A Estefi Wright nunca le gustó quedarse quieta. Habla rápido, piensa más rápido todavía y suele tomar decisiones antes de que el miedo la detenga. Así consiguió su primera isla en Samborondón.
Esta emprendedora inició una marca de joyería desde la sala de su casa. Ahora trabaja en una nueva línea enfocada en anillos de compromiso y joyería fina, pese a que reconoce que todavía siente que “está en pañales”.
“Siempre quiero estar un paso adelante. Me encantan los desafíos y solucionar problemas”, dice en conversación con Forbes Ecuador.
De joven quería estudiar diseño de modas. Le atraía crear, combinar texturas, imaginar piezas distintas. Pero en su familia la idea no convencía del todo. Su madre, la fotógrafa ecuatoriana Chantal Fontaine, quería para ella una carrera “más tradicional y menos dura”. Entonces Estefi terminó estudiando Commercial Arts en Nashville, Tennessee, en Estados Unidos.
“Mi mamá mantuvo sola a cinco hijos trabajando muchísimo. Ella no quería que viviéramos una vida sacrificada, pero para mí siempre fue un orgullo verla salir adelante”.
Estefi trabajó un tiempo en el estudio fotográfico familiar, pero no sentía que ese era su camino.
A los 25 años se mudó a Colombia siguiendo una relación sentimental. Fue en allá donde encontró, casi por accidente, el oficio que cambiaría su vida. “Vi en el periódico unos cursos de bisutería fina y me encantó. Descubrí la orfebrería, y empecé a trabajar con las manos y crear objetos”.
Entre idas y venidas, vivió dos años en Bogotá. Volvió a Ecuador con unas pocas herramientas básicas y algunas piezas en su maleta a empezar prácticamente desde cero.
En diciembre de 2009 organizó junto a dos primas un pequeño open house. Vendió alrededor de US$ 200 en pulseras y accesorios. “Me impresionó la acogida que tuvieron. Ahí pensé que esto podía funcionar”.
Al principio no entendía nada de lo que es un negocio, como manejarlo, administrarlo y peor sacar las cuentas. Trabajaba en la sala de su casa creando collares, anillos, aretes y pulseras. Participaba en ferias artesanales que comenzaban a ponerse de moda en Guayaquil.
Durante años en el Mercadito en Plaza Lagos tenía un puesto fijo todos los fines de semana. “Llegué a vender hasta US$ 4.000 al mes”.

Su marca empezó a diferenciarse por tener piezas personalizadas y únicas. Collares con nombres, medallones con iniciales y figuras específicas, que atraen no solo por su belleza, sino por su esencia.
“Yo sentía que podía llegar a ser Tous”.
Uno de los momentos más decisivos llegó en 2014. Fue en Village Plaza en Samborondón. “Yo iba al Supermaxi y cuando se abrió el ascensor, vi una isla pequeña que estaba vacía. Sin pensar, aplasté el botón y subí directo a las oficinas. Toqué la puerta y pedí el espacio”.
Minutos después pensó. “Y ahora qué voy hacer?”.
El primer año perdió dinero. El arriendo costaba US$ 1.400 mensuales, no estaba preparada y en diciembre colapsó. En las primeras dos semanas se quedó sin stock.
La isla sigue funcionando hasta ahora. “Aprendí a prepararme con anticipación”. Y hoy es el centro operativo de una marca que mueve más de US$ 300.000 anuales.
La plata dejó de dominar sus diseños y empezó a trabajar con cobre bañado en oro, piedras naturales, cordones y nuevos materiales. Opera con cinco talleres de orfebrería, dos especializados en oro. Las piedras e insumos para sus colecciones son importados.
Detrás de cada uno de sus diseños, hay significado y emociones. Cada año lanza entre dos y tres colecciones principales, además de cápsulas para fechas específicas como San Valentín o Día de la Madre. “Mis joyas tienen propósito. Muchas colecciones representan mi estado de ánimo”.
Tiempo después abrió otro espacio en Ceibos. Actualmente ofrece más de 500 productos en sus islas y maneja un ticket promedio de entre US$ 50 y US$ 100. Las pulseras para regalo siguen siendo sus productos estrella. Pero no todo ha sido sencillo. También hubo momentos de lágrimas, frustraciones y pérdidas.
En 2022 intentó expandirse a Quito, pero fracasó. El centro comercial no despegó, con las justas alcanzaba a pagar arriendos y salarios.
Estefi cuenta a Forbes que su divorcio fue el punto emocional que marcó un antes y un después en su vida. La joyería dejó de ser un hobby, para convertirse en un negocio, al que decidió darle estructura, estrategia y ambición.
Hoy invierte más de US$ 30.000 al año en materiales, insumos y orfebres. Sueña tener su propio taller y dejar de depender de terceros. “Es difícil depender de otros".

Esta guayaquileña de 43 años suma alrededor de 5.000 clientes y hace un mes empezó a vender en el aeropuerto de Quito, dentro de una tienda multimarca ubicada en la zona internacional del duty free. “Mis primeros 100 productos ya están en exhibición”.
Ahora se prepara para un nuevo salto. En octubre abrirá una tienda en The Falls, en Samborondón, especializada en joyería fina, anillos de compromiso y aros de matrimonio. La inversión inicial bordea los US$ 100.000, para lo cual gestionó un crédito bancario. “Mi apuesta es ofrecer algo moderno y elegante a precios accesibles, con brillantes de laboratorio”.
Detrás de la empresaria hay también una historia personal marcada por inseguridades. Estefi fue diagnosticada con TDA y perdió un año de colegio. Durante mucho tiempo le costó concentrarse y lidiar con una autoestima baja.
“No tengo vergüenza de contar que me gradué en el colegio Agora. Ahí me aplaudían todo lo que hacía y aprendí que sí podía”. Hoy entiende a su hiperactividad de otra manera.
“Mi cabeza siempre está a mil por hora. Nunca paro”.
Después de 15 años asegura que todavía está aprendiendo. Detrás de esa sensación hay la fuerza para sobrevivir a pérdidas, errores y reinicios. “Si algo aprendí en el camino, es que muchas veces el crecimiento empieza donde termina el miedo”. (I)