Durante estos días de trabajo y familia en Ecuador, en mis habituales diálogos con mi hija Amelié, como padre me sorprendo de su agudeza. Incluso en sus silencios, intenta descifrar —y quizás anticipar— qué le espera al futuro. No formula aún preguntas técnicas, pero su curiosidad tiene la profundidad de quien intuye que algo importante está cambiando.
Hace poco, compartimos un almuerzo con queridos amigos que hoy, además, somos colegas padres en el colegio de mi hija. La conversación, casi sin proponérselo, derivó hacia los cambios vocacionales, la incertidumbre laboral y el impacto de la inteligencia artificial en las decisiones de estudio de niños y adolescentes. Al regresar a casa, Amelié me lanzó una pregunta tan sencilla como inquietante:
“Papá, ¿ChatGPT podrá reemplazarlo todo?”
Me quedé cavilando. No solo por la pregunta en sí, sino porque resume con precisión el estado de ánimo de muchas familias: una mezcla de fascinación, temor y urgencia. Esa pregunta infantil —pero profundamente contemporánea— terminó de dar forma a este artículo. Porque junto a la omnipresente narrativa sobre la inteligencia artificial, amplificada por una proliferación casi obsesiva de “expertos” y tendencias, emerge una inquietud más honda y legítima: ¿tiene futuro la humanidad en el mundo del trabajo o estamos asistiendo a su progresiva irrelevancia?
La evidencia empírica invita a una lectura menos apocalíptica y más estratégica. Los grandes organismos internacionales coinciden en que la inteligencia artificial no elimina ocupaciones de forma homogénea, sino que reconfigura tareas. El World Economic Forum, en su Future of Jobs Report 2025, estima que entre 2025 y 2030 la transformación estructural del empleo afectará al equivalente del 22% de los puestos actuales a nivel global, combinando creación y destrucción, con un saldo neto positivo de aproximadamente 78 millones de nuevos empleos. No es el fin del trabajo; es una mutación profunda de su contenido.
Este matiz es clave, porque desmonta una de las creencias más extendidas que escucho en mis sesiones de orientación vocacional: la idea de que la salvación profesional pasa por elegir carreras que lleven en su nombre algún membrete asociado a la IA, incluso cuando el perfil, los intereses y las capacidades del estudiante apuntan en otra dirección. La evidencia sugiere lo contrario: no es el rótulo lo que protege frente a la automatización, sino el tipo de valor humano que se aporta.
Los estudios de la Organización Internacional del Trabajo y de la OCDE son claros en este punto. Aunque cerca de uno de cada cuatro trabajadores en el mundo desempeña ocupaciones con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa, solo alrededor del 3% del empleo global se encuentra en la categoría de máxima exposición, aquella en la que una sustitución intensiva de tareas sería técnicamente viable. En otras palabras, el riesgo existe, pero está lejos de ser universal.
¿Qué trabajos muestran mayor resiliencia? Aquellos donde el núcleo del valor no es fácilmente codificable. La economía del cuidado —salud, educación, trabajo social, primera infancia— se apoya en vínculo, empatía, juicio ético y responsabilidad humana. Los oficios técnicos presenciales operan en entornos variables, con fricción real, normas de seguridad e imprevistos que desafían la automatización total. Y, paradójicamente, la propia expansión de la inteligencia artificial está impulsando la demanda de perfiles en ciberseguridad, gobernanza y gestión de riesgos, precisamente porque los sistemas se vuelven más complejos y vulnerables.
Por eso, cuando pienso en la pregunta de Amelié, mi respuesta no es técnica, sino humana. No, la inteligencia artificial no podrá reemplazarlo todo. Pero sí nos obliga a replantearnos qué significa ser valiosos como personas en el trabajo. El verdadero desafío educativo no es formar a nuestros hijos para competir contra la IA, sino para integrarla desde una identidad profesional sólida, con sentido y profundamente humana.
Quizás ahí esté la esperanza que buscaba al escuchar a mi hija: el futuro del trabajo no se juega en los algoritmos, sino en aquello que, incluso en un mundo tecnológicamente avanzado, sigue necesitando criterio, presencia y responsabilidad humana. (O)