Luis Fernando Romero fue audaz cuando un amigo le propuso comenzar un nuevo emprendimiento. La idea era importar motores y montarlos en máquinas que procesan el gas de los pozos petroleros y lo convierten en luz.
Durante su carrera en el sector de hidrocarburífero, su asociado había identificado un problema. "Se dio cuenta de que todo el gas de los pozos petroleros se estaba desperdiciando", explica Romero, gerente general de Smart Energy. "Juntos pensamos que había una mejor manera de aprovecharlo y convertirlo en algo positivo".
La iniciativa les iba a resultar cara. Traer e instalar solo una máquina les iba a costar US$ 2 millones de entrada y no existía ninguna garantía del retorno a su inversión. El mercado de estos motores era inexplorado y no contaban con ningún cliente concreto.
Además, Romero ya tenía un trabajo estable, como CEO de Úsame-Innovatech, una empresa de tercerización de servicios que estaba facturando aproximadamente US$ 1 millón en 2023, cuando a su socio se le prendió el foco.
Antes de fundar su empresa este quiteño había estado en el mundo de los seguros por 26 años. Su primer trabajo lo había encontrado en 1994 vendiendo celulares. En ese trayecto entró a la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), donde se graduó en 1999 con un título en economía.
Finalmente pasó al campo de servicios y se lanzó a abrir su propia compañía que le daba ingresos continuos.
Sin embargo, aunque fuera osado, al ejecutivo le entusiasmaba este nuevo emprendimiento por su naturaleza verde y funcional. "Nuestra meta es crear una economía circular para las petroleras", explica Romero, ahora de 50 años. "Si podemos utilizar un desperdicio tóxico para crear un sistema autosustentable lo vamos a hacer, aunque a veces no sea el negocio más lucrativo del mundo".
Actualmente, la empresa opera cuatro máquinas, emplea a 22 trabajadores y en 2025 facturó US$ 1,8 millones, según la Superintendencia de Compañías, Valores y Seguros. Pero el camino no ha sido fácil. Tuvo que enfrentar costos altos de operación, largos tiempos de espera y el escepticismo del propio mercado petrolero.
"Ser emprendedor es durísimo. Eternamente debes decidir entre pagar la luz de tu casa o la de tu oficina", cuenta el ejecutivo en una entrevista con Forbes Ecuador. "Al inicio es difícil pero hay que luchar para sacar las ideas que valen la pena adelante".
Apagando el mechero
Montar el emprendimiento fue rápido, así lo recuerda Luis Fernando Romero. El mismo año que su socio le propuso la idea (2023), lograron establecerse como empresa y conseguir su primer cliente. Pero el proceso, que transcurrió en tan solo un año, estuvo lleno de altibajos.
El primer paso que dieron para conseguir estos motores fue contactarse con Arcolands, la empresa proveedora, en el valle de Los Chillos, en el oriente de Quito, que trabajaba con la marca estadounidense Waukesha.
Usualmente adquirir un motor toma entre 90 y 120 días. Sin embargo, los fundadores de Smart Energy pudieron saltarse este proceso porque la proveedora tenía uno en stock.
Para financiarlo, Romero y su compañero decidieron involucrar a otros dos socios y entre los cuatro lograron levantar una inversión inicial de US$ 1,2 millones. Se endeudaron para pagar el primer motor.
Pero cuando lo tenían en sus manos, les tocaba la parte más difícil. Debían hacer tres cosas: establecer formalmente la empresa, encontrar clientes y armar una máquina que se adapte al clima ecuatoriano.
Se establecieron como empresa el 7 de febrero de 2023. Días después firmaron un contrato de tres meses con una petrolera privada. Pero, no fue hasta mayo de ese año que lograron instalar su primera máquina.
Ensamblar les tomó tiempo. En una pequeña planta en el valle Los Chillos seis ingenieros y cinco empleados se dedicaron a armar los dispositivos. El proceso es el siguiente: dentro de un contenedor, que compran en Ecuador, colocan el motor junto a otras 40 piezas que incluye el tablero de control, el transformador interno y otras. Todo con el fin de que la estructura sea móvil.
Para instalarlo, un lado del contenedor se debe conectar al mechero y el otro se enchufa a un cable para surtir la energía. Uno de estos equipos absorbe 240.000 pies cúbicos de gas asociado al día y produce aproximadamente 7.000 megavatios por año. Esta energía se redirige hacia las operaciones de las petroleras. Actualmente, sus dos máquinas se encuentran operando en Sucumbíos y Orellana.
Este proceso, que ahora es estándar, les tomó cinco meses. Y los ingresos se demoraron en llegar. "Como las máquinas eran nuevas, nuestro cliente quería cerciorarse de que funcionaran, fueran estables y constantes", cuenta el ejecutivo. Accedieron a un periodo de prueba de tres meses durante los cuales no facturaron nada.
Cuando el testeo terminó, el cliente -una petrolera privada- decidió firmar otro contrato pero esta vez de seis meses. Ahora le rentan dos máquinas por las que pagan US$ 55.000 al mes.
La inversión semilla
Aunque concretar su primera venta fue un gran éxito, la pyme todavía tenía que encontrar una manera de pagar las deudas que le habían dejado estas primeras incursiones.
Fueron tocando puertas en los bancos para conseguir un préstamo hasta que llegaron a Produbanco. "Tomó mucho esfuerzo por parte de mi equipo", cuenta Romero.
Los emprendedores de Smart Energy tuvieron que pasar por varias rondas de exposición ante diferentes ramas del banco, que finalmente le extendió un préstamo por ser una línea verde. El desafío fue demostrar la novedad de su producto.
"No fue fácil conseguir el financiamiento porque era un negocio totalmente nuevo y nada común", dice Romero. "Tuvimos que explicar cuál era el giro de negocio y porque era algo positivo".
Finalmente en junio de 2023, el banco accedió a darles una inversión semilla de US$ 3,6 millones en dos líneas de crédito por cinco años, destinado para pagar sus deudas e instalar otras máquinas.
Actualmente, la empresa tiene dos clientes, para 2028 su meta es tener 12 máquinas instaladas. (I)