Julissa Villanueva Periodista
Cada vez que Sandra Silva se presenta como la CEO de una compañía dedicada a la fabricación de palitos para helados, la respuesta del receptor sigue un patrón predecible: o sonríen o fruncen el ceño. Ambas son señales de una sorpresa que ella ya aprendió a descifrar.
“Cuando disfrutas de una paleta, tu atención se concentra en su dulce sabor hasta que se termine o se derrita. Nadie se detiene a pensar que detrás de ese palito, que luego desechan, hay alguien que lo fabrica”, dice, ya acostumbrada a la escena.
Silva es originaria de Bogotá, Colombia, pero ha permanecido 32 años en Ecuador, un país que ya asume como propio. Ese es el tiempo que lleva en Festa S.A.S., empresa que elabora, distribuye y exporta piezas de madera con valor agregado. “Estuve dos años como subgerente, el resto del tiempo lo he recorrido como CEO”.
La historia de la empresa es un relato de globalización industrial que encontró su puerto definitivo en Ecuador. Lo que nació como un proyecto “llave en mano” diseñado por ingeniería noruega para un fundador ecuatoriano se transformó en la gran apuesta de dos familias colombianas: los Rueda y los Palacios. La compañía se constituyó en 1990 como Productos de Madera Prodema S.A. y cambió su denominación tres años después a Festa.
“Este consorcio familiar expandió su huella forestal e industrial con fábricas en Estados Unidos, Venezuela y Colombia, dedicadas a componentes de madera de alta precisión para consumo masivo”, explica Silva. Tras los vaivenes económicos del continente, hoy solo la planta de Ecuador se mantiene bajo un estratégico relevo generacional.
La llegada de Silva a la operación ecuatoriana no fue improvisada. Graduada en Ingeniería de Sistemas, su rol inicial con las familias Rueda y Palacios consistía en blindar la estrategia de los socios mediante analítica de datos, modelando indicadores financieros y de productividad. Pero, tras la compra de operaciones en Ecuador y la ausencia de este control en el país, le hicieron cruzar la frontera de forma intermitente.
Mientras Colombia atravesaba una de sus épocas más complejas, Quito se presentaba como un oasis de paz. Así, lo que comenzó como un puente técnico se volvió definitivo cuando Silva asumió la subgerencia. Seis meses después, en medio del escepticismo de un sector manufacturero poco acostumbrado a ver a una mujer tecnóloga al mando, una tragedia aceleró los planes.
Era diciembre de 1997 cuando un incendio devastador cobró la vida de 15 colaboradores y redujo la planta a cenizas. El desastre puso a la ejecutiva de 33 años a liderar la organización en medio de su capítulo más oscuro y doloroso. Lejos de flaquear, Silva dio un paso al frente y asumió el liderazgo absoluto.
“El impacto humano fue desgarrador y el financiero total”, recuerda aún con voz tensa y una pausa prolongada que interrumpe el ritmo impecable de su discurso. Silva guarda silencio y asimila el costo invisible e irreparable antes de retomar el hilo de la historia. “La reconstrucción no fue solo un objetivo financiero, sino un compromiso ético con el equipo que se quedó a sostener los cimientos, muchos de los cuales eran cabezas de familia”, agrega.
Ella comandó directamente a su equipo, articuló el proceso de reingeniería de la planta, el soporte a las familias afectadas y la importación de nuevos activos biotecnológicos y mecánicos. Lo que para cualquier corporación habría significado la quiebra definitiva, bajo su gestión se convirtió en el punto que refundó la operación técnica de la transnacional en Ecuador.
“Tuvimos que comprar productos de nuestra competencia en el exterior para seguir atendiendo a los clientes”. De esa manera evitaron perder el mercado conquistado e iniciaron una nueva etapa.
Resiliencia, sustentabilidad y desafíos tecnológicos
Hoy, la compañía consolida sus operaciones con el 62 % de ventas en el mercado nacional, y el restante 38 % es exportación en un nicho de mercado donde la competencia es limitada.
El catálogo de la firma abarca 22 productos, una diversificación que va desde bienes cotidianos como pinzas para ropa y palillos de fósforos, hasta insumos médicos como espátulas “bajalenguas” y agitadores de madera. Sin embargo, el verdadero motor del negocio son sus nueve variedades de palitos de helado.
Esta categoría insignia encontró su mayor impulso en la pospandemia, apalancada por el boom de los emprendimientos de postres artesanales, un nicho que transformó un commodity en un insumo estratégico de alta demanda.
“El 95 % de las heladeras automatizadas locales, multinacionales y artesanales que operan en el país tienen palitos nuestros. Los procesamos con logos y sin logos”.
Desde su planta de producción ubicada en San Rafael, valle de Los Chillos, en las afueras de Quito, la operación adquiere dimensiones que desafían la percepción común del mercado de consumo masivo. La fábrica procesa diariamente entre cuatro y seis millones de unidades de portafolios de madera. Eso significa que procesan alrededor de 10.000 metros cúbicos de madera de plantación por año.
La especie que utilizan es pino radiata, eventualmente pino pátula, ambas son maderas de plantación, es decir, que se plantan con fines industriales. “No usamos bosques nativos y nuestro modelo de negocios es el mismo de la industria forestal nacional, que nos convierte en los principales reforestadores de este país”.
Festa tiene tres certificaciones clave: FSC por el manejo forestal responsable, ISO 9001-2015 de gestión de calidad y FSSC de gestión de inocuidad alimentaria. En este contexto, Silva destaca como prioritarias las prácticas sustentables y la atención al cliente a partir de la experiencia del usuario, a través de asesorías y seguimiento en los diversos procesos industriales de su producto. “Para nosotros no hay clientes pequeños, todos reciben la misma atención, multinacionales y artesanales”, advierte.
Esa filosofía de trabajo ha permitido que la evolución financiera de Festa se traduzca en un manual de resiliencia corporativa. Tras tocar fondo en la pandemia con pérdidas acumuladas de US$ 4,3 millones entre 2020 y 2021, Festa logró dar la vuelta al marcador. En los últimos cuatro años, entre 2022 y 2025, la firma consolidó una facturación acumulada de US$ 14,8 millones y utilidades por US$ 1,5 millones en ese mismo periodo. Cerró el 2025 con ventas por US$ 3,4 millones y estabilizó su patrimonio por encima de los US$ 1,4 millones, según la Superintendencia de Compañías.
El verdadero punto de quiebre se cimentó en una mezcla de audacia logística y precisión estratégica. En abril de 2020, con el aparato productivo del país en pausa, un pedido urgente desde Colombia obligó a Silva a reactivar la planta en una semana con los mayores protocolos de seguridad sanitaria para su equipo. Poco después, la crisis global de contenedores, que elevó los fletes asiáticos de US$ 3.500 a US$ 15.000, terminó por derribar la resistencia de los clientes más escépticos.
Con 92 colaboradores directos, de los cuales un 48 % de personal es femenino y donde todos los cargos ejecutivos están liderados por mujeres, Festa logró recuperar y ampliar su mercado, siempre bajo un compromiso social que viene desde las familias dueñas de la empresa y sus nuevas generaciones, asegura.
“Marcas históricas y transnacionales que por años miraron hacia el mercado chino por precio se vieron obligadas a buscar nuestro suministro local”, enfatiza. No tenían margen de error: en la industria del helado moderno, un palito mal calibrado por décimas de milímetro paraliza líneas automatizadas de alta velocidad y genera pérdidas millonarias irreproducibles bajo las estrictas normas de inocuidad vigentes.
Festa pasó con honores las auditorías técnicas de gigantes como Unilever (hoy Magnum Ice Cream Company), Tonicorp (helados Toni del grupo Arca Continental), y Nestlé. Al mismo tiempo, democratizó su acceso al ala artesanal y permitió a los Heladeros de Salcedo asociados pirograbar su marca desde volúmenes mínimos.
Para sostener este 95 % del mercado, Festa tuvo que transformarse en una firma tecnológica. En su planta, las máquinas troqueladoras escupen piezas a un ritmo frenético de 600 golpes por minuto. A esa velocidad, el ojo humano es inútil. Por ello, la compañía ejecutó un plan de automatización e inteligencia artificial (IA) corporativa.
En lugar de importar equipos llave en mano por US$ 250.000, Festa optó por una estrategia híbrida y adquiere las estructuras mecánicas en China, pero desarrolla el cerebro tecnológico in-house. Con inversiones de US$ 60.000 por máquina en sistemas de cámaras y software de visión artificial para la selección dimensional, la firma reduce el costo de desarrollo en US$ 100.000 por unidad.
Hoy, el negocio que dirige Silva va más allá de moldear madera. Es el soporte técnico de la industria del frío. Su conocimiento de las líneas de producción de toda Latinoamérica le permite actuar como aliada estratégica de codiseño con sus clientes, al diagnosticar fallas mecánicas que puedan tener antes de que afecten el empaque de helados. Con esa misma ingeniería, Festa ya apunta a su próximo hito: sustituir las cucharitas plásticas de un solo uso en el mercado regional del yogur y los postres lácteos.
Las leyes de plásticos de un solo uso, normativas implementadas en varios países de América Latina para eliminar progresivamente los desechos plásticos y fomentar la economía circular abrieron una ventana de oportunidades para este sector maderero. En Ecuador, la legislación está vigente desde diciembre de 2020 y ya ha permitido ganar territorios, como en las cafeterías, que empezaron a reemplazar los sorbetes de plástico por removedores de madera.
“Estamos ante un desafío generacional. Los consumidores jóvenes nunca usaron cucharitas de madera en sus postres, pero la generación previa sí”, explica la CEO. Rediseñar el hábito de consumo de las nuevas audiencias a través de la biotecnología aplicada a la madera es la última frontera de Festa. Una apuesta donde la precisión industrial y la conciencia ambiental se encuentran para redefinir el mercado del frío. (I)