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Queremos que nuestros hijos crezcan en entornos seguros y de paz, volver al país donde caminar por la calle era seguro y donde se pueda ser libre sin temer por perder la vida.

23 Enero de 2026 14.21

El pasado fin de semana estuve en una cafetería a la que suelo frecuentar con mi mamá. Realmente es un lugar que nos gusta mucho por todo lo que ofrece: un café y pan delicioso, un ambiente calmado y armonioso y, además, las mejores pastas que he probado. Es un espacio que te permite estar, conversar y compartir; y si vas solo, también seguro lo disfrutas.

Seguro se pudieron imaginar lo que narré en el párrafo anterior y quizá coinciden conmigo en que compartir y encontrar un lugar fuera de casa, donde podamos romper con las rutinas y disfrutar en buena compañía, es ideal y sano. Ya lo dijo Harvard en su estudio longitudinal: las conexiones que tengamos son lo que realmente nos va a generar bienestar.

Mientras conversábamos, en un momento mi mamá me dijo: “este lugar debe ser muy peligroso”. Intenté no ahondar en el comentario, pero fue inevitable recordar que, hace unos meses, en la cafetería en la que justamente estábamos ocurrió un asalto.
 Dos días después se publicó un video que mostraba que, en la misma zona en la que nos encontrábamos, hubo un intento de secuestro.

Estas historias se repiten y quedan en nuestra memoria como recordatorios para prevenirnos de futuras amenazas. Nuestra mente funciona así: guarda aquello que genera emociones fuertes, como el miedo. Estos recuerdos son impactantes y la memoria los almacena a largo plazo, es decir, por mucho tiempo. Más allá de la ciencia que respalda esto, sé que nuestra mente funciona así porque lo estamos viviendo. Vivir en alerta constante en nuestro país se está convirtiendo en un hábito.

Y no es solo una percepción. Quito cerró 2025 con un incremento de la violencia letal, al registrar 264 homicidios intencionales, frente a los 248 de 2024, según estadísticas oficiales de la Policía Nacional del Ecuador y el Ministerio del Interior, lo que confirma un aumento sostenido de muertes violentas en la capital en el marco de la crisis nacional de seguridad. Esta tendencia se mantuvo en 2026, año que inició con nuevos casos de muertes violentas en Quito, reportados por los sistemas oficiales de seguridad y emergencia, evidenciando la persistencia del fenómeno y la consolidación de formas de violencia asociadas al crimen organizado y al uso de armas de fuego, más allá de la violencia interpersonal tradicional.

Con mi familia hemos conversado y definido que, por ahora, será mejor asistir a patios de comida o pedir comida a domicilio. Esta decisión nos entristece porque, primero, dejamos de compartir en espacios que nos gustan, perdiendo libertad de elección; y segundo, porque afecta, de una u otra manera, a los negocios que, sin necesidad de quebrar por el momento, se ven también amenazados por la inseguridad. El miedo es tal que incluso en mi mente están marcadas las zonas donde se han producido estos sucesos y procuraré evitar circular por ahí.

Parece algo exagerado. Mi mente intenta creer que sí, pero luego vuelvo a mirar la violencia que persiste en la ciudad y en el país, y la evidencia lo confirma: no puedo romper ya con el sesgo, ni tampoco con el miedo.

“La paz no es solamente la ausencia de guerra; es la presencia de justicia, de equidad y de relaciones humanas basadas en la dignidad.”

Creo que esta vez sonaré más pesimista, pero nos están arrebatando un bien mayor: la paz. Y no es justo vivir así, desprotegidos, con ansiedad, miedo y la frustración de dejar rutinas sanas solo por resguardarnos en lugares que parecen más seguros.

Queremos que nuestros hijos crezcan en entornos seguros y de paz, volver al país donde caminar por la calle era seguro y donde se pueda ser libre sin temer por perder la vida.

Alzo mi voz frente a esta pérdida de libertad. (O)

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