Nicolás Saud transforma millones de datos para una de las farmacéuticas más grandes del mundo
Desde Arabia Saudita, este ecuatoriano lidera la estrategia analítica de Eli Lilly para seis países de Medio Oriente. Detrás de esa posición hay una historia de búsquedas, renuncias, viajes y una enseñanza familiar que sigue guiando su camino.

Son las cinco de la tarde en Riad y el termómetro marca 45 grados centígrados. Nicolás Saud deja por unos minutos las pantallas de su computador donde procesa millones de datos sobre mercados, médicos y consumidores para salir a caminar bajo el sol. “Lo hago varias veces en el día como una forma de ordenar mis ideas”.

En este escenario, este ecuatoriano trabaja para Eli Lilly, la farmacéutica estadounidense fundada hace más de 150 años, considerada una de las compañías de salud más valiosas del mundo. Con operaciones en más de un centenar de países, 40.000 colaboradores e ingresos globales de US$ 65.200 millones en 2025, la firma se caracteriza por innovaciones revolucionarias en tratamientos para diabetes, obesidad, cáncer y Alzheimer principalmente. La compañía combina la ciencia con la analítica de datos para transformar el cuidado de millones de pacientes a nivel mundial.

Como Insight & Analytics Manager para Medio Oriente maneja el análisis de millones de datos que ayudan a definir la estrategia, en una región que aporta cerca de US$ 3.000 millones anuales para la compañía.

A sus 31 años, en conversación con Forbes vía zoom, repasa su vida. A diferencia de muchos ejecutivos que desde jóvenes tienen claro que futuro profesional quieren, Nicolas pasó buena parte de su juventud intentando descubrir quién quería ser.

Era buen estudiante, aunque no precisamente un ejemplo de disciplina. Es el mayor de tres hermanos, creció entre la exigencia académica de su madre y el carácter más relajado de su padre. “Mi mamá es muy estricta, chocábamos bastante, pero me enseñó lo valioso que es tener claros los valores y pensar en los demás antes que en uno mismo”.

Le apasiona el deporte y la cocina. Cuando terminó el colegio se fue por seis meses a Francia e Italia. Quería ser malabarista profesional, recorrer el mundo y vivir de las colaboraciones que encontraría en el camino.

Estudió Ingeniería ambiental en la Universidad San Francisco de Quito, convencido de que quería contribuir a salvar el planeta. Sin embargo, conforme avanzaba la carrera sentía que no era lo suyo. “En un momento pensé cambiarme a Ingeniería química o Matemáticas. Me frustraba no poder visualizar mi futuro”.

Para graduarse participó en investigaciones relacionadas con la calidad del aire con propuestas concretas. “Les presentamos a la alcaldía, pero no fueron tomadas en cuenta. Eso me decepcionó del todo”.

En 2019 entró a Punto Net al área de analítica. “Ganaba US$ 325, el sueldo básico”. Al poco tiempo entendió que le gustaba trabajar en espacios donde las ideas se transforman en acciones.

Uno de sus primeros desafíos fue desarrollar un modelo predictivo para anticipar que clientes estaban cerca de cancelar el servicio. “Logramos una reducción del 40 % de las cancelaciones. Descubrí que me gustaba resolver problemas”. 

Trabajaba con grandes volúmenes de información y con un objetivo concreto: ayudar a la empresa a tomar mejores decisiones. 

“Los datos por si solos no transforman una organización, sino las decisiones que se toman a partir de ellos”.

Durante los siguientes años fue asumiendo nuevas responsabilidades hasta asumir la gerencia de analítica. Profesionalmente todo parecía avanzar en la dirección correcta, Sin embargo, entró en crisis, sentía que quería explorar más. Había alcanzado metas importantes, pero algo faltaba. “Muchas veces estamos demasiado enfocados en el premio y no en el proceso”. 

En marzo de 2024 renunció. No tenía una oferta laboral, tampoco un plan. Lo único claro es que quería un tiempo para conocer el mundo.

Hizo maletas y junto a su novia emprendió viaje al sudeste asiático. “Hice algunas consultorías remotas y tenía mis ahorros”. Su interés era bucear y comer rico.

Bajo el agua descubrió arrecifes, mantarrayas y algunos de los ecosistemas marinos más impresionantes que había visto. Paralelamente se sumergió en la gastronomía. 

El siguiente paso fue una maestría en Estadística en Bélgica y luego un MBA en la Universidad Bocconi en Milán. Fue justo allí cuando apareció una oportunidad inesperada.

Como parte de sus prácticas académicas se incorporó a un proyecto de tres meses en Eli Lilly, en Arabia Saudita, para evaluar la madurez analítica de la organización en Medio Oriente e identificar oportunidades para fortalecer la toma de decisiones basada en datos.

Los resultados llamaron la atención de la compañía y recibió una propuesta para incorporarse de manera permanente. “Vivir en distintos países me permitió desarrollar una mirada amplia sobre los negocios y las personas”.

Entre el desierto y los datos

Su llegada a Arabia Saudita significó mucho más que un cambio de trabajo. La barrera del idioma se convirtió en un desafío cotidiano. “Con las justas hablo cinco palabras básicas, por favor, gracias, disculpe y  las que tienen significado religioso”.

Con una población cercana a los 35 millones de habitantes este país cuenta con ingresos por exportación de petróleo de aproximadamente US$ 230.000 millones según el Middle East Economic Survey (MEES).

Solo en Medio Oriente Nicolás convierte enormes volúmenes de información en decisiones estratégicas para seis países: Emiratos Árabes Unidos, Turquía, Kuwait, Bahréin, Catar y Arabia Saudita. 

“Al mes, por lo menos 10 millones de datos pasan por mi computadora”.

Este experto en analítica cree que las mejores ideas nacen lejos de los algoritmos.  Evita delegar las primeras investigaciones a la inteligencia artificial. Prefiere sentarse con su equipo a debatir opciones y construir ideas desde cero. "Todo el mundo usa las mismas herramientas y termina obteniendo respuestas muy parecidas".

Para Nicolás es importante saber distinguir entre lo que es técnicamente posible y lo que realmente aporta valor. Asegura que algunas de las lecciones más valiosas de  su carrera las aprendió en Ecuador y se han convertido en una de sus principales ventajas competitivas. “Por ser un mercado pequeño y volátil te obligas a ser flexible, resiliente, entender al consumidor y encontrar oportunidades”.

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A miles de kilómetros de Quito, la cocina es una manera de conectarse con las personas. “El otro día preparé para mis amigos un menú degustación de ocho tiempos inspirado en sabores latinoamericanos. Hice ceviche, llapingachos, camote y de postre un tres leches”.

En su tiempo libre nada, juega tenis, trota y planifica futuros viajes. Hace poco estuvo en Sudáfrica y está semana irá a Mozambique. La Polinesia Francesa continúa entre sus destinos pendientes.

Nicolás no olvida una frase de su abuela que hasta hoy guía sus decisiones. “Aprende a ver el paisaje”.  No hablaba de montañas, ni de entornos sino de ver más allá de lo evidente. Se considera perfeccionista y muy exigente consigo mismo. “Al Nicolás de 18 años le diría que vaya con calma, tengo muchos miedos a fracasar, a no tener el control”.

Algún día espera regresar a Ecuador y abrir su propio restaurante de comida asiática, Por ahora se prepara para asumir nuevas responsabilidades dentro de la compañía. (I)