Bryant Wright nació en Guayaquil en 1986, aunque su vida familiar transcurrió principalmente en Quito. La figura de su abuelo Tommy fue en todos los sentidos un mentor que moldeó silenciosamente la brújula que guiaría su camino. “Siempre me repetía que la familia es primero, que nada llega fácil, que todo cuesta”. Bryan asegura que esas palabras lo han acompañado en cada transición, cuando cambió de país, cuando no lo aceptaron en la universidad o cuando tomó decisiones profesionales con más riesgo que certezas.
A los nueve años, su vida dio un primer giro importante. Se mudaron a Miami, Estados Unidos, por una oportunidad profesional de su padre. La transición, lejos de convertirse en un obstáculo, se transformó en una oportunidad. El inglés llegó con naturalidad y el deporte afinó su disciplina, y fue el puente para adaptarse rápido.
Su historia, sin embargo, es la de alguien que aprendió temprano que las oportunidades no suelen aparecer solas. Hoy es parte de Raymond James, firma que administra y custodia cerca de US$ 1.73 trillones en activos de clientes activos, con 8.900 asesores financieros y 151 trimestres consecutivos de resultados positivos. Dentro de este universo, Bryant administra 36 relaciones patrimoniales con clientes en Ecuador, Panamá, Colombia y EE. UU., en un portafolio de US$ 411,5 millones. Llegar allí fue cualquier cosa menos lineal.
El primer gran no
Al terminar el colegio, tenía una meta clara: estudiar en Bapson College, referencia global en emprendimiento. Sin embargo, sus notas no alcanzaban los estándares de admisión. Ese fue su primer ‘no’ significativo, pero también una lección de resiliencia.
En lugar de rendirse, apretó el acelerador a fondo. Diseño un plan estratégico. Utilizó el fútbol para abrir puertas, fortaleció relaciones, mejoró sus calificaciones en tiempo récord y lo consiguió. “Si me pongo una meta, la consigo, y eso es algo clave en mi personalidad”.
En Babson, aprendió el rigor empresarial, la lógica del riesgo y la importancia de la planificación. Su primera lección personal ocurrió cuando perdió gran parte de sus ahorros invertidos en acciones. “Tenía US$ 20.000 en mi cuenta de E-Trade, me golpeó durísimo. Entendí que hay que cuidar lo que uno consigue con esfuerzo”. Se graduó en 2008 con énfasis en emprendimiento y finanzas. El mundo que lo esperaba afuera estaba colapsado.
Empezar en el peor año posible
En 2008, el mundo financiero se desplomaba por la caída de Lehman Brothers. El mercado inmobiliario cayó en picada y grandes bancos se derrumbaban como fichas de dominó.
Sin duda, fue el peor momento para empezar. Su primera oportunidad profesional llegó en Legg Manson, una gestora de fondos mutuos. Fue el último en entrar y el primero en salir. Eso, en lugar de desanimarlo, lo impulsó.
Seis meses después pasó a Scandian Global Funds, como internal wholesaler. Allí obtuvo sus licencias regulatorias, construyó sus primeros cimientos y entendió la sicología detrás del dinero. Su función era comunicarse con asesores financieros y ofrecerles los servicios que tenían; comprendió el valor de construir confianza desde cero. “Aprendí algo esencial: un asesor financiero no vende productos, construye relaciones”.
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El siguiente paso fue en UBS International Wealth Management. Empezó como analista, una posición de arquitectura financiera. Aquí tuvo que analizar sectores, construir reportes, identificar oportunidades, estudiar modelos, traducir riesgos, preparar presentaciones y apoyar a analistas senior. Esta etapa lo formó, aprendió a traducir la complejidad financiera en un lenguaje sencillo, a leer comportamientos, tensiones, ambiciones y miedos. Fueron dos años de formación intensa, pero él quería ir más allá. Sintió que el rol le quedaba pequeño. Renunciar fue un paso estratégico en su carrera.
En esta búsqueda llegó a Morgan Stanley. Entró al programa Financial Advisor Associate, una academia intensiva de tres años diseñada para formar asesores capaces de manejar clientes con excelencia.
El salto que definió su carrera
Bryant asegura que sus primeros años se miden en horas, no en resultados. Horas llamando a potenciales clientes; horas estudiando mercados, escuchando historias de vida; horas construyendo confianza. Esta constancia y perseverancia rindió sus frutos. Cinco años después manejaba una cartera de US$ 300 millones. En 2018 fue reconocido como uno de los mejores asesores menores de 40 años en Estados Unidos. Fue incluido dentro del listado F Next Generation Financial Advisor, de Forbes. “Este negocio es difícil. La gente te entrega su patrimonio, su historia, sus miedos y uno debe demostrarles que pueden confiar, sin importar la hora ni el día”.
Morgan Stanley fue su casa hasta 2023. Los mínimos de entrada entre US$ 5 millones y US$ 10 millones, se volvieron una barrera que dejaba fuera a muchas familias latinoamericanos y él quería tener relaciones profundas con sus raíces. “Sentí que eso limitaba mi crecimiento y el tipo de relaciones que quería construir. Como ecuatoriano, mi país está entre mis prioridades”. Volvió a renunciar.
El riesgo de volver a empezar
Trabajador incansable y de metas claras, tomó una decisión poco común en este sector. Cambiar de firma en el mundo financiero es una apuesta, porque nadie garantiza que los clientes y el portafolio seguirán con él. Raymond James le abrió las puertas. Este profesional sabía que el movimiento tenía un riesgo enorme. Al final, la mayoría de sus clientes decidió acompañarlo y le entregaron un voto de confianza, que él valora inmensamente.
El eje de su equilibrio
Su día comienza a las 04:40 a.m., cuando la ciudad todavía está en silencio. Hace una hora y media de crossfit; luego es papá a tiempo completo: prepara desayunos, mochilas, y se despide de su esposa e hijos. A las 09:00 en punto está en la oficina. Como Managing director, especializado en clientes internacionales, su agenda combina monitorio de portafolios, reuniones con clientes, análisis macroeconómicos, adopción de estrategias y seguimiento de operaciones.
Hoy, dentro de esta firma que gestiona US$ 1,73 trillones en activos de clientes, con ingresos de US$ 14 billones y 8.900 asesores financieros. Este ecuatoriano lidera un portafolio valorado en US$ 411,500 millones, distribuidos en 36 relaciones patrimoniales, especialmente en Ecuador, Panamá, Colombia y EE.UU. El monto mínimo para tener una cuenta en este banco es de US$ 2 millones. “Un portafolio debe tener una base segura y una parte que capture oportunidades, pero sin poner en peligro el patrimonio familiar”.
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Persistente y planificador, no cree en las ganancias aceleradas ni en los riesgos innecesarios. “La mayoría quiere el mayor rendimiento con el menor riesgo… y eso no existe”. Su estrategia son inversiones seguras y estables en fondos diversificados para evitar sobresaltos innecesarios. “Cuando alguien te entrega su patrimonio, te entrega su vida, y mi responsabilidad es no defraudarlos”.
El recorrido de Bryan Wrigth implica visión, disciplina y resultados. No le mueven los números, sino los principios. Su vida es una combinación de constancia, trabajo, estrategia y una convicción heredada de su abuelo. (I)