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El estreno mundial de su Sinfonía del Centenario, cien años después de compuesta, medio siglo después de muerto su autor y en pleno Bicentenario, es un hito de la cultura del Ecuador. La Orquesta Sinfónica Nacional debe dar a esta pieza mucha atención, incorporarla en su repertorio con la importancia que tiene, interpretarla a lo largo de este año en diversos escenarios y mantenerla, en el futuro, como obra a tocarse en ocasiones especiales.

27 Abril de 2022 14.54

Cuando murió, el 20 de abril de 1970, esa sinfonía suya no se había interpretado jamás. La había compuesto, con pasión, 48 años antes y había ganado el concurso de bandas, incluso había recibido el premio correspondiente, pero nunca la oyó sonar con orquesta. Francisco Salgado Ayala la llamó simplemente “Sinfonía Número 1”, y con esa composición para banda ganó el concurso promovido por la Junta del Centenario de la Batalla del Pichincha en 1922, uno de los muchos actos que se organizaron entonces para conmemorar el primer siglo de la libertad. Tres años después, Salgado llenó más de 100 folios de notación musical adaptando su pieza para orquesta sinfónica. Luego de su muerte, esa partitura se traspapeló.

¿Se perdió para siempre? Por suerte para la cultura ecuatoriana, no. Porque en 2019 las investigaciones de Gustavo Lovato y sus alumnos permitieron encontrarla en los papeles de la familia Salgado. Lovato, músico profesional y gestor cultural, digitalizó esa partitura y la obra será interpretada en estreno mundial el 19 de mayo por la Orquesta Sinfónica Nacional, en un concierto que se celebrará en la iglesia de la Compañía, tal vez el acto cultural más significativo de las conmemoraciones bicentenarias. 

Francisco Salgado Ayala fue un prolífico pianista, compositor, director de bandas, maestro de música. Nacido en Cayambe el 1 de marzo de 1880, vivió desde los seis años en Quito, donde murió de 90. Estudió en la legendaria escuela de El Cebollar, en la que los Hermanos Cristianos le inculcaron el amor por la música y, en especial, por el piano, a cuya práctica dedicó desde entonces todas sus horas libres. A los 12 años entró al postulantado franciscano, en el magno convento de esa orden en Quito, pasando después a ser novicio. Allí ya compuso himnos religiosos y pequeñas piezas musicales y, además, aprendió latín, griego, francés e italiano y recibió una sólida formación humanista que le abrió al mundo de lo clásico y lo moderno. Sin embargo, enfermó y salió a reponerse en su casa. Sus padres quisieron que convaleciera en Cayambe y aquello fue crucial, pues decidió no volver al convento. En la iglesia parroquial de Cayambe, donde se enroló como maestro de capilla, interpretaba la música sacra en las funciones religiosas y, estrenaba, de vez en cuando, para delicia del pueblo, varias composiciones propias. Se casó con Bethsabé Torres, adelantando su matrimonio eclesiástico para no tener que hacerlo por lo civil, que empezaría a ser obligatorio desde el 1 de enero de 1901, pues se creía que era un desacato a la religión.

Pero además del Registro Civil, Eloy Alfaro iba a hacer otra obra en 1901 que sí atrajo al joven cayambeño: la nueva fundación (después de la de García Moreno) del Conservatorio Nacional de Música, al que ingresó en 1905, trasladándose a vivir en Quito.  Ya no volvería a Cayambe sino de vacaciones. En el conservatorio fue alumno de Domingo Brescia, gran músico italiano, contratado en Chile por el gobierno ecuatoriano para que dirigiera el conservatorio; de José Maria Behovide, músico español, y de Enrique Nieto. Allí, con mayores conocimientos de armonía, contrapunto y teoría, compuso música de pequeño formato, en los ritmos tradicionales del Ecuador como sanjuanitos, albazos y pasillos, y en los  europeos como valses, polonesas, mazurcas y minuetos. Desde 1910 fue ayudante del director Brescia y pronto dictó cursos de piano, instrumento del que fue nombrado profesor titular en 1917. 

Desde 1920 dirigió la banda de música del Regimiento de Artillería Bolívar con sueldo de capitán asimilado. Con esa banda precisamente interpretó la sinfonía en cuatro movimientos que ganó el primer premio en el centenario de la batalla del Pichincha. Ha habido historiadores musicales del Ecuador que han dicho que por tratarse de música para banda no se la puede considerar sinfonía; pero el descubrimiento de Lovato de la partitura para orquesta demuestra lo contrario: la Sinfonía No 1 de Francisco Salgado es la primera sinfonía compuesta por un ecuatoriano (tal vez no la primera compuesta en el Ecuador, porque esa sería la “Sinfonía Ecuatoriana” de Domingo Brescia, estrenada en 1907 en el teatro Sucre, según Pablo Guerrero).

Lovato describe la sinfonía de Salgado como una composición épica. “Tiene pasajes de marchas, reminiscencias de himnos, mucha percusión. Es muy bonita”, me dijo al teléfono este lunes al devolverme la llamada porque yo quería conocer la historia. Por otro lado, Alfonso Espinosa, subsecretario de Patrimonio, me contó que el Ministerio de Cultura ha convocado por este Bicentenario a un nuevo concurso de composición musical, del que ya hay ganadores, de manera que en el concierto se interpretarán esas piezas contemporáneas y la sinfonía de Salgado, la que yo llamo Sinfonía del Centenario.

Y ya que estamos, vale la pena conocer algo más de Francisco Salgado. Tuvo nueve hijos, siendo los dos mayores, grandes músicos y compositores: Gustavo, que además fue y diplomático de carrera, y Luis Humberto, el mayor músico académico del Ecuador del siglo XX (la colaboración de estos dos hermanos es muy notable, pero no tengo espacio para incluirla aquí).

El padre de los dos, Francisco, mantuvo siempre nutrida correspondencia con músicos extranjeros y publicó partituras en el exterior. La calidad de la banda del Bolívar hizo que le llamaran a organizar y dirigir otras bandas, como la del batallón Yaguachi. En 1932, tras la Guerra de los Cuatro Días, la Artillería Bolívar fue disuelta y Francisco perdió su cargo. Pero tuvo siempre otras actividades: entre 1931 y 1935 dirigió la Orquesta de la Compañía Nacional de Ópera, y de 1937 a 1939 fue exigente director de su alma mater, el Conservatorio Nacional de Música. En 1936 se separó de su esposa, de quien luego se divorció para casarse con Maruja Aguirre Olivo. En 1940 fue a Cuenca como subdirector del conservatorio y entre 1949 y  1953 a Loja como director de la Escuela de Música de la universidad. Se jubiló en 1954, pero no dejó de componer y revisar sus antiguas partituras. A lo largo de su vida compuso preludios y fugas, un cuarteto para cuerdas, dos conciertos para piano y orquesta, tres sinfonías de cuatro tiempos cada una, dos misas para órgano y voces masculinas, y varios motetes. De su vida y su obra se podrá conocer mucho más con la biografía de próxima aparición “Francisco Salgado, oído distinto” de Guillermo Meza, que lo está editando mi colega de la Academia de la Lengua, Álvaro Alemán, un libro que revalorizará la memoria de este gran músico ecuatoriano, hoy casi olvidado.

El estreno mundial de su Sinfonía del Centenario, cien años después de compuesta, medio siglo después de muerto su autor y en pleno Bicentenario, es un hito de la cultura del Ecuador. La Orquesta Sinfónica Nacional debe dar a esta pieza mucha atención, incorporarla en su repertorio con la importancia que tiene, interpretarla a lo largo de este año en diversos escenarios y mantenerla, en el futuro, como obra a tocarse en ocasiones especiales. Y también deben incorporarla e interpretarla las otras orquestas sinfónicas del país. No es para menos. (O)

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