Las estadísticas de ser tú
La improbabilidad de tu existencia es tan absurda que, si estás leyendo esto, ya venciste todas las apuesta.

Eres estadísticamente imposible. Y sin embargo, aquí estás. Te levantaste esta mañana, quizás con sueño o prisa, tal vez sin pensar demasiado en el milagro numérico que es estar vivo. Pero hagamos una pausa para hacer cuentas porque tu existencia es el resultado de una cadena de improbabilidades tan precisa, tan increíblemente frágil, que asusta.

Vamos a hacer el cálculo juntos. Empecemos con lo más obvio: tus padres. La probabilidad de que un espermatozoide en particular fecunde a un óvulo específico es de 1 entre 400 billones. Esto ya sería suficiente para celebrar tu cumpleaños como si hubieras ganado el Nobel. Pero no termina ahí.

Tus padres también debieron conocerse. Según datos de la ONU, en el mundo hay más de 8.000 millones de personas y, estadísticamente, uno se cruza con unas 80.000 en toda su vida. De esas, se establecen relaciones profundas con apenas 0.01 %. Entonces, que tus padres se encontraran, se gustaran, coincidieran en tiempo, espacio, idioma y biología, ya es una danza de improbabilidades que haría llorar a un físico cuántico.

Pero vamos más atrás. Tus abuelos. Tus bisabuelos. Para que tú existieras, cada generación previa durante al menos 4.000 generaciones humanas debió sobrevivir guerras, plagas, migraciones, accidentes y decisiones personales que, de haber sido mínimamente distintas, te habrían borrado del mapa incluso antes de que comenzaras.

Un estudio del Dr. Ali Binazir, experto en neurociencia, calcula que la probabilidad de que tú existas como eres es de 1 en 10^2,685,000. Esa cifra es literalmente incomprensible para el cerebro humano. Para que tengas contexto, el número estimado de átomos en el universo es de 10^80.

Y eso sin contar el escenario de la Tierra. La probabilidad de que un planeta tenga las condiciones exactas para albergar vida como la nuestra es de 1 en 700 quintillones, según los astrofísicos de la Universidad de Washington. La zona habitable, la distancia perfecta del Sol, la cantidad justa de oxígeno, la presión atmosférica, el campo magnético que nos protege del viento solar, la luna estabilizadora del eje terrestre. Es como si alguien hubiera armado un rompecabezas de 10.000 piezas con los ojos vendados y sin saber la imagen final.

Y aún más, la vida inteligente en el universo no es común. Según la ecuación de Drake, que estima las civilizaciones comunicantes en la galaxia, podríamos estar solos o ser apenas una rareza estadística.

Y luego está la conciencia. No solo existes, eres consciente de existir. Tienes pensamientos propios, deseos, memorias, una historia. En todo el universo observable, solo los humanos (hasta donde sabemos) tenemos esta capacidad tan compleja. La autoconciencia es el mayor misterio de la biología moderna.

A nivel neurológico, tu cerebro tiene 86.000 millones de neuronas, que crean más de 100 billones de conexiones sinápticas. Cada decisión que tomas, cada recuerdo o emoción que sientes, es el resultado de impulsos eléctricos viajando a 400 km/h por una red biológica más compleja que cualquier supercomputadora jamás construida.

Y entonces, ¿qué vas a hacer con esta improbabilidad?

Después de todo esto, aún te preocupas por si no encajas, si estás “demasiado esto” o “poco aquello”, si cometiste errores, si no eres suficiente. Pero la verdad es que ya rompiste todas las estadísticas solo por estar aquí.

Tu existencia es tan improbable que, si fuera una apuesta, nadie con un mínimo de lógica habría apostado por ti. Y sin embargo, contra todo cálculo, aquí estás.

Así que, por favor, no lo desperdicies. No seas indiferente o cruel. No te dejes llevar por la mezquindad. No conviertas esta improbabilidad en una estadística más de egoísmo.

Eres un milagro estadístico y lo mínimo que puedes hacer es tratar de ser una buena persona. (O)