Entrar al Teatro Bolívar y sentarse en una de sus 1.000 butacas disponibles es transportarse al pasado. Es una invitación a recordar cómo funcionaba este monumental espacio donde se presentaban óperas, orquestas sinfónicas, obras de teatro y se proyectaban películas antes de su trágico incendio, en 1999.
Este gigante de 4.800 metros cuadrados se niega a bajar el telón. Desde su inauguración en 1933, este escenario se transformó en una de las principales casas de las artes escénicas del país. Además, el edificio es una joya arquitectónica al ser el único teatro de América Latina que tiene el estilo Art Déco, un movimiento artístico en el que se destaca el lujo y la modernidad a través de sus líneas aerodinámicas en su diseño y detalles.
El diseño estuvo a cargo de la firma arquitectónica estadounidense Hoffman y Henon y el encargado de su construcción fue el arquitecto alemán Augusto Ridder. Él también construyó los edificios del Banco Central, hoy el museo Numismático, y del Hospital Eugenio Espejo.
Esta pieza arquitectónica perteneció a la familia Mantilla. Hoy, está bajo la administración de la Fundación Teatro Bolívar, que es presidida desde 2014 por Rosa Victoria Pardo. Es la directora ejecutiva de este organismo que trabaja por recuperar una estructura que en sus 93 años sufre el paso del tiempo y que se recupera del incendio que destruyó el 80 % de su estructura.
“El Teatro era propiedad de la empresa Teatros y Hoteles de Quito y estuvo funcionando maravillosamente hasta 1999, antes del incendio. Hoy, a través de la Fundación, hemos logrado recuperar el 70 % de lo que se destruyó”, asegura Pardo.

Esta ejecutiva se convirtió hace 12 años en la guardiana del lugar. Asegura que desde que iniciaron los primeros trabajos de restauración, en 2002, se invirtieron US$ 5 millones. Un monto que fue conseguido gracias al apoyo de la empresa privada, donaciones de organismos internacionales y municipales como el Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural (Fonsal).
Cada detalle del interior y exterior del teatro restaurado cumple con las normas y requerimientos que exige el Instituto Nacional de Patrimonio. En esta estructura no se pinta una pared si no se cumple con la paleta de color autorizada que tenía esa pieza antes del incendio.
“Al ser este un edificio totalmente patrimonial, significa que lo tenemos que reconstruir exactamente como era el original. No podemos hacer cambios de ninguna clase. Por eso su reconstrucción es muy lenta y costosa”, aclara Pardo.
Por ejemplo, restaurar una de las columnas que están cerca del escenario puede tardar hasta seis meses, porque se requiere la autorización de la paleta de color y que los detalles de las formas y grabados se creen en moldes que debe ser fieles al diseño original. Esto implica un gasto de US$ 3.500 por metro cuadrado intervenido.
La complejidad de su operación
Mantener viva la operación del teatro se transformó en otro de los retos de la Fundación. De sus 2.400 butacas originales, solo 1.000 están disponibles y las otras 1.400 están en proceso de restauración. Es decir que para grandes obras no se puede utilizar todo el aforo. Según Pardo, para sostenerlo mensualmente se necesitan entre US$ 10.000 y US$ 15.000 y un equipo de 60 personas, entre administrativos y operadores. Solo en impuestos, sus actuales administradores pagan US$ 50.000 anuales.
“El teatro tiene que producir alrededor de US$ 2 millones al año para autoabastecerse y continuar su reconstrucción. A veces se logra, a veces no alcanzamos al monto”, confiesa. Con este fin se producen cuatro obras al año que buscan recaudar parte de los fondos para continuar con la restauración.
En su escenario, cada vez son menos obras de gran envergadura que se producen. El Teatro Bolívar vive del alquiler del espacio para conciertos de música popular, eventos corporativos, graduaciones de colegios y obras pequeñas que apuestan por estar en el icónico edificio.
Alquilarlo por dos horas tiene un costo de US$ 4.800. Este valor incluye un día de montaje y todo el equipo técnico y humano necesario para operarlo. Esto abarca sonidistas, tramoyistas, iluminadores, jefes de piso y personal de puertas y acomodación.
Que suenen las notas de paz
Rosa Pardo está trabajando en otra reconstrucción mucho más profunda que la que se ve con los ojos. Es la que se siente en el alma. Ella quiere devolverle al Teatro Bolívar su propósito original y traer de vuelta esas obras que eran su carta de presentación al mundo, además de su belleza arquitectónica.
“Queremos devolverle a este escenario la posibilidad de tener nuevamente estas artes madres que siempre le caracterizaron. Que las filarmónicas y las óperas, zarzuelas y conciertos sinfónicos vuelvan a estas tablas”, dice Pardo.
En marzo de 2026, la Fundación Teatro Bolívar firmó un convenio con la Fundación Amazon Art, presidida por el chelista y director de orquesta Diego Carneiro. A través de este acuerdo, se busca "devolverle el corazón" y la esencia musical al espacio, vinculándolo con redes internacionales y promoviendo la música como un vehículo de paz y desarrollo social.
“La idea del convenio es abrir puertas a más actividades musicales y transformar vidas a través de la música”, explica Carneiro, quien también se desempeña como embajador de paz por Rotary Internacional. Su gestión permite vincular al teatro con una red global de apoyo, cuyo primer gran hito económico y logístico fue la llegada de una donación de más de 300 instrumentos musicales, además de equipos de grabación y sonido.
"Haber traído esos instrumentos es un éxito y un gran primer paso para que nuevos talentos puedan disfrutar de la música, convertirla en su profesión o, simplemente, tener la oportunidad de desarrollarse como seres humanos. Más allá de esto, el objetivo es vincular a Ecuador con un programa internacional que le dará una visibilidad muy interesante al teatro”, afirma el chelista.
Otro de los proyectos es la creación de una escuela de música, una orquesta sinfónica, grupos de cámara y un coro polifónico. Pardo asegura que a finales de 2026 la estructura estará montada para recibir a los interesados.
El retorno de las megaobras
Este nuevo modelo de gestión también busca sacudir la oferta artística local. Los directivos califican que la actual oferta es un “exceso de propuestas comerciales y de entretenimiento simple”, y que el Teatro Bolívar apuesta por volver a producir espectáculos de gran impacto.
A través de alianzas con Amazon Art y el Quito Ballet and Dance Company, el teatro prepara el montaje de tres grandes obras para este año: El carnaval de los animales de Saint-Saëns, El ballet parisiano de Offenbach y la monumental pieza El pájaro de fuego de Stravinski.
Llevar a cabo producciones de este calibre representa un desafío financiero. Según Pardo, montar cada una de estas obras requiere una inversión que oscila entre los US$ 40.000 y US$ 100.000, un presupuesto que se gestiona mediante la colaboración directa con empresas privadas co-productoras. Con esto, el teatro también busca activar un programa llamado Orquestando equipos, que acerca la dinámica de los músicos a los CEO y directivos empresariales para sensibilizar sobre la responsabilidad social corporativa en el arte.
“El anunciante privado accede a financiar cuando le elevas el nivel y la categoría al producto dramatúrgico o musical”, concluye Pardo. (I)