David Paredes Periodista
Antes de salir de su cocina para conversar con Forbes Ecuador, Sebastián Montalvo da las últimas indicaciones a sus tres asistentes. Necesita que los platos estén listos a las 19:00, porque a esa hora llegarán los comensales que están hospedados en Minga Lodge, el resort de lujo a orillas del Río Napo en el que trabaja hace 10 años. Sus comensales tuvieron una larga jornada de actividades y siente que su comida es la forma de reactivarlos, de mimarlos.
Se coloca su chaqueta filipina, ajusta sus lentes y, con una mirada, advierte a su equipo que estará ocupado. Se relaja y nos narra su historia al frente de los fogones, que tiene más de una década e inició a 379 kilómetros de la provincia de Napo.
Sebastián es el segundo de tres hermanos y quien más se involucró en la preparación de alimentos para ayudar a su madre. Desde niño se enamoró de las texturas, de los aromas y sabores que se producían cuando combinaba ingredientes. Para él, era ese primer laboratorio para descubrir, pero sobre todo para conectar.
“Siempre le ayudé a mi madre en la cocina y ahí nació ese gusto por la comida. Por eso, cuando terminé el colegio mi sueño era estudiar gastronomía”. Su madre fue su primera maestra, pero también la primera en oponerse a que siguiera esa carrera. “Nunca quiso que fuera chef. Me decía que no quería un hijo cocinero. Que lo hiciera como hobby y no como una carrera. Que de eso no iba a vivir”. Su padre pensaba igual.
Al final, les hizo caso. Ingresó a la Escuela Politécnica del Ejército (ESPE) para estudiar Ingeniería mecánica. “Opté por esa carrera porque me gustan las matemáticas y la física, pero con el tiempo me di cuenta de que no era lo mío. Solo estuve un semestre y perdí dos materias. Iba a clases, pero no disfrutaba”.
Después de una larga charla con sus hermanos, tomó la decisión de enfrentar sus miedos. Replanteó su idea de estudiar gastronomía. Su madre nuevamente puso “el grito en el cielo”, pero su padre lo apoyó más por su insistencia que por su convencimiento.
Finalmente ingresó a la Universidad Tecnológica Equinoccial (UTE), que era una de las pocas universidades en Quito que tenía la carrera. En su primer semestre se exoneró en algunas materias. Solo ahí su madre entendió que en verdad su hijo disfrutaba esa profesión y lo veía como una fuente de ingresos.
Su gran oportunidad
Uno de sus profesores lo invitó a hacer pasantías en el Hilton Colón. Para él, entrar a ese hotel era la oportunidad de su vida. “En Quito, a finales de los noventa, entrar al Sheraton, Hotel Quito o al Hilton Colón era lo máximo. No cualquiera lo lograba, porque estar ahí era estatus para los chef, era donde todos querían trabajar”.
Empezó sus pasantías en la cocina general, pero a pocas semanas se abrió una vacante en el área de pastelería. Ahí empezó como aprendiz y terminó siendo pastelero. En ese cargo estuvo 10 años hasta que un colega y amigo lo invitó a trabajar en Galápagos.
“Me dijo que había una posibilidad de trabajar como chef ejecutivo en un crucero. Tuve miedo, porque mi experiencia era en pastelería, pero él me convenció y apostó por mi talento. Me dijo que como pastelero iba a estar siempre por debajo del chef ejecutivo y que esta era mi oportunidad de crecer”.
Nunca llegó al crucero. Cuando estaba en las pruebas y en los trámites para entrar a su nuevo trabajo, su amigo lo llamó y le planteó un cambio de planes. Ya no estaría en alta mar, sino en un hotel en Santa Cruz. “Me gusta la cocina en general y tenía conocimiento de costos. No fue problema trabajar en el hotel”, dice.
Su trabajo implicaba una modalidad 6-2. Es decir, seis semanas full time en la isla y dos semanas libres en el continente. Para esa época ya estaba casado y su primer hijo había nacido. Cada vez asumía más responsabilidades que le obligaban a cambiar sus planes. “Ya no salía las dos semanas que tenía libre. Me quedaba en el hotel trabajando de largo”.
Dejar tanto tiempo a su familia significaba para él un sacrificio. Además, la posibilidad de llevarlos a vivir a Galápagos no era rentable.
Una cocina con propósito
En 2015, cinco años después de trabajar en el archipiélago, Sebastián decidió cerrar ese capítulo en su vida y volver a casa. Necesitaba reconectarse con su familia. Su idea era encontrar trabajo en Quito, pero su búsqueda lo llevó al Oriente donde tenía una oferta para una empresa de catering que trabaja con una empresa petrolera.
A tres días de viajar para unirse a su nuevo trabajo recibió una llamada que le cambió la perspectiva. Al otro lado de la línea estaba Sabine Polit, gerente de recursos humanos de Legacy +, la empresa que administra Minga Lodge, que facturó US$ 2,5 millones en 2025, según la Superintendencia de Compañías, Valores y Seguros.
Hospedarse en esa lujosa instalación puede costar para ecuatorianos entre US$ 650 y para extranjeros hasta US$ 2.500. Este lodge reúne confort, wellness y un proyecto social de conservación y rescate animal. Antes de 2020, cuando este recinto tenía otro enfoque, recibía grupos de hasta 200 personas, entre voluntarios, turistas y donadores de la fundación que también es parte de la organización.
“Todavía no sé cómo obtuvieron mi hoja de vida o mi contacto. Estaba listo para unirme a la empresa de catering y Sabine solo me dijo que necesitaban un chef ejecutivo y que querían reunirse conmigo para presentarme la oferta”, recuerda el quiteño de 46 años.
Montalvo, un tanto incrédulo, se reunió con Polit para escuchar su oferta. Eran mejores condiciones y mejor salario Declinó la oferta de la firma de catering y se vinculó a Legacy +.
Ya pasaron 10 años. Actualmente maneja un equipo de tres personas. Sus fogones están en un lujoso lodge y a pocos metros tiene una vista panorámica del Río Napo.
En Minga Lodge encontró un propósito. Ya no solo era el cocinero del hotel, sino que formaba parte del proyecto de desarrollo de la zona. Desde 2021 imparte clases de cocina a las mujeres de la comunidad de Chontapunta.
“Camila Torres, la encargada de la reserva y conservación animal de Minga Lodge me explicó la realidad nutricional de los niños de la zona. Me contó que su alimentación se basa en la yuca y el verde. Hay muchos productos que nacen en esta tierra y no son utilizados”.
Sebastián arma talleres. Enseña a las madres de familia a preparar platillos con los ingredientes que tienen a la mano. Demuestra que la yuca no solo sirve para la chicha, sino para hacer tortillas y caldos. Que el verde se lo puede comer en otras presentaciones y sobre todo que pueden usar productos amazónicos considerados superfoods que nacen en sus tierras (chonta, cacao, palmito…).
Pero el verdadero reto de Sebastián en Minga Lodge es combinar los sabores ancestrales de la Amazonía y los productos de vanguardia. Su gastronomía no busca ser pretenciosa, apunta a una experiencia sensorial con una narrativa sencilla, pero sentida.
A 15 minutos del Lodge, en un viaje en canoa, está una granja de Superfoods donde cosecha parte de los ingredientes que utiliza. Trata de rescatar sabores y entregar a sus comensales texturas y experiencia.
Esto hizo que la compañía lo eligiera para viajar al menos dos veces al año a Kenia. En ese país africano capacita a los cocineros del también lujoso resort Tribal Sands, que tiene instalaciones en Masai Mara, cerca de la sabana, y un complejo exclusivo en las playas de Kilifi, en la costa del océano Índico.
“Desde 2024 viajo al África al menos dos veces al año. La primera vez me quedé un mes y medio para capacitar a los chicos del complejo de Masai Mara y de la casa de la playa de Kilifi. Les enseñé nuestras recetas que pueden hacer con productos que también se cultivan y cosechan allá como el plátano verde y otras especialidades como el seco de chivo”.
Chef de famosos
En uno de sus viajes al país africano cocinó para una celebridad del mundo Youtube. “Me mandaron a Kenia porque Mr. Beast estaba allá construyendo unas aulas. Fui exclusivamente a cocinar para él”.
El youtuber estadounidense tiene 87,2 millones de seguidores en Instagram y más de 500 millones de suscriptores en YouTube. A pesar de su fama, Sebastián lo califica como una persona sencilla y que cuida de su alimentación.
“Mr. Beast no es una persona muy asequible para una foto. En el desayuno él comía huevos y tocino. En el almuerzo y en la cena se servía una proteína como carne, pollo o pescado con arroz, papas o camote. Pero su equipo, que es grande, teníamos una línea de buffet con varias propuestas”, recuerda.
También cocinó para el equipo, cuando la fundación de Mr.Beast construyó aulas y pozos de agua en la Amazonía ecuatoriana.
Sus viajes a Kenia le permitieron conocer también a la actriz estadounidense y ganadora del Oscar, Natalie Portman, y al activista social Marthin Luther King III y su familia. A diferencia de Mr.Beast, pudo departir con ellos. (I)