo lo verdadero es inteligible; lo falso es repudiado por el conocimiento.
Los seres endebles en moralidad exteriorizan una marcada tendencia a tergiversar la verdad. Lo hacen adecuando las causas a conveniencia, de forma tal que la verdad resulta falsa. Pueden ser desenmascarados al analizar los móviles que los condujeron a definir “sus” verdades. Por ende, hablar de “causa”, filosóficamente, es referir las pretensiones del hombre hacia el fin perseguido. En esas circunstancias, si la causa es legítima la verdad tendrá similares características en el plano ontológico. Por el contrario, lo espurio de una causa desvaloriza la verdad, pues termina por ser mero acomodo a la intención del agente.
Las verdades más deshonrosas, adecuadas a las finalidades buscadas, son las relacionadas con las ansias de poder. En el plano político es el caso del populismo, que –ante el designio de dominar a las facciones populares de menor capacidad de raciocinio– conciben motivos artificiosos con base en los cuales la verdad deja de ser tal para convertirse en decadente mentira. A esa maniobra acceden los líderes populistas tanto de izquierdas como de derechas… idénticos en noética. Aquellos alegarán el abuso del capital para mantener al pueblo en condiciones de injusticia. Estos, en cambio, invocarán los beneficios del materialismo para desterrar las miserias sociales. Falsos ambos: dejan de mirar la realidad como en efecto es, siendo que enfocan talantes parciales y, por ende, distorsionan la verdad.
La Alemania nazi, la Italia fascista y la España falangista fueron manifestaciones de cómo los infames líderes engañaron a sus pueblos manipulando la realidad. El resurgimiento de la ultraderecha en esos países está retomando discursos que condujeron a la matanza indiscriminada de seres humanos al amparo de verdades que no eran tales.
Caso emblemático son también las religiones. Los credos, los cultos y las adoraciones, vergonzosamente, solo persiguen “poder”. El origen y causa de “su verdad” es nada distinto a mantener controlados a sus devotos y, por tanto, sujetos a autoridad de élites eclesiásticas. Si bien todas las religiones encierran similar designio, la Iglesia católica –que es la nuestra– ha logrado el cometido más allá de lo concebible en ética. Desde sus primeros años de práctica, afrontó la labor de plasmar en la Biblia verdades convenientes a sus intenciones. Esas verdades fueron eficazmente elaboradas vía la tacha de evangelios dañinos a sus intereses, realidades fingidas e interpretaciones bíblicas caprichosas. Salvo por católicos que cuestionamos en razón y lógica enseñanzas y dogmas absurdos, mantiene a 1.4 mil millones de personas obnubiladas a la espera de la vida eterna, reputada de verdadera. (O)