Pablo Vintimilla creció entre planos, edificios y conversaciones sobre construcción. De niño pasaba horas armando y desarmando estructuras con legos. Dibujaba casas, camiones, volquetas y hasta ciudades ficticias. Estudió Arquitectura en la Universidad del Azuay. “Siempre quise ser arquitecto, nunca hubo presiones”.
Hoy a sus 30 años es gerente general y representante legal de Vintimilla Constructora, un conglomerado familiar que reúne una veintena de empresas y marcas vinculadas a la construcción y el diseño.
Esta historia, sin embargo, empezó mucho antes de que él naciera.
Su abuelo, Marcelo Vintimilla, ingeniero civil de profesión, fue quien comenzó a darle forma al negocio familiar en Cuenca. En 1968 desarrolló el primer proyecto inmobiliario y participó en la elaboración del primer reglamento de propiedad horizontal de la ciudad. Construyó el Hotel Oro Verde, participó en diseños en la avenida Ordóñez Lasso y estuvo detrás de la construcción del Banco Central en esa ciudad.
En la década de los setenta organizó el negocio familiar alrededor de sus tres hijos. Su hijo Pablo decidió independizarse en los años noventa y comenzó a desarrollar sus propias obras. Con el tiempo esa operación creció hasta convertirse en Vintimilla Constructora. En 35 años la firma ha desarrollado alrededor de 50 obras inmobiliarias entre edificios residenciales, comerciales y hoteles principalmente en Cuenca y Salinas. Ahora la posta está en manos de la tercera generación
“Por suerte no ha sido un peso llamarme igual que mi papá. Mas bien ha sido una bendición”, afirma Pablo, quien se desempeña como gerente general y representante legal del grupo familiar. Su padre permanece como presidente.
Asegura que no ha sido fácil. “Me tocó salir de mi zona de confort. En el camino me he equivocado, hay días que no duermo, incluso, muchas horas de trabajo extras, pero al final es muy satisfactorio saber que cuento con la confianza de mi familia. Estoy claro de la responsabilidad que implica, pero no los voy a defraudar”.
El primer contacto directo de Pablo con las obras ocurrió cuando apenas tenía siete años. “Nosotros vacacionamos mucho en Salinas y mi papá desarrollaba uno de sus primeros trabajos en esa ciudad. Yo lo acompañaba todo el tiempo y me sentía un supervisor”.
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Es el tercero de tres hermanos. Sus dos hermanas también trabajan en el grupo. Antes de graduarse de la universidad, en 2018, ingresó a la constructora como pasante en el área de diseño. “Llegué con herramientas nuevas para refrescar los procesos. Mi padre desde un inicio me dio libertad, Si me modificaba muchas cosas y me guiaba en como plasmar los diseños a la realidad para que funcione”.
En el camino, Pablo descubrió que la universidad y las obras hablaban lenguajes diferentes y que mucho de lo aprendido era difícil de llevar a la práctica. “Me tocó botar paredes y hacer reprocesos en obra. Pagué la novatada muchas veces”. Su padre sabía que equivocarse era parte de su formación, por eso en lugar de imponerle una solución, lo dejaba experimentar. Esa libertad también generó discusiones.
“Había momentos en que yo le hablaba como papá y él me respondía como jefe”.
Después de graduarse, Pablo ingresó a tiempo completo a la compañía. Su primer cargo oficial fue jefe de diseño, una posición que ocupó hasta 2022. Uno de sus primeros grandes desafíos fue Perla Azul, un edificio de 22 pisos en Salinas, con una inversión de US$16 millones. La ciudad no le era desconocida y la responsabilidad fue grande.
La pandemia cambió el ritmo de aprendizaje. Las obras se paralizaron y la empresa tuvo que concentrarse en cómo sostenerse. Fue entonces cuando su padre decidió involucrarlo en áreas que hasta ese momento estaban fuera de su mundo como arquitecto. “Cada día analizábamos punto por punto todas las áreas incluso la financiera, contabilidad, compras, costos y administración. Poco a poco me estaba preparando para el futuro”.
Después pasó de jefe de diseño a gerente de proyectos. En la pospandemia llegaron a tener dos planificaciones en marcha y Pablo tuvo que aprender a elaborar presupuestos, recorrer obras y escuchar a quienes estaban directamente involucrados en la ejecución. “Me considero una persona que escucha bastante”.
También reconoce que parte de esa formación ocurrió a fuerza de errores “Implicaba hacer un millón de presupuestos y seguramente la mitad estaban mal”.
Luego se encargó de estandarizar procesos en las diferentes áreas. Pasó alrededor de un año involucrándose en cada una de ellas. “No todo funcionó como esperaba, entonces desarrollamos un CRM a medida de la compañía con una inversión de US$ 15.000”. Posteriormente incorporaron un ERP y destinaron alrededor de US$ 45.000 a automatización con inteligencia artificial. Actualmente, cerca de US$ 20.000 anuales son utilizados para tecnología.
La modernización también implica encontrar un equilibrio con la manera tradicional de administrar que todavía conserva su padre. Pablo ha aprendido a convivir con ambas formas de trabajo y a introducir cambios sin romper con lo que ya funciona.
La transición no tuvo un momento formal, ni una ceremonia de cambio de mando. Ocurrió poco a poco. La organización que hoy dirige mantiene 12 proyectos en ejecución y cuatro en planificación, cuenta con 150 colaboradores directos y genera trabajo para otras 400 entre contratistas y personal indirecto. “En 2025 por obras ejecutadas alcanzamos ventas por US$ 35 millones”, sostiene este ejecutivo. Para Pablo hay reglas inviolables que sostienen al grupo.
“El consejo más importante es que las obligaciones están talladas en piedra y se deben cumplir”.
Otra norma tiene que ver con la forma de medir el riesgo. “Un negocio nunca lo tenemos que mapear por cuanto se gana, sino por cuanto estamos dispuestos a perder”.
Para él la palabra es parte del contrato. “Si ofrecí a un cliente un precio determinado y después los números demostraron que debía ser mayor, respeto el compromiso y ganamos menos”.
En una empresa familiar, los desacuerdos son inevitables. La diferencia está en cómo se resuelven. La dinámica y los procesos están definidos para los Vintimilla. “Lo hablamos enseguida, dentro de la oficina, no dejamos que se acumulen. Los conflictos nunca llegan a la casa”. Para este Under 30 El respeto y la confianza son la base de esa convivencia
Pablo sabe que el sector en el que trabaja se mueve a un ritmo acelerado. “Es una locura, en otros países ya hay robots en las construcciones”. Su respuesta es mantenerse activo. Es un entusiasta de proyectos piloto. Ahora se concentra en identificar qué ciudades y sectores del país muestran señales de crecimiento para llevar hacia allá las nuevas apuestas de la constructora.
Su vida personal también atraviesa una etapa nueva. Está recién casado, reconoce que por ahora su hobby es estar de luna de miel y suelta una carcajada. En 2027 volverá a los planos para diseñar su propia casa en Puertas del Sol. Por primera vez no está construyendo planos para otros. Está empezando a dibujar los suyos. (I)