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Se dice que la historia de la guerra es relatada por los ganadores. La historia de los políticos es relatada por los amigos o los enemigos y ninguno dice la verdad. La historia de la televisión ecuatoriana no se ha escrito todavía. Con frecuencia, las anécdotas revelan más que la historia oficial.

15 Septiembre de 2021 13.05

La anécdota de hoy es sobre una figura de la televisión ecuatoriana que se desdobló en dos. Cuando le conocí era un personaje lleno de recursos, una imaginación inagotable, ambicioso y dotado de una enorme capacidad de persuasión. Había llegado a la ciudad de Guayaquil y no tardó en ubicarse como un vendedor eficiente en la radio local. Poco tiempo después fue contratado por un canal de televisión en el que ascendió rápidamente hasta vicepresidente de comercialización. 

Su estrategia consistía en descolocar a sus competidores cambiando las estrategias de ventas. Le acusaban de dañar el mercado y de irrespetar los acuerdos, aunque me parece que nadie respetaba los acuerdos. Era un vendedor habilísimo, mezcla de filósofo y mercachifle de feria. Me gustaba conversar con él, aunque he defendido siempre que la televisión es un negocio imposible porque obliga a entenderse a los creativos que fabrican los contenidos con los mercachifles que venden las audiencias que conquistan esos contenidos. Este amigo era un caso de excepción.

Un día me contó que, recién llegado, fue a la fábrica de focos y les dijo que tenía un envase insuperable para las frágiles bombillas de alumbrado. El envase que usan ustedes no protege la bombilla, le dijo al gerente, mientras dejaba caer al suelo su contenido que se hizo pedazos. Yo propongo, prosiguió tras la demostración, un envase sin asiento y sin tapa, ahorrará cartulina y protegerá el contenido; relataba que dejó caer el foco con el nuevo envase y lo recogió después de un pequeño rebote, abrió la caja y la bombilla estaba intacta. El secreto estaba en las paredes corrugadas que ajustaban la bombilla y amortiguaban el golpe.

Se llamaba Josué Figueroa y era peruano. Desapareció misteriosamente. Se decía que los militares le perseguían porque era espía peruano y soplaban vientos de guerra entre los dos países. En televisión fue exitoso y realizó algunas proezas, pero desapareció dejando a la empresa sin su arma secreta. Poco a poco la estación de televisión fue decayendo hasta que entró en una crisis muy severa.

Se supo, después, que estaba trabajando en Colombia, que había vuelto a la radio, y que estaba dando guerra a sus competidores.  La televisora ecuatoriana había probado, sin suerte, otros gerentes y los aires de guerra se habían disipado. Ya había nuevo gobierno y, sobre todo, la necesidad de la empresa era tal, que decidió volver el tiempo atrás y contratar para Ecuador al peruano que estaba trabajando en Colombia. 

El peruano apareció de vuelta en Ecuador, era el mismo, pero no era el mismo. Cuando se fue se llamaba Josué Figueroa, a su regreso era Carlos Nevárez. Recuerdo el día que me encontré con él y le saludé amistoso. Hola Josué, ¿cómo estás? Hola, me contestó, ya no soy Josué, soy Carlos Nevárez. Visitó una por una todas las agencias de publicidad, los medios de comunicación y los clientes especiales con el propósito de hacerles saber que Josué Figueroa se había convertido en Carlos Nevárez. La historia es verdadera, aunque se parezca a la conocida broma del tipo que se encuentra con otro y le dice: Hola Pepe, ¡cómo has cambiado! Perdone, le contesta, yo no me llamo Pepe. ¡Pues, más a mi favor! Le dice necio. 

El personaje existió, solo he cambiado los nombres, y su presencia contribuyó a orientar la historia de la televisión ecuatoriana que tantos extranjeros ha visto pasar. Carlos Nevárez murió hace muchos años, ignoro si entró al cielo con el nombre de Josué o de Carlos, o algún otro nombre.  (O)

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