París no se acaba nunca
Cuando lo terminé de leer, levanté la cabeza y vi a través de la ventana que estaba justo delante de la estación de metro de Saint- Michel, y claro, yo no llevaba gabardina ni sombrero como lo habrán hecho en su momento Hemingway o el propio Vila- Matas, ni me puse a escribir un cuento ni tampoco me calenté con ninguna joven porque en ese momento solo quería seguir leyendo esa maravilla de libro que había comprado unos minutos antes por pura casualidad