La cirugía robótica abre las puertas a Esteban Calderón en Estados Unidos
El médico cirujano Esteban Calderón forma parte del equipo de trasplantes de órganos en la Universidad de Carolina del Norte (UNC) en Chapel Hill, Estados Unidos. Su especialidad se desarrolla en un sistema donde los costos promedio pueden llegar a los US$ 1,8 millones.

Desde cuarto curso del colegio, cuando tenía 15 años, Esteban Calderón sabía que quería ser médico. La primera y concreta imagen de que ese era su futuro apareció en Quito. Su tío Julio Calderón, urólogo dedicado al trasplante renal, le invitó a observar una cirugía. Esteban aceptó si dudas ni temores.

“Entré al quirófano y vi llegar un riñón dentro de un paquete de hielo. Luego de observar cómo fue el trasplante me di cuenta que comenzó a cambiar de color a un rosado y para mi sorpresa empezó a funcionar, esto me impactó mucho y dije eso quiero hacer en el futuro”.

No solo quería ser médico, quería ser cirujano y trabajar haciendo trasplantes.

Su infancia transcurrió entre varios países porque su padre era diplomático. Nació en Quito y a las pocas semanas llegó a Checoslovaquia, donde vivió unos tres años. Después regresó a Ecuador y volvió a salir del país. Vivió en Madrid, en Ottawa y en Nueva York. 

Habla español e inglés fluido y entiende y escribe en francés, un idioma que tuvo que aprender cuando llegó a Canadá. “Fue complicado, tuve que hacer un curso intensivo de francés, al principio no entendía nada y cuando ya lo conseguí, a mi papá le trasladaron a Nueva York”.

Cada cambio implicaba abandonar amigos, familiares y rutinas para entrar nuevamente a un lugar donde no conocía a nadie. “Soy introvertido y me cuesta abrirme a las personas. El deporte me ayudaba”.

Era estudioso y siempre tuvo buenas notas, también travieso y curioso. “A los nueve años me rompí la frente jugando en un columpio, todavía tengo la cicatriz”. Además, tiene una quemadura de tercer grado producto de un derrame de agua hirviendo en uno de sus brazos.

Después de graduarse en el colegio Americano, empezó medicina en la Universidad San Francisco de Quito. En primer año aparecieron las dudas y los temores. La mayoría de sus amigos estudiaban business y arrancaban con emprendimientos que les generaban algunos ingresos, mientras que para Esteban el camino era largo y exigente. “Fueron muchas horas de estudios, dos o tres días sin dormir. Sabía que mínimo eran diez años de mi vida sin ganar dinero”.

Por eso pensó seriamente en abandonar el camino. Incluso estuvo cerca de irse a Estados Unidos a estudiar negocios.

Hasta que, en el último momento, algo hizo clic. Se cambió a la Universidad Internacional para empezar de cero.

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A finales del segundo año hizo una rotación voluntaria en el Hospital del Sur Enrique Garcés y comenzó en el área de emergencias. Los turnos empezaban a las cinco de la tarde y podían terminar a la mañana siguiente. Las noches eran impredecibles. “Llegaban pacientes graves, heridos de bala, víctimas de accidentes de tránsito y personas que necesitaban una intervención inmediata”.  No era fácil.

“Muchas veces hacíamos vaca para la anestesia y otros medicamentos”. La situación se repitió cuando hizo su externado en el Hospital del Seguro Social Carlos Andrade Marín. En el sexto año pasó seis meses en el Voz Andes y seis meses en el Metropolitano.

Estas experiencias le permitieron conocer distintas realidades dentro del sistema de salud ecuatoriano. Y también sacar una conclusión que aún mantiene. “El problema en Ecuador no es la calidad de los médicos, sino la insuficiencia de insumos o suministros para tratar a los pacientes”.

Esteban se ofrecía como voluntario para acompañar a médicos que venían a Quito para guiarles por la ciudad. Allí conoció a Jeffrey Drazen, intensivista y neumólogo, quien le dio la oportunidad de hacer una rotación de verano en cirugía torácica, cuidados intensivos y neumología en uno de los hospitales de la Universidad de Harvard. “Me di cuenta que la medicina interna no era lo mío”.

La segunda rotación fue en Columbia, junto al médico ecuatoriano Rodrigo Sandoval. Pasó un mes allí y estuvo presente en unas 50 cirugías.

Durante una semana también fue asistente del cirujano Lloyd Ratn quien  desarrolló la técnica laparoscópica para la extracción del riñón de un donante. Luego de estas experiencias ya no tenía dudas que eso quería hacer por el resto de su vida profesional.

Luego de titularse en 2014 se mudó a Miami. Entró a Kaplan Medical, donde se preparan los médicos extranjeros para rendir los exámenes necesarios para ejercer en Estados Unidos.

Fueron cuatro pruebas que los tomó en año y medio. “Estudiaba diez o más horas al día y, prácticamente, solo descansaba los domingos”.  El ritmo era tan fuerte que decidió empezar a correr entre siete y diez kilómetros diarios para liberar su mente. 

El siguiente paso fueron las aplicaciones para una especialidad. Como médico extranjero aplicó a más de 100 programas, de los cuales diez le entrevistaron. El sistema ofrecía dos posibilidades, una plaza categórica que le garantizaba los cinco años de preparación o una preliminar que le aseguraba un año. Tuvo la posibilidad de entrar en la primera opción, pero cuando lo entrevistaron en Mayo Clinic y le ofrecieron la plaza preliminar, no dudó en aceptar. 

“Me decidí porque era la oportunidad de la vida estar en el hospital número uno de los Estados Unidos”. Finalmente consiguió permanecer allí los cinco años de residencia en cirugía. Entre 2017 y 2022 rotó por distintas áreas en la sede de Arizona, considerada uno de los centros más grande e importante de trasplantes en el mundo.

Aprendió de todo. Sobre liderazgo, organización, extracción de órganos, implantación y evolución de los pacientes.

 “No teníamos horarios, la recolección de un órgano de una persona que ya no podía ser salvada podía ser una tarde o en las madrugadas. Generalmente se trataba de pacientes con muerte cerebral. “Trabajábamos cuatro o cinco equipos simultáneamente, Uno con el corazón, los otros con el páncreas, el hígado y el riñón. Eran varias cirugías simultáneas, sin interferirnos y sobre todo respetando al donante”.  

El objetivo era salvar otras vidas. A sus 23 años, mientras hacía esta residencia también empezó a conocer la parte más difícil de este oficio. La muerte de un paciente en quirófano es algo que nunca se puede olvidar.

“Con el tiempo aprendí que eso hay que guardarlo en un cajón, para seguir adelante con el siguiente enfermo”.  Conseguirlo implicó varias crisis. “Me creí que podía solo, que no necesitaba ayuda de nadie, hasta que viví un bajón anímico del cual me costó salir”.

Cinco años después volvió al proceso de aplicaciones. Esta vez para una subespecialidad. Aplicó a unos 15 programas y entró a Cleveland Clinic en Ohio. “Los dos años fueron brutales. Estaba permanentemente de llamada. Cuatro o cinco días a la semana salía de madrugada, incluso había ocasiones que no dormía”.

Aprendió a realizar trasplantes multiviscerales, es decir intestino, colon y parte del estómago en bloque y en una sola intervención. En estos años conoció la cirugía robótica, de la mano de Mohamed Eltemamy, quien le enseñó a utilizar esa tecnología. Asegura que no solo estaba aprendiendo a realizar trasplantes, sino una nueva forma de hacerlos.

Conseguir una plaza como cirujano de trasplantes en Estados Unidos no es sencillo. Después de Cleveland, Esteban Calderón llegó a la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill, ya como médico cirujano. Allí el desafío ya no era solamente aprender. También era desarrollar. 

Actualmente, con 37 años, trabaja como cirujano de trasplantes. “Con el doctor Lloyd Ratner y su equipo comenzamos a ejercer en programas de cirugía robótica, entre ellos el de donación renal robótica por puerto único. Con una pequeña incisión hacemos el procedimiento para extraer el riñón y por una sola entrada ingresan cuatro brazos robóticos, que una vez dentro se abren como tentáculos. He realizado cuatro cirugías de estas y la quinta está prevista para finales de este mes”.

Su trabajo con robótica incluye además programas relacionados con donantes vivos, trasplantes de hígado, páncreas, procedimientos combinados y pacientes con obesidad severa.

La Universidad de Carolina del Norte cuenta con cuatro robots de múltiples brazos, uno de puerto único y un modelo más moderno, el da Vinci 5 con retroalimentación de fuerza que permite a los cirujanos sentir la resistencia del tejido, aumentando la precisión y seguridad en operaciones delicadas.

Los robots Da Vinci pueden llegar a costar US$ 2 millones cada uno. Los instrumentos que se conectan al robot tienen una vida útil determinada y deben ser reemplazados constantemente.

Calderón calcula que en una cirugía se gastan unos US$ 5.000 en insumos, desde gasas y otros materiales. “La ventaja con esta metodología está en que el robot puede superar los 500 grados de movilidad y trabajar con siete ejes. Mi mano solo tiene 90 grados de movilidad”.

Cada proceso quirúrgico ocurre dentro de un sistema que mueve cifras enormes. Un informe de Milliman, una firma global de consultoría actuarial y de gestión de riesgos, publicado en 2025, estimó en US$446.800 los cargos facturados promedio asociados a un trasplante renal en Estados Unidos.

Para uno de hígado, el promedio llega a US$1 millón y para un trasplante combinado de hígado y riñón, a US$1,8 millones. No son montos que necesariamente pague el paciente ni ingresos netos del hospital. Son cargos facturados estimados que incorporan distintas etapas del proceso.

En 2024 se realizaron más de 27.000 trasplantes renales en Estados Unidos.

En su trabajo Esteban puede llegar a participar hasta en siete trasplantes renales por semana y entre uno y tres de hígado.

Considera importante fomentar la donación de órganos en América Latina, Asia y Europa y construir la infraestructura necesaria para aprovechar al máximo esta nueva modalidad para salvar vidas.

Está casado, padre de un hijo y otro viene en camino, sigue corriendo para desestresarse y desde hace un año y medio trabaja con un terapeuta ecuatoriano que le ayuda a procesar momentos complejos como cuando un paciente no acepta el trasplante, se presentan dificultades o fallece en el proceso. Situación que cómo el mismo dice eso nunca se puede olvidar.

Para terminar, asegura que encontró su camino. Ahora no quiere solo operar. Quiere desarrollar programas, formar otros cirujanos y conseguir que la cirugía robótica se vuelva cada vez más común para ayudar a salvar más vidas. (I)