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Necesitamos unos cuantos cambios para salvar la democracia. Son apenas cambios del gatopardo porque intentamos que las cosas sigan siendo iguales hasta que encontremos nuevas formas de gobierno.

22 Noviembre de 2021 08.41

La figura del príncipe Salina, el personaje central de la novela “El Gatopardo”, estará para la mayoría identificada con la figura de Burt Lancaster por la película de Visconti. Yo prefiero la figura del autor de la novela, Giuseppe di Lampedusa, un hombre alto, aristocrático y silencioso que nunca salió de sus propiedades después de escapar de un campo de concentración. La novela se publicó después de su muerte y fue rechazada por dos casas editoriales, nunca imaginaron que se convertiría en una obra clave del siglo XX. La frase que resume la resistencia del aristócrata a integrarse a la revolución de Garibaldi corresponde a Tancredi, sobrino del príncipe: «Es preciso que todo cambie para que todo siga igual». 

Es la frase que dio lugar a la expresión gatopardismo como simulación de cambio para asegurar el inmovilismo. Hay ocasiones en las que la apariencia de pesimismo es rechazo de un optimismo ingenuo que cree que todo cambio es para mejorar, del fetichismo del progreso. La izquierda que ha destruido la democracia convirtiéndola en mero instrumento para llegar al poder para enseguida convertirla en dictadura, se califica de progresista siendo más bien retrógrada. También la derecha ha convertido las características de la democracia en conceptos vacíos. La democracia tiene que hacer cambios para seguir siendo igual, para seguir siendo democracia, porque no hay otro sistema con el que podamos reemplazarla.

Los cambios que necesita la democracia no son muchos, pero parecen difíciles. El poder judicial es buen ejemplo. El juez probo solo tiene que aplicar honradamente la ley, sin embargo, cuando la justicia está corrompida nos preguntamos ¿quién debe nombrar a los jueces? Si nombran los representantes del pueblo, los legisladores, se reparten la Cortes para manipular a los jueces. Si nombran las Cortes ya corrompidas, nombrarán a jueces más corruptos que ellos. Si nombran organismos encargados como el Consejo de Participación Ciudadana, eligen jueces a gusto de los políticos que les dieron el encargo.

En España se debate ahora si los jueces deben responder a un acuerdo político o si deben ser los mismos jueces quienes llenen las vacantes y sus reemplazos. Si son los partidos, se dice, que los políticos trafican con los jueces y los convierten en mercancía. Si son los jueces, se alega que se perpetuará la corrupción y se llenarán las Cortes de amigos y pagadores de favores. En las Cortes, Parlamentos, Partidos y Gabinetes, se arraciman los señoritos de papá y los herederos de los que siempre han manejado la política. 

En Ecuador, la figura de la Fiscal aparece como la esperanza de regeneración de la administración de justicia, pero no puede hacer sola esa tarea gigantesca, aunque tiene el apoyo de gran parte de la sociedad, también tiene enemigos que le huyen como el diablo al agua bendita. Al menos tenemos por dónde empezar. El ejemplo de los buenos jueces sirve para calificar a los malos jueces como los aventureros de la Corte Provincial que fueron destituidos.

También necesitamos cambios en la Asamblea Nacional. La destitución de la vicepresidenta Jiménez y la investigación a otros legisladores indican la posibilidad de limpieza. Cambios que permitirán que la democracia siga siendo democracia son como los propuestos por Participación Ciudadana en los partidos políticos. Lo que plantea es que los partidos tengan padrones actualizados de sus afiliados; que los militantes elijan a las autoridades y que aseguren la alternancia; que los candidatos que designan sean miembros del partido; que solo los partidos nacionales puedan presentar candidatos nacionales y que los tránsfugas que pretenden cambiar de partido después de la elección pierdan el cargo para el cual fueron elegidos.

Hay que cambiar todo, la Justicia, la legislatura, el gobierno, los partidos, para que todo siga igual, es decir para que siga vigente la democracia. Los cambios engañosos son aquellos que traicionan los fundamentos de la democracia y la convierten en gerontocracia, en tiranía, en caudillismo. La burla más grande es calificar esos cambios como progreso. (O)

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