El 31 de octubre de 1996, Watch Out abrió las puertas de su primer local en Mall El Jardín, en Quito. En esos años, la venta de relojes respondía a una necesidad básica y cotidiana: marcar el tiempo.
Tres décadas después, el mercado evolucionó y los hábitos de consumo se transformaron. Los relojes también lo hicieron. Sin embargo, la tienda creó nuevas oportunidades para crecer en una categoría que combina funcionalidad, diseño, identidad y valor emocional.
La trayectoria de Watch Out se refleja en sus cifras. En 30 años, la compañía ha vendido 200.000 relojes, cambiado más de 725.000 pilas y atendido a 880.000 clientes. Actualmente cuenta con 13 locales: ocho en Quito, cuatro en Guayaquil y uno en Santo Domingo. Es una evolución que da cuenta de la consolidación de un negocio especializado que ha acompañado a varias generaciones de consumidores.
"Se dio la oportunidad y mis padres se lanzaron", recuerda Robin Johansson, gerente general de Watch Out. La primera tienda comercializaba marcas como Omega, Tissot, Swatch y Casio. Para la familia, el negocio representaba una apuesta empresarial que se desarrolla en los centros comerciales, el espacio de encuentro y consumo que se consolidó en el país en estas tres décadas.

Johansson creció en el ambiente de negocios. Durante su infancia y adolescencia pasaba buena parte de su tiempo en las tiendas, una experiencia que le permitió conocer de cerca la dinámica del mundo de los relojes. Después de graduarse del colegio, viajó a Canadá para estudiar Finanzas, donde permaneció diez años. En 2016 se trasladó a Suecia, país en el que vivían sus padres. Un año después, tras el fallecimiento de su madre, regresó a Ecuador para ayudar a su padre con la operación de la empresa. El plan inicial era temporal, pero terminó convirtiéndose en un proyecto de vida.
Desde entonces, su trabajo está vinculado con la evolución de Watch Out y con una industria en la que el conocimiento del producto es parte fundamental de la experiencia comercial. Para Johansson, el reloj trasciende su función práctica. "Vendemos un producto que dice mucho sobre las personas, sobre lo que somos, lo que queremos ser, sobre las aspiraciones que tenemos".
Un negocio que evoluciona con sus clientes
La historia de Watch Out también permite entender el nuevo significado del reloj en la vida cotidiana. Cuando la empresa comenzó sus operaciones, contar con uno era una necesidad para organizar las actividades diarias. La oferta incluía relojes de pared, de muñeca, digitales y automáticos. Hoy, en un entorno dominado por la conectividad, la categoría evolucionó.
"Podría considerarse un accesorio de moda, pero también es una joya. Es un durable y para algunos es una inversión. Hoy también es nostalgia, moda e incluso un legado para los hijos", explica Johansson.
Esa diversidad de motivaciones se refleja en el perfil de los compradores de la cadena: el 60 % son hombres y el 40 % mujeres. Más allá de las preferencias de cada segmento, la empresa participa en distintas etapas de la vida de sus clientes. Un reloj puede ser un regalo de los padres durante la infancia, una compra asociada a una graduación o una pieza que acompaña a una persona durante años.
La posibilidad de mantener ese vínculo con los consumidores constituye una característica particular del negocio. A diferencia de otros productos de consumo, un reloj puede conservarse durante décadas y pasar de una generación a otra. En esa relación entre producto, durabilidad y memoria, Watch Out encuentra una oportunidad para fortalecer la experiencia de sus clientes.

Para esto la cadena representa marcas como Mido, Victorinox, Seiko, Orient, Pierre Lannier, Wenger, Timex, Casio, G-Shock, Cubitt y Coros.
El servicio técnico es un diferenciador
La comercialización es una parte de la operación. La otra está en el mantenimiento y la reparación, especialmente cuando se trata de relojes que tienen un valor sentimental para sus propietarios.
Watch Out cuenta con un taller especializado y cinco relojeros con entre 35 y 45 años de experiencia, según explica Johansson. El trabajo puede incluir el desarmado del reloj, la limpieza de sus componentes y el mantenimiento necesario para su funcionamiento. En algunos casos, las piezas llegan a la tienda porque pertenecieron al padre o al abuelo de quien solicita el servicio.
Este componente técnico permite extender la relación con el cliente más allá de la compra inicial. También plantea un desafío para la continuidad del negocio: preservar conocimientos especializados que requieren tiempo, práctica y experiencia.
"La relojería exige un nivel de especialización y relevo generacional estratégico, por lo que Watch Out invierte en la formación constante", nota Johansson. Frente a esa realidad, Watch Out mantiene un programa de capacitación para nuevos relojeros. Actualmente, dos jóvenes se encuentran en formación junto a profesionales experimentados; la meta es transmitir conocimientos y contribuir a la continuidad de este oficio.
A ello se suma el trabajo con las marcas que comercializa la compañía, un componente que forma parte de su propuesta de valor y de la confianza que busca construir con sus clientes.
La nueva etapa de crecimiento
La evolución de Watch Out también se refleja en sus resultados recientes. En 2025, la marca registró un crecimiento del 33 % y, para cerrar este año proyecta alcanzar un porcentaje similar, de acuerdo con Johansson. Los números sitúan a la empresa ante una nueva etapa, en la que su trayectoria convive con la necesidad de responder a consumidores y tendencias que cambian con rapidez.
Uno de los segmentos que despierta su interés es la generación Z. Según Johansson, los compradores más jóvenes están aportando una nueva perspectiva al mercado, con una valoración particular por la nostalgia y los productos analógicos. En un entorno cada vez más digital, el reloj tradicional encuentra nuevas razones para formar parte de los hábitos de consumo.
La experiencia de Watch Out demuestra que la permanencia de una empresa no depende únicamente de la categoría en la que participa, sino de su capacidad para comprender cómo evoluciona el valor de sus productos. En tres décadas, la compañía pasó de un primer local en Quito a una red de tiendas en tres ciudades, mientras consolida una relación con cientos de miles de clientes.
El siguiente capítulo de esa historia se escribe entre la experiencia acumulada, la especialización técnica y las nuevas motivaciones de compra. Para Watch Out, cumplir 30 años no representa únicamente una oportunidad para mirar el camino recorrido: también es un punto de partida para proyectar el negocio hacia el futuro, sin perder de vista aquello que le ha dado sentido desde 1996: el valor de un reloj que, además de medir el tiempo, puede acompañar una vida entera. Por esa razón, tras tres décadas de trayectoria, siempre existe una excelente razón para adquirir una pieza en Watch Out (P)