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Más que un debate técnico, esto es un debate ético. Zapatero a su zapato no es elitismo: es responsabilidad. Es reconocer que la experiencia, la especialización y la habilitación profesional existen por una razón: proteger a la sociedad de la improvisación y del atajo disfrazado de eficiencia.

18 Febrero de 2026 16.37

Vivimos en tiempos en los que la palabra especialidad debería pesar más que nunca. La sociedad es más compleja, los riesgos son mayores y la tecnología —incluida la inteligencia artificial— ha democratizado el acceso a información, pero no todavía con criterio formado para los usuarios. Y ahí está el punto: saber “buscar” o pretender “saber” no es saber “hacer” y peor aun “hacerlo bien”.

Paradójicamente, en esta era hiperconectada, seguimos viendo el triunfo del generalista improvisado. Peor aún: del “tramitador todoterreno”, ese personaje que no tiene título, no tiene habilitación, pero sí una tarjeta de presentación, un contacto “en tal ventanilla” y una frase peligrosa: “Yo se lo saco rápido”. En ese mundo, la prioridad no es la solución correcta, sino el atajo a la mediocridad ¡Cuánto enferma esta forma de actuar! Y, cuando el método es el atajo, el resultado casi siempre es el mismo: más problemas, más costos, más incertidumbre, y, claramente, un incentivo directo a la corrupción.

Lo vemos a diario. Tramitadores que se superponen al trabajo de abogados, contadores o especialistas financieros; “asesores” que redactan contratos sin entender consecuencias; “gestores” que prometen licencias sin conocer requisitos; “expertos” en impuestos que confunden deducibles o planificación tributaria con milagros; y “consultores” que, ante cualquier pregunta, responden con un copy-paste que suena elegante, pero no resiste una auditoría.

Y no se trata solo de los informales. También existe una versión corporativa del mismo problema: profesionales con formación real que, por exceso de confianza o escasez de humildad, intentan jugar fuera de su cancha. Abogados que quieren darse de expertos en materias que no conocen, maestros mayores que quieren calcular cimentaciones o elaborar planos estructurales -sin atender a las graves consecuencias que puede darse, por eso la gravedade de los desastres en terremotos por ejemplo-; arquitectos que asesoran como si fueran especialistas regulatorios, expertos en materia legal, interpretando normas y creandolas desde un punto de vista de completa ignorancia en la formación derecho; ingenieros que redactan cláusulas como si fueran expertos en derecho contractual; y financieros que creen que un Excel reemplaza la norma. La interdisciplinariedad es valiosa, sí. La suplantación técnica, no.

Pero donde el asunto deja de ser anecdótico y se vuelve grave es en la salud. Médicos que pasan por años de formación, rural, internado y especialidades, mientras conviven con personas que practican medicina de manera superficial, sin método científico, recomendando tratamientos por “intuición”, por “lo vi en redes” o porque “a mi primo le funcionó”. En medicina, el costo del error no es una multa ni un trámite caído: puede ser la vida.

Lo mismo en temas aparentemente “menores”: electricidad, gas, estructuras, ciberseguridad. Ahí está el “amigo que instala cámaras” pero deja una red abierta; el que “configura el sistema” y no cifra nada; el que “arregla el tablero” y convierte una casa en un riesgo. Y cuando algo falla, el afectado siempre es el cliente final: el ciudadano, el contribuyente, el consumidor, el paciente.

Por eso, más que un debate técnico, esto es un debate ético. Zapatero a su zapato no es elitismo: es responsabilidad. Es reconocer que la experiencia, la especialización y la habilitación profesional existen por una razón: proteger a la sociedad de la improvisación y del atajo disfrazado de eficiencia.

La tecnología puede acelerar procesos, pero no debe reemplazar la formación. La inteligencia artificial puede apoyar decisiones, pero no sustituir el juicio profesional. Y el mercado puede buscar rapidez, pero NUNCA, NUNCA, normalizar la trampa fomentar la corrupción, eso no es lo que debemos enseñar a nuestors hijos y dejar a nuetra sociedad, ya de por si putrefacta en muchas áreas.

Al final, el mensaje es sencillo (y muy serio, aunque nos saque una sonrisa): si quieres que el zapato no te apriete, deja que lo haga un zapatero. Zapatero a su zapato. (O)

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