Cuando Lady Diana Spencer murió en París el 31 de agosto de 1997, a los 36 años, millones de personas sintieron que habían perdido a alguien cercano. Veintinueve años después, su historia sigue conmoviendo porque detrás del brillo de la realeza quedó al descubierto el fracaso de un cuento de hadas y una búsqueda personal que apenas comenzaba.
Yo estaba en octavo grado, el curso previo al inicio de la escuela secundaria en Estados Unidos, cuando Diana se casó con el príncipe Carlos. Algunas chicas de mi equipo escolar de sóftbol se quedaron a dormir en casa porque teníamos un televisor grande, algo que no era habitual en 1981.
Mi mamá nos despertó cerca de las cinco de la mañana para que pudiéramos ver la boda en vivo desde Londres. Preparó té, scones, sándwiches y cosas dulces. Nos reunimos alrededor del televisor, entre el sueño y la emoción, mientras esperábamos la aparición del príncipe, del carruaje y de aquella joven con un enorme vestido de color marfil.
No había smartphones, redes sociales ni plataformas que permitieran volver a ver la ceremonia más tarde. Solo estaban la televisión y esa experiencia compartida de ver cómo un cuento de hadas parecía convertirse en realidad ante nuestros ojos. Y creíamos en ese final feliz.
Las chicas de mi generación crecieron con Cenicienta, La Bella Durmiente y Blancanieves. Esas historias nos enseñaban que una joven hermosa atravesaba toda clase de dificultades hasta que aparecía un príncipe, reconocía su valor y la llevaba hacia una vida mejor.

El matrimonio y la maternidad aparecían como el destino final. Siguen siendo aspiraciones valiosas y hermosas, pero a muchas nos enseñaron a encontrar al príncipe antes que a encontrarnos a nosotras mismas. Dieciséis años después, aquella promesa terminó trágicamente en un túnel de París.
El duelo que atravesó al mundo
Para entonces, yo era una joven abogada de una comisión investigadora que trabajaba en el Capitolio de Estados Unidos. Mi mamá, la misma que había preparado aquella reunión frente al televisor, estaba otra vez conmigo. Junto con varios colegas y amigos, caminamos hasta la Embajada británica, en la avenida Massachusetts, en Washington, para firmar los libros de condolencias.
Si no recuerdo mal, esperamos en la fila durante casi cinco horas. La cantidad de gente parecía interminable, pero todos se mostraban pacientes y amables. Algunos hablaban en voz baja, otros permanecían en silencio y muchos lloraban sin ocultarlo. No había apuro ni irritación entre las miles de personas que llevaban horas esperando, solo tristeza.
En 1997, una reacción colectiva de esa magnitud obligaba a la gente a salir de sus casas y oficinas para reunirse en un mismo lugar. Las calles, los palacios y las embajadas se convirtieron en espacios para despedir a Diana y compartir el dolor.
Más de 60 millones de flores cubrieron las puertas del Palacio de Kensington. Los libros de condolencias se llenaron de nombres y mensajes, mientras las multitudes se congregaban en todo el Reino Unido y frente a las embajadas británicas en distintos países. La reina Isabel II habló ante la nación y, según estimaciones, 2.500 millones de personas vieron el funeral de Diana.
Cuando recuerdo aquella semana, entiendo que llorábamos algo más que la muerte de una princesa joven y querida. También despedíamos la promesa que Diana había representado para las chicas de mi generación. Un príncipe eligió a una joven hermosa, la llevó a un palacio, tuvo con ella dos hijos y todo parecía estar preparado para que vivieran felices para siempre.

Pero el príncipe no la rescató y el palacio no la protegió. La belleza, la riqueza, la maternidad, la admiración pública y uno de los títulos más famosos del mundo tampoco le garantizaron amor, seguridad ni felicidad.
Esa certeza resultó devastadora, aunque también dejó una enseñanza que conserva toda su fuerza para las jóvenes que no vivieron la época de Diana. Podría resumirse en una frase sencilla: encontrate a vos misma antes de encontrar a tu príncipe. Eso no significa dejar de creer en el amor, sino dejar de esperar que una relación haga el trabajo que nos corresponde a nosotras.
Su divorcio había terminado apenas un año antes de su muerte. Diana empezaba una nueva etapa, descubría el alcance de su influencia fuera de la monarquía e intentaba construir una vida que no dependiera de ser la esposa del futuro rey. Todavía buscaba el amor y trataba de descubrir quién era cuando ya no tenía el título de "Su Alteza Real". El problema no era ese deseo, sino que le habían enseñado, como a tantas otras chicas, a buscar su valor en ser elegida antes de poder encontrarlo en sí misma.
El valor propio frente a las expectativas ajenas
Diana se convirtió en una de las mujeres más famosas del planeta cuando todavía era muy joven. El mundo le asignó un valor casi de un día para el otro porque era hermosa, aristócrata y considerada adecuada para el papel que la Corona necesitaba cubrir. Podía darle a la monarquía un heredero y un segundo hijo que asegurara la línea de sucesión. Sin embargo, que alguien sea valorado por el papel que puede desempeñar no significa que sea conocido por la persona que realmente es.
Las jóvenes de hoy reciben sus propias versiones de esos mensajes. Se espera que sean lindas sin intimidar, exitosas sin parecer demasiado ambiciosas, deseables sin volverse exigentes y capaces de construir una carrera, formar una familia y hacer que todo parezca sencillo.

Antes de que el mundo te diga qué te hace valiosa, decidilo vos misma. Conocé tu carácter, tus talentos, tus límites y tus convicciones. Definí aquello a lo que no vas a renunciar por una relación, un título, una institución o la aprobación de quienes se benefician de tu silencio.
El valor propio tiene que apoyarse en algo más profundo que en el hecho de haber sido elegida. Diana tuvo acceso a palacios, joyas, fama mundial y uno de los títulos más reconocidos del planeta, pero durante gran parte de su vida en la realeza ejerció muy poco control sobre su propia historia.
Un título puede darle estatus a una mujer sin otorgarle autonomía. La riqueza puede brindar comodidad sin garantizar la libertad, y la admiración pública puede convivir con una profunda soledad. El verdadero poder comienza con la capacidad de tomar decisiones sobre la propia vida.
Esa es una de las grandes diferencias entre Diana y las mujeres de la familia real que llegaron después. La princesa Catherine y la duquesa Meghan ingresaron a la realeza como adultas, con estudios universitarios, experiencia de vida y trayectorias construidas fuera del palacio. Esta última ya era millonaria por sus propios medios a los 36 años cuando se casó con Harry, la misma edad que tenía Diana al morir. Cuando la vida dentro de la institución se volvió insostenible, ella y el príncipe pudieron encontrar un camino fuera de ella.
La lección no es que toda mujer deba abandonar su matrimonio ni rechazar las instituciones. Es que ninguna debería ingresar en ellas sin saber que tiene voz, opciones y una vida propia más allá del lugar que ocupa.
Un amor que no borre quiénes somos
Una relación sana no debería rescatar a nadie de sí mismo, sino permitir que dos personas plenas construyan una vida juntas. El matrimonio y la maternidad son aspiraciones hermosas, al igual que un trabajo con sentido, la amistad, el servicio a los demás, la creatividad, la fe y la búsqueda de un propósito.

Una vida plena puede incluir todas esas cosas o solo algunas porque no existe una única fórmula para ser mujer. Un hombre puede amar, apoyar y acompañar, pero no puede darle a otra persona un propósito ni un sentido de su propio valor que ella todavía no haya empezado a construir.
Las mujeres no necesitan menos amor. Necesitan uno que no les exija renunciar a quienes son. Diana empezaba a comprenderlo cuando terminó su matrimonio y decidió aprovechar su enorme visibilidad para apoyar causas que reflejaban su sensibilidad hacia los demás.
Desafió el estigma que rodeaba al VIH y al sida, atravesó un campo minado en Angola y sostuvo en brazos a bebés enfermos en un hospital de Harlem. También se acercó a personas que quienes ocupaban posiciones de poder muchas veces preferían ignorar. La monarquía le dio a Diana una enorme visibilidad, pero fue su humanidad la que le dio sentido a esa exposición pública. Su nueva etapa apenas había comenzado y, trágicamente, no vivió lo suficiente como para completarla.
*Esta nota fue publicada originalmente en Forbes.com.