David Paredes Periodista
En Pifo, a 40 minutos de Quito, casi 25.000 toneladas de desechos peligrosos no terminan enterradas, ni quemadas sin control. Se convierten en combustibles que alimentan hornos industriales. Allí opera Incinerox, una empresa ecuatoriana que transformó un problema ambiental en un negocio que hoy factura US$ 4,5 millones al año y abastece a sectores como el cementero y el siderúrgico.
Para ingresar a la planta, visitantes y operarios deben utilizar equipos de protección especial debido a la naturaleza de los residuos que se procesan. El casco, la mascarilla KN95 y las botas con punta de acero son el kit para recorrer los 170.000 metros cuadrados de instalaciones donde cada desecho es clasificado, tratado y transformado en un insumo industrial.
En sus galpones se separan los desechos sólidos y líquidos. Para ello hay personal especializado. Luego son procesados en maquinarias que funcionan con energía solar.
Al ingreso de la zona industrial hay una carpa blanca donde la Agencia Nacional de Regulación, Control y Vigilancia Sanitaria (ARCSA) se ubica para revisar cada carga que llega con desperdicios de las industrias alimentaria y farmacéutica, antes de ser destruida o procesada.
Incinerox tiene 26 años en el mercado. Empezó en un galpón de 200 metros cuadrados, donde funcionaba su primera incineradora industrial y oficinas. Su negocio estaba en la destrucción de desperdicios peligrosos.
Sus fundadores, Diego Román y los hermanos Marco y Juan Hermida, encontraron una oportunidad en la industria petrolera. Estos tres apasionados por la ecología instalaron en 1995 un centro de acopio de desechos en la Amazonía, donde clasificaban y separaban los residuos generados en los pozos. Así nació la firma, que con el tiempo se especializó en desperdicios peligrosos de todas las industrias.
“Ya teníamos experiencia en la empresa Reciclar, donde trabajábamos juntos. Empezamos primero con residuos ferrosos de la industria petrolera y luego vimos la necesidad de hacerlo con plásticos y desechos peligrosos”, asegura Marco Hermida.
Marco ya era ingeniero industrial y Diego tenía experiencia en reciclaje y comercialización de residuos ferrosos. Ambos se conocieron hace más de 26 años y trabajaron juntos en la construcción de su negocio, que fue de los pioneros en clasificar y dar disposición final a los desechos industriales.
Esa incursión, en el mundo petrolero, les permitió entender los procesos que utilizaba la industria para deshacerse de sus desperdicios.
“En esa época pudimos solventar el reciclaje y la clasificación de tres bloques petroleros, lo cual fue un éxito. La industria no contaba con un sistema adecuado de gestión de residuos”, recuerda Román, cofundador de Incinerox y actual gerente de Proyectos.
Tras analizar el mercado, ellos apuntaron a la industria farmacéutica para el tratamiento de sus desechos. En ese sector, dicen los socios, faltaba planificación y la gestión se limitaba a incinerar, sin control, productos defectuosos o caducados.
Durante tres años, realizaron pruebas y mantuvieron acercamientos con las autoridades ambientales. Y en 1999, con una inversión estimada de cinco millones de sucres, nació formalmente Incinerox. Recuerdan que fue un funcionario de la Secretaría de Ambiente del Municipio de Quito quien les sugirió instalar una incineradora industrial especializada.
Con el apoyo de la Escuela Politécnica Nacional diseñaron su propio horno. Los análisis de las pruebas se realizaron en los laboratorios de la universidad.
Una vez construida la maquinaria, llegó el momento de los controles ambientales. Román recuerda que las pruebas duraron 14 horas y arrojaron resultados positivos. Obtuvieron los permisos y arrancaron operaciones en agosto de ese mismo año. Sus principales clientes fueron empresas petroleras y farmacéuticas, que vieron con buenos ojos la incineración controlada de sus desechos.
“Las farmacéuticas siempre nos apoyaron. Desde que decidimos montar la empresa hasta hoy, le dimos un giro radical al negocio”, asegura Diego.
La logística era modesta. Utilizaban vehículos de la empresa Reciclar para transportar los residuos. Había intermediarios y la capacidad instalada no era suficiente para abarcar a todas las industrias. @@FIGURE@@
Hoy, la compañía cuenta con una flota propia de 15 vehículos, entre pequeños y tráilers propios que fueron diseñados para la transportación directa desde las empresas hasta la planta procesadora.
“Tener nuestra propia logística nos permitió eliminar a los intermediarios. Nuestra flota está diseñada para brindar el servicio de recolección de residuos y entrega de recursos a las industrias”, dice Marco Hermida.
Un incendio que marcó el giro del negocio
El 10 de agosto de 2012, a las 20:30, una llamada alertó a Marco y Diego. Sus teléfonos no dejaban de sonar. Desde Shushufindi, provincia de Sucumbios, les informaron sobre un incendio en una de sus bodegas, ubicada en esa zona.
Ante la emergencia, ambos socios viajaron hasta la comunidad de Puerto Lagarto, a dos kilómetros de su planta incineradora. Al llegar, constataron que el incendio había sido controlado por los bomberos. Las investigaciones determinaron que el flagelo fue provocado, aunque nunca se identificó a los responsables.
El siniestro cambió el panorama de su giro de negocio y se convirtió en el punto de partida de un cambio estructural.
“Fue un momento muy duro que nos obligó a reflexionar sobre nuestra capacidad real y el potencial para manejar desechos peligrosos. Sin la decisión y convicción de salir adelante, este accidente nos habría hundido”, reconoce Hermida.
Dejaron de incinerar gran parte de los desechos que recibían y se enfocaron en procesarlos para transformarlos en recursos útiles.
El salto hacia la sostenibilidad se consolidó entre 2016 y 2017. En ese período, Incinerox pasó de ser una planta de tratamiento a una planta de aprovechamiento. Incorporaron tecnología para transformar residuos en recursos, reduciendo la incineración.
“Con esta visión evitamos dejar pasivos ambientales a las futuras generaciones, reducimos la huella de carbono y minimizamos el impacto de los residuos”, añade Diego.
Actualmente, el horno se utiliza para la calcinación de menos del 25 % de los desechos que llegan a la planta. Sobre todo, para los residuos anatomo patológicos (tejidos, órganos y partes humanas o animales provenientes de procedimientos médicos), que se manejan bajo estrictos protocolos de bioseguridad debido a su alta peligrosidad.
Su impacto en la cultura ambiental
En 2024 procesaron 12.689 toneladas y en 2025 aumentaron su capacidad a 24.890 toneladas. La planta cuenta con galpones especializados para la recepción de desechos sólidos y líquidos, que mediante procesos industriales se transforman en Combustibles Derivados de Residuos (CDR), comercializados con empresas cementeras y siderúrgicas.
“La industria cementera es la que más combustible consume en sus procesos. Sus hornos alcanzan hasta 1.500 grados centígrados y nosotros les ofrecemos una alternativa más limpia y sostenible”, explica Yordy Lozano, coordinador de operaciones.
Solo en 2025 se produjeron 952 toneladas de Combustibles Alternos Sólidos (CAS), a partir de la trituración de pañales, medicamentos, autopartes, fundas no biodegradables, cartón y otros materiales con alto poder calórico. Ese mismo año, en la planta de Santa Elena, se produjeron 8.265,61 galones de Combustibles Alternos Líquidos (CAL).
Para los fundadores, el mayor impacto de Incinerox es cultural. Lograron que las industrias regresaran a ver a los gestores ambientales como aliados estratégicos y abrieron el camino para la creación de nuevas empresas en el sector.
Actualmente, la compañía emplea a 80 colaboradores de manera directa y a 300 de forma indirecta, entre transportistas, proveedores y personal de apoyo.
“Construir y mantener este tipo de empresas es para apasionados del medio ambiente. Somos parte de una generación que aprendió sobre la marcha a cuidar nuestro entorno”, dice Roman.
Un proceso de sucesión y cambios
Aunque los dos socios continúan desempeñando funciones estratégicas, las decisiones administrativas recaen en Natalia Hermida, vicepresidenta y gerente general de Incinerox. Ella es hija de Marco Hermida y trabaja en la empresa desde hace 11 años.
La hoja de ruta contempla el traspaso del control a la segunda generación, proceso que hoy lidera Natalia.
“Estamos en un proceso de sucesión y queremos darle continuidad a lo que hemos hecho en la empresa. Es tiempo de las nuevas generaciones, que nos aportan mejor comunicación efectiva y nueva tecnología”, señala Marco Hermida.
En los últimos cinco años, la empresa invirtió US$ 1,5 millones en equipamiento para la transformación de residuos en recursos, incluyendo sistemas de pirólisis, trituradores y nuevos galpones.
Para 2026 está prevista una inversión de US$ 1,5 millones destinados a potenciar la producción de combustibles alternos y realizar adecuaciones civiles en la planta. Además, se proyecta la adquisición de nuevo equipamiento, valorado en US$ 5 millones, para la gestión de 9.000 toneladas de residuos que requieren tratamiento urgente y especializado.
Incinerox inició los trámites para obtener licencias ambientales para operar en alta mar y recuperar los desperdicios de la industria pesquera. (I)