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Benjamin Franklin
Columnistas
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Nadie se escapa de la muerte y de los impuestos. Pero al momento de realizar la declaración y pago de tributos, la complejidad se asemeja a una sentencia de muerte. Por suerte hay ángeles que nos ayudan en esa tarea.

20 Enero de 2022 12.28

No saben, y no tienen por qué saberlo, esta semana cumplí años. Tampoco saben, y tampoco tienen por qué saberlo, cuántos fueron. Solo puedo comentar, a manera de pista, que soy rata de agua según el calendario chino, cabra según el occidental y guayaba según la sabiduría generacional de Andrés López, en La Pelota de Letras. Igual esto no explica cuántos fueron.

¿Un dato adicional? Soy una especie de 'Grinch' de los cumpleaños, a los que, como aceituna del pastel, también se les dice “onomásticos”. Detesto esa palabra. También las aceitunas. Estoy seguro que Benjamín Franklin era de mi clan, porque no hay otra manera de explicar que no haya incluido “onomástico” en su sentencia de las cosas inevitables en la vida. Son fieros, estresantes e incómodos. Fieros porque sientes cómo te vas volviendo inexorablemente más sabio y, a la vez, como que la vida se escapa y todavía no has tenido un árbol, escrito un hijo y plantado un libro, ¿o cómo era? Son estresantes, porque no sabes si alguien, más allá de los recordatorios de redes sociales o de las nóminas laborales, realmente sabe que ese que va caminando por ahí es un cumpleañero hoy (están disculpados los que tenemos memoria de mosquito para archivar datos). E incómodos porque, en tiempos de hiperconectividad y claves de acceso al por mayor y menor, la información ultra secreta de tu día especial está embanderada a todo lo largo y ancho de la superautopista de la información, lo que acarrea decenas de sospechosos mensajes sin emoción: “Feliz cumpleaños”, acaso acompañado con la otra palabra a nivel de aceituna: “pana”; o diplomáticos: “Que tengas un gran día”; o clichés: “Feliz nueva vuelta al sol”; perezosos: “Abrazo, pana” (¡pana!); sinvergüenzas: “Era que avises”, etc. 

Pero, bueno. Por suerte dura apenas 24 horas de grinchismo, a los que se debe restar ocho de sueño, dos de procrastinación, dos de trancones en el tráfico, dos de revisión de redes sociales, tres de banquetes cumpleañeros (de esto no me quejo), dos para las tareas del hogar, una hora de ejercicio y otra para distintos menesteres, más esenciales que no esenciales, como la limpieza individual y la salud mental y espiritual. Total sobrante: tres horas, en las que realmente, además de refunfuñar por el onomástico, lo justo y necesario es elaborar un plan para resolver la tortura anual de declaración y pago de impuestos. 

¡Qué tarea más desgastante! Palabrita que varias veces intenté por mi cuenta hacer una declaración exitosa, antes mensual, hoy semestral, porque pertenezco al RISE, que ahora es RIMPE. Y fracasé estrepitosamente. Términos inentendibles, cálculos que no cuadran, búsqueda de sabueso y clasificación de aquellas facturas de alimentación, salud, vivienda, educación y vestimenta que todavía no son electrónicas, incorporación de porcentajes de retenciones que solo empeoran el panorama. Ufffffff. Ni con tutoriales. He visto cada paso a paso que me han recomendado y nada. No hay forma de que me amalgame con toda esa información. Más o menos, como diría el susodicho Andrés López, “eso es otro piso térmico”.

Pero como siempre hay salida a los túneles, para estos menesteres, me armé de entusiasmo y me propuse contratar un servicio de contabilidad que aliviara mis jaquecas tributarias. El dolor de cabeza aumentó. Fracasé estrepitosamente capítulo dos, ya que me asesoraron varias veces personas que, autoproclamándose expertas en el tema, cometieron errores y me hicieron perder dinero. De este hecho solo me pude percatar tiempo después, es decir, en la actualidad, es decir, cuando soy cumpleañero, porque mi actual contadora, un ángel de Dios, pudo resolver esta maldición de Franklin. ¿Qué haría sin la Fabiolita? Probablemente ya habría considerado tomar un turno para la otra cosa inevitable en esta vida. ¡Cheers! (I)

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