Forbes Ecuador
4 Febrero de 2026 06.00

David Paredes Periodista

La filosofía del gerente de Tagsa: Volar con disciplina y liderar con respeto

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Ángel Córdova trasladó la disciplina del mundo castrense a la gestión del aeropuerto José Joaquín de Olmedo. Esta empresa administra una infraestructura aeroportuaria estratégica y en 2024 tuvo ingresos por US$ 113 millones.

Desde pequeño, Ángel Córdova soñaba con pilotear una aeronave. Las veía pasar por los cielos de Quito y escuchaba hablar de ellas en su barrio. Su anhelo de convertirse en piloto fue alimentado por un vecino que trabajaba como capitán en la extinta aerolínea Aerovías Ecuatorianas C.A. (AREA). Fue su modelo a seguir. Fijaba su mirada cada vez que pasaba frente a su casa con su uniforme siempre pulcro y con una historia diferente de algún país lejano.

Ese anhelo de niño se convirtió en una realidad. Córdova ingresó a la Fuerza Aérea Ecuatoriana (FAE), en 1970, donde se formó hasta convertirse en piloto. Durante 30 años voló aeronaves de todos los tamaños y llegó a ser General de la FAE. Actualmente es gerente General de la Terminal Aeroportuaria de Guayaquil (Tagsa), firma que administra el aeropuerto José Joaquín de Olmedo. En 2024, esta empresa tuvo ingresos por US$ 113,65 millones.

A sus 74 años, ha pasado casi toda su vida entre pistas, cabinas de mando y decisiones que no admiten margen de error. En 2005 cambió compañeros de combate y tripulación aérea por un grupo humano que trabaja todos los días del año en el aeropuerto guayaquileño. Dirige una operación compleja que requiere disciplina y compromiso.

“Un aeropuerto tiene dos mundos que deben convivir en equilibrio: la actividad aeronáutica y la gestión administrativa. Si uno falla, todo se resiente”, asegura.

Durante su carrera militar su madre, Luz Evangelina, también conocida como ‘Blanquita’, fue su motor. “Me enseñó desde pequeño que las cosas no son fáciles, pero hay que alcanzarlas cuando uno tiene metas que cumplir”, recuerda.

Tras largas charlas con su madre, Ángel finalmente logró convencerla de que le ayudara a cumplir su sueño. Ella solo le puso una condición: que cada vez que volara un avión se hiciera la señal de la santa cruz como si fuera su bendición.

“Mi madre tenía temor de que yo entrara a la Fuerza Aérea porque escuchó que había problemas y accidentes. Y yo le decía que esa era la ruta que el destino me tenía preparada”, afirma Córdova. Hoy, tras su retiro, aún cumple la promesa cada vez que se sube a un avión comercial como pasajero. Se hace la señal de la santa cruz tres veces: una para él y las otras para el piloto y el copiloto de turno.

El primer avión que voló fue un Cessna T-41A, utilizado para entrenamiento. Una aeronave vieja para la época, pero en buen estado para los jóvenes que estaban aprendiendo.

Córdova aún recuerda ese primer vuelo. Se sintió cómodo, pero temeroso por lo desconocido. Se concentró en cumplir con lo que le indicaba su instructor para mejorar en sus siguientes intentos.

“La formación militar nos enseña que el miedo existe porque es parte de la naturaleza humana. Nos preparamos para tener fuerza interior y ser firmes de carácter, corazón, pensamiento y cuerpo para poder enfrentarlo”.

De ese primer vuelo nació un oficial con templanza y espíritu de equipo. Su carácter le permitió volar aviones supersónicos Jaguar y, más tarde, al cierre de su trayectoria militar, los Boeing 727-200 y 727-300 cuando fue parte de TAME. “Fueron los aviones de transporte más grandes que piloté. Lo hice durante un año y medio”.

Antes de su ascenso a general, Córdova fue instructor de vuelo. Durante la Guerra del Cenepa, en 1995, ya era director de la Academia de Guerra y sus superiores lo enviaron a la Brigada de El Oro, en Machala. La cúpula militar se preparaba para un combate abierto y necesitaba a una parte de sus mejores hombres en la zona sur del país. Creían que las fuerzas peruanas podrían invadir la frontera.

“No tengo el reconocimiento como héroe de guerra, pero estoy orgulloso de haber sido parte de esa generación de la victoria y de ser amigo de muchos héroes de la fuerza terrestre y de la Fuerza Aérea. Mi reconocimiento permanente para ellos”. Córdova pilotó aviones de instrucción para reconocimientos fotográficos de la zona donde se desarrolló el conflicto.

De general de la FAE a gerente general

Después de casi tres décadas al servicio del país, en 2001, fue promovido a General. Desde esa posición consolidó su propia visión de liderazgo, que con el tiempo trasladó a su faceta civil.

Para él, ser General de la FAE fue una escuela de administración. A lo largo de su carrera aprendió que cada decisión tiene impacto directo en las personas y que el mando implica asumir consecuencias, incluso en los momentos más complejos. “Ser General no fue un título, fue una responsabilidad permanente”.

Esa experiencia le dejó una convicción clara sobre el ejercicio del poder. “Más que mandar, significó cuidar, formar y dar el ejemplo”. En un entorno donde el error no es una opción, la disciplina, el orden y la planificación se convirtieron en pilares de su manera de dirigir, siempre con la misión y el equipo humano por encima de lo individual.

“El liderazgo verdadero no se ejerce desde la jerarquía, sino desde la coherencia y el compromiso diario”, sostiene. Una filosofía que, años después, trasladó a su conducción ejecutiva en TAGSA, donde trabaja desde hace 20 años.

Se vinculó a la empresa en 2005, dos años después de retirarse de la Fuerza Aérea. En un evento social coincidió con Alberto Deller, quien en esa época presidía la compañía. Ese día conversaron sobre su pasado militar y su experiencia administrativa.

El empresario lo invitó a tomar un café en su oficina, en Quito. Lo que parecía una charla informal se convirtió en una entrevista de trabajo. Unos meses después fue contratado como jefe de proyectos.

En 2007 hubo cambios de gerentes en la empresa. Deller confió en él para que administrara temporalmente Tagsa.

“Vine temporalmente a Guayaquil hasta que la empresa encontrara un gerente permanente”, recuerda. Tras una buena gestión, en 2008 decidieron que debía quedarse con el cargo.

En su primer año como gerente en Tagsa se encontró con una compañía en proceso de transformación. “El aeropuerto de Guayaquil tenía deficiencias importantes”. El primer reto fue mejorar el servicio para ofrecer calidad y seguridad. Esto implicó numerosas obras civiles. Se construyó la terminal de pasajeros José Joaquín de Olmedo, inaugurada el 27 de julio de 2006.

Actualmente, por esta terminal transitan cerca de cuatro millones de pasajeros al año y operan nueve aerolíneas que conectan con Europa, Norteamérica y destinos locales. “Un aeropuerto no es solo una terminal; es una infraestructura estratégica para el desarrollo del país”, señala.

Además de mejorar el servicio, el desafío también fue transformar la mentalidad del personal, para que pudiera manejar los nuevos servicios, equipos e instalaciones. El objetivo era construir reputación y generar confianza en el público sobre Tagsa y la terminal aérea de Guayaquil.

“La infraestructura es importante, pero lo que realmente marca la diferencia es la gente que la opera”, afirma Córdova, quien aplicó varios conceptos de administración aprendidos en su época como alto oficial de la Fuerza Aérea.

Los principios que incorporó en el ámbito militar los replica en la empresa: control centralizado, ejecución descentralizada y esfuerzo coordinado. Esta metodología permite que la operación funcione como un reloj suizo, orquestando un contingente masivo de 480 colaboradores directos, 250 personas en servicios externos de limpieza y cerca de 5.000 operadores de aerolíneas y carga. Bajo su mando, cada pieza entiende que su rol es vital para que el aeropuerto nunca se detenga.

Para este general en servicio pasivo, uno de los momentos más complejos fue la crisis sanitaria de la pandemia del Covid 19. La pista y la torre de control nunca dejaron de funcionar. Hubo vuelos humanitarios que despegaron y arribaron a esta terminal. Fue una de las guerras más duras que le tocó enfrentar.

Su personal estuvo día y noche enfrentando situaciones complejas, como el fallecimiento de algunos compañeros y un alto número de contagios. Considera que ese periodo fue el mayor reto de todos sus años en el aeropuerto y le dejó lecciones profundas sobre solidaridad y trabajo en equipo.

“En ese momento crítico hubo verdadero trabajo conjunto. Ahí se vio quiénes estaban más comprometidos con la institución. Hubo personas que no tuvieron reparos en arriesgar su vida por servir a la patria”, recuerda. (I)

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