Hay días en los que una siente que puede con todo. Trabaja, contesta mensajes, va a reuniones, tiene mil ideas y todavía le queda energía al final del día. Y hay otros en los que hacer exactamente lo mismo cuesta el doble. Concentrarse, levantarse temprano, estar de buen humor en una reunión a las ocho de la mañana... todo se siente diferente. Normalmente pensamos que es cansancio, estrés, falta de sueño o simplemente un mal día. Pero hay algo que pocas veces ponemos sobre la mesa cuando hablamos de mujeres y trabajo: el ciclo menstrual.
Y no, no quiero decir que las mujeres debamos trabajar menos algunos días del mes. Tampoco que exista una especie de calendario perfecto que nos diga cuándo debemos crear, negociar, presentar un proyecto o quedarnos tranquilas en casa. De hecho, la ciencia no es tan categórica como muchas cuentas de redes sociales nos hacen creer. El ciclo menstrual tiene cuatro fases: menstrual, folicular, ovulatoria y lútea. Durante ellas cambian principalmente los niveles de estrógeno y progesterona y, con ellos, pueden cambiar también algunas cosas que sí afectan nuestra experiencia diaria: energía, sueño, apetito, estado de ánimo o síntomas físicos.
La primera fase es la menstruación. El primer día de sangrado marca el inicio de un nuevo ciclo. Para algunas mujeres esos días pasan casi desapercibidos. Para otras significan cólicos, dolor de cabeza, cansancio, inflamación o dificultad para concentrarse. Y aquí aparece algo que me parece especialmente interesante cuando hablamos de trabajo. No siempre se trata de que una mujer falte. Muchas veces está ahí. Un estudio publicado en BMJ Open, realizado con más de 32.000 mujeres, encontró que el 80,7% había experimentado una disminución de productividad mientras trabajaba o estudiaba durante su periodo. Además, la pérdida de productividad relacionada con trabajar con síntomas fue mayor que la asociada a ausentarse. Es decir, podemos estar sentadas frente a nuestro computador, conectadas a una reunión y cumpliendo con nuestro horario, pero eso no significa necesariamente que estemos funcionando igual que cualquier otro día.
Después llega la fase folicular. Termina la menstruación, aumenta el estrógeno y el cuerpo empieza a prepararse para la ovulación. Es la fase que se ha popularizado como el momento de mayor energía y creatividad. Pero aquí hay que tener cuidado. Una revisión reciente de más de 100 estudios sobre ciclo menstrual y rendimiento cognitivo no encontró evidencia sólida de que la memoria, la atención, la creatividad o las funciones ejecutivas cambien de manera sistemática dependiendo de la fase del ciclo. Me gusta este dato porque pone un poco de orden en una conversación que a veces se ha ido demasiado lejos. No necesitamos otra lista de cosas que deberíamos estar haciendo "bien" como mujeres.
La ovulación tampoco significa que automáticamente seamos más seguras, sociables o buenas negociando. Algunas mujeres pueden sentirse así y otras no. Ocurre aproximadamente a mitad del ciclo, cuando un aumento de la hormona luteinizante provoca la liberación del óvulo, pero no todas ovulamos el mismo día ni tenemos ciclos iguales. Y después viene la fase lútea. Tras la ovulación aumenta la progesterona y, si no hay embarazo, las hormonas vuelven a bajar antes de comenzar un nuevo ciclo. Es hacia el final de esta fase cuando algunas mujeres sienten con más intensidad el síndrome premenstrual: cansancio, cambios de ánimo, alteraciones del sueño, apetito o dificultad para concentrarse.
Cuatro fases. Cuatro momentos diferentes de un mismo proceso biológico. Y entonces aparece una pregunta que para mí es mucho más interesante que saber en qué fase somos más productivas: ¿por qué asumimos que nuestra energía debería ser constante?
El mundo laboral está construido alrededor de esa idea. Ocho horas al día, cinco días a la semana. Reuniones, correos, llamadas, objetivos, entregas. Y se espera que nuestro nivel de concentración, paciencia y creatividad sea prácticamente el mismo un lunes a las nueve de la mañana que un viernes a las cinco de la tarde. Pero sabemos que no funciona así. Dormimos distinto, tenemos días buenos y malos, pasamos por momentos de estrés, nos enfermamos, tenemos responsabilidades familiares y atravesamos diferentes etapas de nuestra vida. Somos seres humanos, no máquinas. El ciclo menstrual simplemente hace más evidente esa realidad.
Por eso creo que la conversación no debería ser si las empresas tienen que empezar a organizar el trabajo según la menstruación de sus empleadas. Sería demasiado simplista. La conversación debería ser sobre autonomía, sobre flexibilidad y sobre dejar de medir productividad únicamente por presencia y horas conectadas. Porque si una mujer puede organizar mejor su trabajo sabiendo cuándo suele tener más energía o cuándo necesita bajar un poco el ritmo, ¿por qué no hacerlo?
Y esto no significa que todas debamos trabajar igual. Una puede sentirse perfectamente durante todo el mes. Otra puede tener síntomas fuertes durante su menstruación. Otra puede notar cambios antes de que llegue el periodo. Otra puede no identificar ningún patrón. Conocernos también significa entender que no existe una experiencia femenina única.
Quizás el error está en querer convertir el ciclo menstrual en otra herramienta de optimización. Otra aplicación que nos diga cuándo trabajar, cuándo entrenar, cuándo comer y cuándo ser productivas. No necesitamos eso. Quizás basta con escuchar un poco más al cuerpo.
Durante años hemos hablado de cerrar la brecha salarial, de liderazgo femenino, de conciliación y de igualdad de oportunidades. Todos son temas fundamentales. Pero también deberíamos preguntarnos si estamos construyendo espacios de trabajo donde las personas puedan rendir bien sin tener que fingir que todos los días son iguales. El ciclo menstrual no debería ser una desventaja ni algo que las mujeres tengan que esconder. Pero tampoco debería convertirse en una excusa para subestimar nuestra capacidad.
Puede ser, simplemente, información. Información para conocernos mejor, para entender nuestros propios patrones y, cuando sea posible, organizar mejor nuestra energía. Porque quizá ser productivo no significa mantener siempre el mismo ritmo. Quizá también significa saber cuándo podemos acelerar, cuándo necesitamos concentrarnos y cuándo toca bajar un poco la velocidad.
Nuestra energía nunca fue una línea recta. Tal vez ya es hora de que el mundo deje de tratarla como si lo fuera. (O)