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¿Qué dirán los niños al ver a esos adultos que no pueden ponerse de acuerdo? ¿Será tan difícil hallar una solución? Porque en la escuela y en los juegos las cosas son sencillas. Basta levantar la mano para ser escuchado o detener el juego para preguntar algo y volver a empezar.

22 Junio de 2022 16.05

Lo que me dijo mi hija de 11 años estos días me dejó sin palabras: “¿Papi, qué hacemos si los manifestantes llegan hasta nuestra casa?”. Ella, inocente y con un corazón puro, recuerda con claridad las manifestaciones del 2019. “¿Te acuerdas papi que una noche estábamos hablando con los vecinos y sonó un disparo? Fue la primera vez que oí un disparo”.

Esas dos preguntas me desarmaron. ¿Qué estará pasando por la cabeza de mi hija y por la de miles de niños ecuatorianos que miran como los adultos son incapaces de dialogar? ¿Qué pensarán cuando se les dice que un grupo de delincuentes (no son manifestantes los que arman bombas para lanzar a la fuerza pública y los que atacan  a ciudadanos sin ninguna contemplación) tiene contra las cuerdas al país?

Los niños, de la ciudad y de las zonas rurales, de escuelas públicas y privadas, ya sufrieron muchísimo con la pandemia. Durante casi dos años estuvieron obligados a 'asistir' a clases virtuales (los que tuvieron esa posibilidad, porque decenas de miles no tenían acceso ni a internet ni a una computadora). Dejaron de ver a sus amigos, de jugar, de gritar y de correr; dejaron de conversar con sus profesores. Durante casi dos años no pudieron ser niños.

Pero eso fue por un virus, por una pandemia. Lo de estos días parece que es peor: el país está paralizado y atemorizado por culpa de unos adultos, de esos que toman las decisiones importantes, de esos que dicen lo que es bueno y lo que es malo. Esos adultos que se supone que gobiernan y guían a un país.

¿Qué dirán los niños al ver a esos adultos que no pueden ponerse de acuerdo? ¿Será tan difícil hallar una solución? Porque en la escuela y entre niños las cosas son sencillas. Basta levantar la mano para ser escuchado o detener el juego para preguntar algo y volver a empezar. Además no tienen idea de lo que es el rencor o los intereses. Son lo opuesto a lo que somos los adultos.

Aún no tengo respuesta para mi hija en caso de que los manifestantes llegaran hasta nuestra casa. Los que ya han sido atacados, heridos o saqueados en estos días de caos tendrán su respuesta y la respetaré por completo, porque nadie tiene derecho a agredir a los demás, bajo ninguna circunstancia.

Hoy más que nunca pesa el ejemplo que demos en casa, con lo que pensamos y con lo que actuamos. Porque de lo contrario las niñas y los niños van a seguir viendo que los adultos no son de confiar.

Herman Hesse ya lo dijo hace un siglo en Siddharta, una de sus obras cumbres: “El mundo era bello, si se lo miraba con la sencillez de un niño. Hermosas eran la luna y las estrellas, el riachuelo y la orilla, el bosque y la roca, la oveja  y el cárabo dorado, la flor y la mariposa. Bello y gozoso era el caminar por este mundo, de manera tan infantil, tan despierta, tan abierta a lo cercano, tan confiada”. (O)

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