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El libro es la tabla de salvación para no olvidar. Es la evidencia de que quienes escriben encuentran en la vida misma y en su vocación la razón para ser más, para no descender ni degradarse, para luchar, para decir.

28 Octubre de 2026 14.59

Silencioso e inmutable. Testigo de piedra; proclama contra los abusos, memoria casi imposible de borrar, el libro es, quizá, la más importante invención de la humanidad; el refugio de las ideas; la partida bautismal de los derechos; la proclama de las libertades; el argumento de los ideólogos. Además de todo eso, es el recurso de racionalidad que le queda a la gente para llenar sus horas, afianzar sus convicciones, estudiar y comprender o, simplemente disfrutar, solazarse más allá de la coyuntura.

El libro, además, puede ser el compendio de los dogmas, la estructura escrita de las utopías. Puede ser la consigna y el fetiche, el testimonio certero de la verdad o la confesión de los recursos del poder; puede ser El Principito o los versos de Machado,  El Príncipe de Maquiavelo o el Quijote, la Biblia o El Corán, las crónicas antiguas o las novísimas mediocridades; puede ser la novela o el cuento, la doctrina de dominación o la teoría de la libertad, puede ser Hayek o Marx, Sartre o Raymond Aron; la literatura o la historia; García Márquez o Vargas Llosa, el Nobel o el anónimo aspirante a cualquier premio, o el testimonio del que  escribe para combatir el olvido y el silencio, para decir la verdad o para negarla. El libro es como el hombre, puede apelar a la grandeza o quedarse en la mediocridad, puede copar las librerías o someterse al silencio del hogar, o inundar las universidades y conmover a los comentaristas. Todo eso y mucho más es el libro.

 El libro es la tabla de salvación para no olvidar. Es la evidencia de que quienes escriben  encuentran en la vida misma y en su vocación la razón para ser más, para no descender ni degradarse, para luchar, para decir. El libro es el signo que distingue a los que exploran y descubren, a los preguntan y cuestionan, en contraste con los que solo consumen y se conforman; para distinguir entre los que creen que primero son los valores y después los intereses,  y aquellos que aceptan sin reparo lo que les dicen y les venden. La diferencia marca  el afecto al libro.

El libro pone de manifiesto la lógica maniqueísta que anima al mundo: buenos y malos, negros y blancos. Si el libro suscita debate contra el poder, los escritores y los lectores se convierten en seres sospechosos, en subversivos potenciales y enemigos latentes. Cuando eso ocurre, todos ellos se transforman en herejes. Entonces, según cuenta la historia, los libros se prohíben, se empastelan o clausuran las imprentas, se secuestran ediciones peligrosas, o se aplica el novísimo recurso de la cancelación. 

Grandes quemas de libros hicieron los inquisidores españoles. Los frailes dominicos y franciscanos hicieron autos de fe contra los códices aztecas, destruyeron los monumentos y los recuerdos. Los nazis pretendieron hacer cenizas de la memoria de los judíos. Las dictaduras latinoamericanas, en sus estilos ramplones y torpes, imitaron semejantes prácticas. El libro siempre fue peligro recurrente.

 Las múltiples versiones de "Yo el Supremo" de que está llena la historia, vieron en el libro al enemigo, al tenebroso conspirador, al venenoso testigo. Todos los "supremos",  cada cual a su turno, ya sea Stalin, ya Pinochet, o  los militares argentinos, o los soviéticos o  los cubanos, condenaron a la hoguera, o a la incautación, las publicaciones que  eran incómodo testimonio de la verdad, o evidencia de que, pese al miedo, hay quienes no renuncian a ejercer la libertad, ni abdican de la posibilidad de pensar, de hablar, de creer. Y de leer.

¿Seguirá el libro como testimonio y herramienta de conocimiento, como expresión de libertad? ¿Podrá la tecnología superarlo o suprimir su presencia?  (O)

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