Queridos ecuatorianos:
Les escribo desde el Polo Norte, mientras los renos se impacientan y los duendes revisan -por enésima vez- la lista de regalos. No crean que vivo aislado del mundo ni que sólo observo chimeneas y calcetines colgados. Desde aquí sigo con atención sus noticias: mi lista ya no distingue únicamente entre niños buenos y traviesos, sino también entre políticas sensatas y ocurrencias de temporada que duran lo mismo que una bengala navideña.
Este año he visto una economía que camina como pingüino sobre asfalto caliente: avanza, sí, pero con sobresaltos, equilibrio precario y más de un resbalón. Tras una contracción cercana al −2% del Producto Interno Bruto en 2024, el país logró retomar el crecimiento en 2025, con cifras cercanas al 3%, impulsadas por el consumo interno y las exportaciones no petroleras. Para 2026, la proyección ronda el 1,85%. No es poca cosa, pero tampoco es el despegue de un trineo a toda velocidad.
El crecimiento del PIB necesita algo más que buenas intenciones: requiere reformas estructurales -fiscales, tributarias y productivas- que vayan más allá del calendario electoral. Sin ellas, el repunte económico corre el riesgo de parecerse más a las luces del árbol de Navidad: brillantes, pero efímeras.
La dolarización -ese viejo regalo que nadie se atreve a tocar ni quiere devolver- sigue siendo el ancla que evita naufragios mayores. Con una inflación inferior al 2%, ayuda a mantener los precios más estables frente a saltos del pasado; pero anclar no es lo mismo que navegar. El verdadero desafío sigue siendo reducir el gasto y el endeudamiento del Estado y de los hogares, que no reparten regalos, sino facturas.
En el ámbito político, el espíritu navideño brilla por su ausencia. El diálogo nacional se parece más a una pelea por el último pedazo de pavo que a una mesa de consensos. Los poderes del Estado en constante disputa, un Consejo de Participación Ciudadana y Control Social bajo cuestionamiento, una constituyente que no cuajó y una ciudadanía cansada conforman un pesebre institucional donde cada actor jala la manta para su propio lado, mientras el frío de la desconfianza se cuela por todas partes.
La seguridad, por su parte, sigue siendo el Grinch del año. Se roba la tranquilidad, ahuyenta la inversión y obliga a militarizar esperanzas que deberían construirse con justicia, inteligencia y políticas sociales sostenidas. No hay villano que se combata solo con uniformes; también se necesitan oportunidades, prevención y un Estado que llegue antes que el delito.
Ecuador conserva ventajas que muchos países envidiarían: recursos naturales, una ubicación estratégica, todos los climas y regiones en distancias cortas, sobre todo, una población resistente, acostumbrada a reinventarse cuando el Estado no alcanza. El problema es que la resiliencia no puede seguir siendo la principal política pública. Los ciudadanos no deberían conformarse con sobrevivir; deberían poder progresar.
Y déjenme hablarles del deporte ¡ah, ese antídoto nacional contra la desazón!. Este año hubo razones para celebrar. En los Juegos Bolivarianos 2025, la delegación tricolor cosechó 133 medallas, una hazaña que confirma el avance competitivo del país en varias disciplinas. Guayaquil, fue designada Capital Americana del Deporte 2026 y Ecuador clasificó con valentía y buen fútbol al Mundial de Norteamérica 2026. El deporte debe ser semilla de identidad y orgullo, no simple consuelo frente a la frustración social.
Mirando al futuro, queridos ecuatorianos, el reto no es pedir milagros ni papel de regalo, sino exigir coherencia: menos discursos mesiánicos y más acción; menos improvisación y más acuerdos de mediano plazo que mejoren de inmediato la microeconomía familiar. El país necesita estabilidad, no premios para los que gritan más fuerte ni castigos para los que producen.
No hay soluciones en una bolsa mágica detrás de mi trineo. Pero sí hay certezas: transformar la realidad exige diálogo, instituciones fuertes, reformas estructurales y una ciudadanía que no delegue su futuro únicamente en peroratas, sino que lo construya con acciones concretas y corresponsabilidad social.
Con afecto, hasta la próxima Navidad,
Papá Noel (O)