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ia y pensamiento estrategico
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Una reflexión sobre cómo el hype tecnológico puede desplazar el pensamiento estratégico.

21 Enero de 2026 15.45

En una reunión de entrevista previa a un proyecto de consultoría al que estaba licitando, me soltaron una joya que por un momento me hizo dudar de si escuché bien: “Mira, Santi, queremos usar inteligencia artificial en algún proyecto. No importa en qué, pero que tenga IA”. No era un tema de un objetivo estratégico o un problema de negocio … era pura ansiedad. Ese miedo empresarial a quedarse atrás, a no verse modernos o a no tener una respuesta lista para la próxima reunión de directorio cuando alguien pregunte qué estamos haciendo con la tecnología del momento.

Casi todos los proyectos de IA que terminan en fracaso fallan porque nacen al revés: la herramienta primero y el objetivo después. Consultoras como McKinsey y Gartner han publicado varios reportes donde se pone en evidencia que las empresas están adoptando IA mucho más rápido de lo que están redefiniendo sus problemas reales. El modelo suele estar bien. Lo que está rota es la pregunta.

Cuando me siento con directivos a hablar de innovación, estrategia, proyectos y empieza la conversación a tornarse alrededor de la inteligencia artificial, generalmente cuando empiezo a indagar qué quieren lograr en un proyecto de IA (vender más, que los clientes no se vayan, ser más eficientes, decidir mejor, etc), la conversación se pone incómoda. No porque las respuestas sean de ingeniería espacial, sino porque por pensar en el “con qué” se olvidaron de discutir el “para qué”.

En otro proyecto hacia finales de año revisando un plan estratégico, la propuesta decía que cierto porcentaje de los proyectos del año “debía usar IA”. Punto. No hablaba de impacto, ni de estrategia, ni de resultados. Solo de que los proyectos debían incorporar IA. Ahí noté que se está tergiversando la cosa. Es que cuando la inteligencia artificial se convierte en un KPI obligatorio, deja de ser una herramienta y se vuelve cosmética para el reporte anual. Hay esta palabrita en inglés que me gusta mucho: FOMO (fear of missing out). El miedo a quedarse atrás, a no ser parte del hype. A correr detrás de la última moda aunque no se tengan los elementos mínimos para contar con un criterio de decisión. Me parece que estamos viviendo mucho de eso en las empresas.

Por otro lado, he podido ver que hay empresas que han sido muy asertivas en los criterios para formular proyectos con IA. En eficiencia operativa, por ejemplo, funcionan los procesos que ya tienen pasos claros e inputs bien definidos. Ahí la IA entra a automatizar o asistir sin tanto drama. En los casos generativos, el éxito no depende de qué tan sofisticado sea el modelo de lenguaje, sino de qué tan limpia esté tu base de conocimiento y qué tan bien delimitado esté el campo de juego. Al final, la claridad siempre le gana a la complejidad.

Este patrón de poner la carroza delante del caballo y poner la herramienta delante del objetivo es agnóstico de industria. Pasa en bancos, universidades, farmacéuticas, empresas de consumo masivo, etc. Cambian los nombres y las regulaciones, pero el error de fondo es el mismo: intentar que un algoritmo resuelva lo que la estrategia no fue capaz de definir.

Los reportes del Stanford AI Index o el MIT Sloan Management Review describen que el desafío hoy no es el acceso a los fierros o al software. Eso ya está disponible, es potente y es cada vez más barato. Lastimosamente, lo que realmente escasea es el criterio. El algoritmo te lo venden en cualquier lado; la claridad estratégica no.

Por eso creo que hoy la decisión más valiosa no es saber dónde meter IA, sino realmente dónde no hace falta. En este ambiente donde todo el mundo te empuja a subirte a la ola, frenar puede ser una forma de liderazgo. No todos los problemas del mundo necesitan un modelo predictivo. No toda innovación tiene que pasar por un chip. Y no todos los avances necesitan automatización.

La madurez de una empresa llega cuando dejamos de preguntar “¿cómo metemos IA aquí?” y empezamos a cuestionar si entendemos el problema que tenemos enfrente. A veces, la decisión más brillante no es acelerar el paso para alcanzar al resto, sino detenerse a enfocarse. En un año donde todos corren desesperados por usar IA, la verdadera ventaja competitiva la va a tener el que decida, con criterio y sin miedo, en qué lugares es mejor no usarla. (O)

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