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La falta de transparencia en la palabra desdice de los actores, pues al maniobrar las circunstancias con un lenguaje mal usado, arbitrario y manipulador, exteriorizan escasa solvencia moral. En definitiva, el lenguaje no es solo un medio de expresión, pero mecanismo transmisor de lo que el hombre debe ser como ente íntegro en ética.

18 Febrero de 2026 15.49

El “lenguaje” es importante para transmitir ideas y conceptos formados en la mente. A través de la palabra conocemos a la persona. En su tendencia a disertar sin mayor racionalización revela entendimientos alejados del buen sentido, ubicándola en una trinchera de contradicción con el entorno. No se trata en exclusiva de la locución privada de sindéresis, sino también de resquebrajar la necesaria ecuanimidad en el análisis de los factores influyentes socialmente. A partir de la primera mitad del siglo XX, la filosofía emprendió en una nueva manera de observar y percibir los hechos y actos de relevancia social, apartándose de la tradición metafísica imperante hasta entonces. Acaeció como consecuencia directa de los dos conflictos bélicos que sumieron a Europa y al mundo en una debacle sin precedentes.

Referimos al “movimiento analítico”, el cual desarrolla una aproximación pragmática al lenguaje de las representaciones. Su gestor más conspicuo es Ludwig Wittgenstein (1889–1951), filósofo vienés nacionalizado británico a raíz de la anexión nazi de Austria. Fue catedrático de la Universidad de Cambridge luego de la I Guerra Mundial hasta el fin de sus días. Entre otras obras, es autor de Tractatus Logico-Philosophicus y de Investigaciones filosóficas, publicada póstumamente.

Su filosofía resume la constante e inquebrantable lucha del hombre con el lenguaje, en tanto las reglas gramaticales de un idioma no siempre dan sentido a lo que pretende enunciar. El lenguaje, sugiere, está llamado a descubrir la realidad, pues el mundo lo componen los hechos, no las cosas. El lenguaje refleja la percepción de lo que somos y del rol del hombre en su comunidad.

En su crítica a la metafísica, el austriaco parte de considerar que los problemas filosóficos surgen de la incapacidad del agente para comprender cómo funciona el lenguaje. Habla de los “juegos del lenguaje”, significando que el idioma no tiene una sola esencia subyacente, mas, varias dadas por el significado asignado a ellas, según el uso y su contexto otorgante de la representación determinada. El objeto de la palabra es ese significado coordinado con el vocablo. Al ser así, es imprescindible precisar la identidad de la palabra con hechos verificables o, al menos, lógicos. Por tanto, la palabra forjada en lo etéreo carece de notabilidad a fines filosóficos. Ello obliga al silencio sobre lo no demostrable. Hablar no es obligatorio. Estúpido es quien “habla por hablar”… baste leer las majaderías transmitidas en redes sociales.

La filosofía analítica wittgensteina exige mirar hechos para entender la realidad; igual para explicarla con el lenguaje. Rechaza todo intento especulativo… aboga por el conocimiento científico. Abandona la metafísica y centra esfuerzos metódicos en el lenguaje. Es ineludible adentrar en este para arribar al “saber”. Penetrando en la palabra y en su pretensión el hombre puede develar un problema filosófico. Su aporte fue crucial para el despliegue de tesis y doctrinas filosóficas cuestionantes de las tradiciones platónicas y aristotélicas, pero también de la escolástica y el existencialismo. De hecho, algunos historiadores sostienen que el movimiento analítico implicó un “giro lingüístico” en la filosofía clásica.

Si nos limitamos a la palabra textual apartándonos de aquello tras de ella dejaremos de irrumpir en el “propósito” del dicho y, por tanto, jamás comprenderemos al parlante en su auténtica proyección. De allí que afirmar “esas o estas son mis palabras” es un típico error de los ridículos. Lo es por cuanto el lenguaje es siempre público… no existe un lenguaje privado. El inicio de cualquier análisis ontológico –que pretenda acercarse a lo que la filosofía tradicional denomina “lógica”– debe partir del lenguaje vinculado a la reflexión objetiva, imparcial, sobre los hechos. Aun cuando la filosofía, ciertamente, no es una ciencia, el movimiento analítico exige examinar los fenómenos del hábitat desde su escrupulosa observación, a ser esclarecida con un lenguaje no distorsionante.

En nuestra opinión, el mayúsculo riesgo de las ideologías afinca en su radicalización. Cuando ello sucede, los ideólogos fundamentalistas, mediante la tergiversación de la palabra –lo cual per-se es deshonesto– ajustan el lenguaje a intenciones propias, sin importar su no-coincidencia con la realidad dominante en la sociedad. El lenguaje está convocado a forjarse también sociológicamente.

El escrutinio positivo de la fenomenología social, es decir aquel allende de dogmas imaginativos, permite la adecuada caracterización de las deformidades comunitarias. Estas, a ser expuestas de forma diáfana. La falta de transparencia en la palabra desdice de los actores, pues al maniobrar las circunstancias con un lenguaje mal usado, arbitrario y manipulador, exteriorizan escasa solvencia moral. En definitiva, el lenguaje no es solo un medio de expresión, pero mecanismo transmisor de lo que el hombre debe ser como ente íntegro en ética. (O)

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