Mi padre me ayudó a construir mi primera biblioteca.
No recuerdo cuándo empezó, ni que mi padre dijera alguna vez "vamos a formar una biblioteca". Entre las urgencias de sacar adelante a una familia, los libros fueron llegando a casa y allí se quedaron.
Recuerdo Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez; Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes; El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas; El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez; El principito, de Antoine de Saint-Exupéry; los cuentos de los hermanos Grimm; Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, y Corazón, de Edmondo De Amicis. También había libros bastante menos amables con la infancia, como El diario de Ana Frank o Crimen y castigo, de Fiódor Dostoyevski.
Visto desde hoy, aquello era una mezcla maravillosa y algo caótica.
No voy a fingir que el niño que fui entendía a Dostoyevski. Algunos libros los leí con entusiasmo, otros los hojeé y alguno pasó años acumulando polvo hasta que le llegó su momento. Pero estaban ahí. Mi padre no llenaba un mueble: me ayudaba a construir mundos.
Un trato con Amelié
Estos días, a pocas semanas de que mi hija Amelié cumpla doce años, me descubrí haciendo algo que inevitablemente me recordó a él.
Amelié quería un premio por su cumpleaños. Y yo vi una oportunidad.
Hicimos un trato. Para conseguirlo tendría que terminar uno de los libros de la serie Harry Potter que, por su extensión, suponía para ella un esfuerzo lector importante. Había una segunda condición: después tendría que contarme por escrito qué había leído.
Aceptó. Y cumplió.
Cuando tuve delante aquella hoja descubrí un texto inequívocamente suyo. La ortografía todavía tenía algunas batallas pendientes. Las letras crecían y disminuían sin demasiado respeto por la geometría y ciertas frases parecían escritas con la urgencia de quien teme que la siguiente idea se le escape.
Pero allí había algo mucho más interesante. Hogwarts era "la escuela de magia más cool del mundo". Hermione era muy lista y amaba leer. Harry, Ron y Hermione ocupaban un lugar privilegiado en su reconstrucción de la historia.
Después de recorrer hechizos, amistades, peligros y piedras filosofales, Amelié consideró que ya había escrito suficiente y remató la página con un:
"¡Colorín colorado, este resumen se ha acabado!"
Y una enorme cara sonriente.
Me reí. Después volví a mirar la hoja.
Yo había creado un incentivo para que mi hija terminara un libro y se ganara un premio. Ella había hecho algo más importante: había entrado en una historia, había permanecido días dentro de ella y, al salir, había conseguido reconstruirla con sus propias palabras.
El extraño esfuerzo de permanecer
Actualmente apoyo a una organización española que me permite compartir actividades cotidianas con adolescentes y jóvenes. Allí he vuelto a encontrar algo que durante años había observado desde la educación: la resistencia que puede provocar enfrentarse a un texto relativamente largo. No necesariamente porque no puedan leer. A veces parece, sencillamente, que permanecer demasiado tiempo delante de un texto se ha convertido en un esfuerzo.
Y sería muy cómodo responsabilizar a los jóvenes. Miremos alrededor.
Los adultos contestamos mensajes mientras mantenemos una conversación. Saltamos de una aplicación a otra. Escuchamos audios acelerados. Un vídeo dispone de unos segundos para convencernos de que merece nuestra atención. Leemos un titular y a veces sentimos que ya conocemos la noticia.
Vivimos en una cultura de la velocidad. Las redes no inventaron nuestra impaciencia, pero se llevan muy bien con ella. El problema aparece cuando trasladamos esa lógica a nuestra relación con el conocimiento: queremos informarnos rápido, aprender rápido, responder rápido y, tal vez lo más peligroso, comprender rápido.
Un buen libro no encaja con nada de eso: hay personajes que tardan cincuenta páginas en revelarse, ideas que obligan a volver al párrafo anterior, historias que arrancan despacio. Palabras desconocidas. Silencios.
Leer exige algo que empieza a escasear: permanecer.
Lectolúdica: comprender antes que acelerar
Esta reflexión me devuelve a Lectolúdica, un emprendimiento argentino-español impulsado por Natalia Di Piazza que tuve la oportunidad de acompañar durante varios meses como mentor en la Red de Mentores de Madrid Emprende.
Me interesó desde el principio porque detrás de su propuesta de acompañamiento a la lectoescritura infantil había una idea sencilla y a contracorriente: aprender a leer tampoco debería ser una carrera contra el reloj.
En una época obsesionada con anticipar resultados, con que los niños hagan más cosas y las hagan cada vez antes, su propuesta devuelve la atención al proceso: acompañar la adquisición de la lectura y la escritura respetando secuencias, incorporando el juego y evitando confundir velocidad con aprendizaje.
Cuando reflexioné sobre su modelo encontré una frase que todavía me parece válida:
No se trata de hacer más rápido. Se trata de hacer mejor.
Ahora añadiría algo. El gran desafío educativo no consiste únicamente en conseguir que nuestros hijos sepan leer. Consiste en conseguir que alguna vez quieran leer cuando nadie se lo está pidiendo.
Leer por placer no parece ser una pérdida de tiempo
La investigación también tiene algo que decir.
Sullivan y Brown (2015), con datos longitudinales del British Cohort Study, estudiaron una muestra analítica de 3.583 personas y encontraron asociaciones entre la lectura por placer y el progreso posterior en vocabulario y matemáticas. Hay que leerlo con cautela: una asociación longitudinal no demuestra por sí sola una relación causal.
Pero hay otra investigación que me hizo mirar de manera diferente el pequeño resumen de Amelié.
Graham y Hebert (2010), en Writing to Read: Evidence for How Writing Can Improve Reading, sintetizaron mediante metaanálisis la evidencia disponible sobre las relaciones entre escritura y lectura. Entre las prácticas que identificaron como efectivas para mejorar la lectura se encuentra precisamente hacer que los estudiantes escriban sobre los textos que han leído: resumirlos, responder preguntas, tomar notas o elaborar por escrito sus ideas. Los autores advierten, además, que escribir no sustituye una buena enseñanza de la lectura; ambas prácticas se complementan.
Entonces mi pequeña negociación de cumpleaños adquirió otro significado. Para escribir aquella página, Amelié tuvo que recordar, seleccionar, ordenar e interpretar lo que había leído para después contarlo con sus propias palabras.
Había convertido lo leído en algo suyo.
Los libros también construyen futuros
Hay otra conexión que me interesa especialmente por mi trabajo en orientación vocacional.
Durante años he acompañado a jóvenes intentando responder una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué quiero estudiar? Podemos evaluar intereses, aptitudes, personalidad, expectativas y alternativas educativas. Podemos analizar universidades, carreras y empleabilidad. Todo eso importa.
Pero existe una condición anterior que a veces olvidamos: para elegir entre diferentes futuros, primero tenemos que ser capaces de imaginarlos. Y ahí la lectura abre una puerta fascinante.
Richardson y Eccles (2007) estudiaron la lectura voluntaria durante la adolescencia a partir de entrevistas cualitativas vinculadas a seis oleadas de datos longitudinales. Su trabajo muestra cómo la lectura puede proporcionar espacios para explorar identidades y aspiraciones educativas. Los autores utilizan un concepto especialmente sugerente para quienes trabajamos en orientación: los possible selves, esos "yoes posibles" mediante los cuales imaginamos aquello que podríamos llegar a ser.
La idea dialoga con la psicología vocacional contemporánea. Savickas y sus colaboradores (2009), desde el paradigma del Life Design, plantean la construcción de la carrera dentro de procesos de significado, identidad y adaptación; Savickas (2012) profundiza después en el uso de las pequeñas historias personales para construir y reconstruir narrativamente una trayectoria vital y profesional.
Por eso me pregunto cuántas vocaciones empezaron entre las páginas de un libro.
Claro que leer El conde de Montecristo no vuelve abogado a nadie. Lo que hace un libro es más sutil: nos deja habitar otras vidas por un rato. Nos acerca a científicos, médicos, exploradores, artistas, periodistas, emprendedores, investigadores; también a personas de otros países, otras épocas y otras maneras de comprender el mundo.
Y es difícil querer convertirse en aquello que nunca hemos podido imaginar.
Hagamos una cruzada
Por eso propongo una cruzada. No contra TikTok, Instagram, los videojuegos o la inteligencia artificial: la nostalgia tecnológica suele producir pésimas estrategias educativas. Propongo algo más difícil: una cruzada a favor de los libros.
Que vuelvan a estar al alcance de nuestros hijos. Que nos vean leer. Entremos con ellos en una librería sin que exista necesariamente una tarea escolar detrás. Regalemos historias. Recuperemos las bibliotecas. Aceptemos incluso que abandonen algún libro insoportable hasta encontrar aquel que les haga decir: un capítulo más.
Y cambiemos también algunas preguntas. En lugar de preguntar siempre "¿cuál es la enseñanza del libro?", probemos con "¿quién te cayó mal?", "¿qué personaje te gustaría ser?", "¿qué habrías hecho tú?" o "¿cambiarías el final?".
Y, de vez en cuando, pidámosles que escriban. Con tachones, con faltas de ortografía y con letras gigantes. Incluso llamando a Hogwarts "la escuela de magia más cool del mundo".
La ortografía se puede corregir. Las ganas de contar algo conviene no corregirlas demasiado pronto.
De mi padre a mi hija
Décadas después, aquel niño dedica buena parte de su vida profesional a acompañar a jóvenes que intentan imaginar qué hacer con la suya. Y su hija termina un Harry Potter, escribe un resumen imperfecto y dibuja una enorme sonrisa al final.
Un abuelo, un padre, una nieta y algunos libros pasando en silencio de una generación a otra.
En un mundo que nos invita permanentemente a deslizar el dedo hacia lo siguiente, quizá nuestra pequeña rebelión consista en enseñar a nuestros hijos a quedarse.
A pasar una página más. A imaginar.
Si leer un buen libro se está convirtiendo en una costumbre añeja, entonces ha llegado el momento de reivindicar algunas cosas añejas.
Hagamos una cruzada. Yo ya sé por dónde empezar: con una pequeña biblioteca, como hizo mi padre. (O)