Durante años, los anteojos inteligentes fueron una promesa tecnológica que no conseguía convertirse en un producto masivo. Meta parece haber roto esa barrera. Sus dispositivos desarrollados junto con EssilorLuxottica combinan diseños reconocibles de marcas como Ray-Ban y Oakley con cámaras, micrófonos e inteligencia artificial, sin la apariencia futurista que caracterizó a intentos anteriores.
La estrategia funcionó. Alrededor de 7 millones de pares fueron vendidos durante 2025, una cifra que muestra hasta qué punto la categoría dejó de ser un experimento. Meta consiguió integrar una computadora, una cámara y un asistente de inteligencia artificial dentro de un objeto que millones de personas ya utilizaban diariamente.
Pero esa innovación está generando una consecuencia inesperada. Cuanto más se parecen estos dispositivos a unos anteojos convencionales, más difícil resulta para quienes están alrededor saber cuándo están siendo fotografiados o grabados.
La reacción ya produjo dos apodos incómodos para Meta: "spy glasses" -anteojos espía- y, especialmente, "pervert glasses", anteojos de pervertido. El término comenzó a extenderse mientras aparecen testimonios de personas que aseguran haber sido grabadas sin consentimiento y establecimientos que analizan limitar su utilización.
El éxito de hacer invisible la tecnología
Google Glass mostró hace más de una década una de las dificultades de colocar una computadora sobre el rostro: todo el mundo sabía que el usuario llevaba una.
Meta tomó otro camino. En asociación con EssilorLuxottica, incorporó la tecnología a diseños que prácticamente no se diferencian de los anteojos tradicionales. La cámara está ubicada en el frente y una pequeña luz LED sirve para advertir que se está realizando una grabación.
Desde el punto de vista del producto, esa integración representa uno de sus principales avances. Los usuarios pueden sacar fotografías, grabar videos, escuchar música, realizar llamadas o interactuar con Meta AI sin sacar constantemente el teléfono del bolsillo.
La IA amplía todavía más esas posibilidades porque puede utilizar la cámara para interpretar aquello que tiene delante el usuario. La ambición es que los anteojos no sean simplemente una cámara portátil, sino un asistente capaz de comprender progresivamente el contexto del mundo físico.
Fast Company señaló que los dispositivos forman parte de un plan de Meta mucho más grande que vender accesorios. La compañía busca desarrollar una nueva generación de interfaces de inteligencia artificial capaces de acompañar permanentemente al usuario.
Pero la misma discreción que hace atractivo al producto altera una norma social básica que existía con los teléfonos: normalmente, una persona puede darse cuenta cuando alguien apunta una cámara hacia ella.
Con unos anteojos, esa señal desaparece.
De innovación tecnológica a problema de privacidad
Los lentes cuentan con un indicador luminoso para mostrar que la cámara está funcionando, pero su tamaño y ubicación no necesariamente hacen que todas las personas que se encuentran frente al usuario comprendan que están siendo grabadas.
La preocupación aumenta porque los dispositivos pueden utilizarse prácticamente en cualquier espacio cotidiano. Calles, oficinas, restaurantes, transporte público y viviendas dejan de ser solamente lugares donde alguien puede sacar un teléfono y comenzar a filmar: ahora la cámara puede estar colocada permanentemente sobre su rostro.
De ahí surgió parte de la reacción que terminó instalando expresiones como "pervert glasses".
El término es provocador, pero refleja un problema concreto para Meta: la aceptación de una tecnología portátil no depende solamente de quienes deciden comprarla. También depende de las personas que tienen que convivir con ella sin haber elegido utilizarla.
Es una diferencia fundamental respecto de otros dispositivos personales. Un reloj inteligente recopila grandes cantidades de información sobre quien lo lleva. Los anteojos con cámara también pueden obtener información sobre terceros.
El debate ya está saliendo de internet y llegando a establecimientos físicos.
En Reino Unido, algunos cines comenzaron a considerar restricciones sobre los anteojos inteligentes de Meta. En este caso, la preocupación no se limita a la privacidad: también aparece el riesgo de piratería audiovisual.
Salas británicas evaluaban cómo responder a dispositivos capaces de grabar mientras mantienen la apariencia de anteojos convencionales. Para un cine, distinguir entre un espectador que utiliza anteojos y otro que lleva una cámara conectada representa un desafío nuevo.
El problema se extiende a restaurantes y otros espacios donde los propietarios deben decidir si permitir estos dispositivos y, en caso de restringirlos, cómo hacerlo sin afectar a clientes que utilizan anteojos inteligentes por otras funciones.
El reconocimiento facial lleva el debate a otro nivel
La discusión se vuelve todavía más sensible cuando los anteojos se combinan con reconocimiento facial.
WIRED reveló indicios de una función denominada NameTag, relacionada con la posibilidad de utilizar reconocimiento facial en los dispositivos. La capacidad de identificar automáticamente a una persona que aparece delante del usuario transformaría significativamente el alcance de estos productos.
Un sistema de este tipo podría ofrecer aplicaciones legítimas: recordar el nombre de alguien conocido, recuperar información relacionada con contactos o facilitar determinadas interacciones.
Pero aplicado a desconocidos podría crear un escenario muy diferente: mirar a una persona y obtener información sobre ella sin necesidad de preguntarle quién es.
La posibilidad no es puramente teórica. Investigadores ya demostraron anteriormente que los anteojos de Meta podían combinarse con herramientas externas de reconocimiento facial y fuentes públicas de información para identificar desconocidos.
Meta señaló que sus dispositivos no incorporaban aquella herramienta y que la demostración dependía de software externo. Sin embargo, el experimento mostró qué puede ocurrir cuando cámaras discretas, inteligencia artificial, reconocimiento facial y grandes cantidades de información disponible online empiezan a funcionar juntas.
El problema de innovar en un espacio compartido
Hasta ahora, gran parte de la revolución de la inteligencia artificial ocurre detrás de una pantalla. Los usuarios escriben una consulta, cargan una fotografía o mantienen una conversación con un chatbot. Los anteojos trasladan esa IA al espacio físico y le proporcionan ojos y oídos.
Eso puede generar aplicaciones que todavía resultan difíciles de conseguir con un smartphone. Una IA que observa lo mismo que el usuario puede ayudar a interpretar carteles, identificar objetos, recordar información o responder preguntas sobre aquello que está sucediendo alrededor.
Pero cuanto mayor sea su capacidad para comprender el contexto, mayor será también la cantidad de información que necesita captar de ese entorno. Y allí está la tensión central del producto.
La próxima generación de anteojos inteligentes será mejor cuanto menos interfiera con la vida cotidiana del usuario. Cámaras más pequeñas, IA más rápida, controles más naturales y diseños cada vez más similares a los anteojos tradicionales pueden hacer que la tecnología prácticamente desaparezca.
Meta incorporó mecanismos destinados a advertir cuándo los anteojos están grabando y ha trabajado para impedir que el indicador luminoso pueda ser manipulado sin consecuencias. Sin embargo, el problema excede las especificaciones técnicas.
Una luz puede avisar que existe una grabación, pero no necesariamente resuelve preguntas sobre consentimiento, reconocimiento facial, almacenamiento de información o los lugares en los que resulta aceptable utilizar una cámara sobre el rostro.