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Estados Unidos en la guerra: entre valores declarados y poder real

Isabel Muñoz

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Estados Unidos no es el villano absoluto que algunos denuncian, pero tampoco es el garante desinteresado que a veces pretende ser. Es una potencia que elige, prioriza y actúa en función de un equilibrio incómodo entre principios y poder.

8 Mayo de 2026 13.48

En cada guerra donde interviene Estados Unidos, hay dos relatos que compiten por imponerse. El primero habla de democracia, libertad y derechos humanos. El segundo, menos cómodo pero más constante, revela una lógica de poder: intereses estratégicos, influencia global y decisiones que rara vez son neutrales. El problema no es que existan ambos relatos; el problema es que no siempre coinciden.

Durante décadas, Estados Unidos ha construido su identidad internacional como garante del orden global. Y sería un error descartar por completo ese rol. La defensa de ciertos valores como: elecciones libres, libertades civiles, presión internacional frente a abusos, ha tenido efectos reales y, en muchos casos, positivos. Desde una mirada de centro izquierda, reconocer esto no es ingenuidad; es rigor. Los valores importan. Pero lo que incomoda no es el discurso, sino la distancia entre ese discurso y la práctica.

Porque en la práctica, Estados Unidos no interviene donde más se necesita, sino donde más le conviene. El acceso a recursos, la estabilidad de regiones clave y la competencia con potencias como China y Rusia pesan tanto o más que cualquier principio. Y ahí aparece el punto que muchos evitan decir con claridad: no todas las crisis valen lo mismo en el tablero internacional.

El contraste es evidente. La respuesta frente a la guerra en Ucrania mostró una capacidad de acción rápida, coordinada y sostenida. Sanciones económicas, apoyo militar y alineamiento político llegaron con una velocidad difícil de ignorar. Pero esa misma urgencia no se replica en otros conflictos donde también hay vidas en juego. No es solo una cuestión de recursos, es una cuestión de prioridad. Y las prioridades, en política exterior, rara vez son neutrales.

¿Es esto hipocresía? A veces sí. Pero reducirlo solo a eso también simplifica un problema estructural. La política global al igual que la vida misma no se mueve en blanco y negro, y cada intervención implica riesgos reales: escaladas militares, desestabilización regional, costos humanos y económicos. El punto no es exigir pureza moral, eso no existe en geopolítica, sino coherencia suficiente para sostener la credibilidad.

Ahí es donde el debate se vuelve incómodo. ¿Debe una potencia intervenir para frenar violaciones de derechos humanos? ¿O debe abstenerse para respetar la soberanía? La respuesta fácil es elegir un lado. La respuesta responsable es aceptar que ninguna de las dos opciones, por sí sola, es suficiente. Una postura no se define por decir “sí” o “no” a la intervención, sino por establecer condiciones claras: legitimidad internacional, transparencia, proporcionalidad y, sobre todo, un objetivo que vaya más allá del corto plazo.

Intervenir no debería ser sinónimo de dominar. Debería ser, en todo caso, una acción respaldada por marcos multilaterales como los de la Organización de las Naciones Unidas, donde la responsabilidad se comparte y el poder se equilibra. Sin ese marco, cualquier intervención, por bien intencionada que se presente, corre el riesgo de convertirse en imposición.

Estados Unidos no va a dejar de ser una potencia central. La pregunta relevante no es si debe influir en los conflictos globales, sino si está dispuesto a hacerlo bajo reglas que también lo limiten. Porque el verdadero liderazgo no se mide solo por la capacidad de actuar, sino por la capacidad de hacerlo sin contradicciones evidentes.

Hoy, el mayor desafío para Estados Unidos no es militar ni económico; es de credibilidad. No basta con defender valores en el discurso si en la práctica se aplican de forma selectiva. No basta con invocar la democracia si las decisiones se perciben como estratégicamente convenientes más que éticamente consistentes.

Estados Unidos no es el villano absoluto que algunos denuncian, pero tampoco es el garante desinteresado que a veces pretende ser. Es una potencia que elige, prioriza y actúa en función de un equilibrio incómodo entre principios y poder. Y en ese equilibrio se define mucho más que su política exterior: se define el tipo de orden internacional que está ayudando a construir.

Porque al final, la pregunta no es si Estados Unidos interviene demasiado o demasiado poco. La pregunta es más incómoda: ¿interviene donde debe, o donde le conviene? Y mientras esa respuesta siga inclinándose hacia lo segundo, el discurso de valores seguirá siendo, al menos en parte, una promesa incompleta. (O)

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