Hace unos meses escribí un artículo que hablaba del rechazo de los absolutos. Hablé específicamente de ejemplos relacionados con la izquierda y la derecha en la política latinoamericana. Lo que buscaba con esto era mostrar el rechazo a los extremos. Lo fascinante de esto es que, aunque el rechazo es el mismo, es un rechazo a dos cosas totalmente distintas. Muchos argumentan que los extremos políticos tienen muchas similitudes, pero yo aún creo que las diferencias son mayores que dichas similitudes, al menos en América Latina.
Así como hay "la extrema izquierda" y "la extrema derecha", hay varios ejemplos más de dicotomías parecidas. Hoy vengo a hablar de otra de estas, específicamente de "la ideología" y de "la práctica".
En política, al menos a mis veintiún años, tiendo a optar por el centro, o por lo menos eso dice un cuestionario que tomé en internet. Lo hice con un amigo hace unos meses. Él se autoproclamaba como un ser conservador y de derecha, pero al realizar el cuestionario resultó que este buen amigo mío, al que estimo mucho, por cierto, también optaba por una política centrista. El cuestionario incluía preguntas audaces y valiosas que llevan a uno a formar fuertes opiniones que pueden esclarecer dónde se encuentra uno en el espectro político. Aunque existen varios cuestionarios acerca de distintos otros temas, no encontré un cuestionario que mida qué tan ideológico versus qué tan práctico soy, pero pienso que en este espectro opto menos por el centro.
En general, tiendo a favorecer la práctica. Eso sí, reitero el título de mi anterior artículo, "El fracaso de los absolutos". Favorezco la práctica, pero me niego a descartar la ideología del todo. De hecho, muchas veces la práctica viene, o vino en algún punto, de la ideología.
Cuando surge este tema en alguna conversación, tiendo a explicar mi postura con un ejemplo: el de la concesión de carreteras en Ecuador. Ideológicamente, no estoy de acuerdo con la concesión de carreteras. En la práctica, sí lo estoy.
¿Por qué favorezco la práctica?
Cuando el Estado concesiona una carretera se la entrega, usualmente por un amplio plazo de tiempo, a una compañía privada que se encarga de mantener la carretera. Dichas compañías mantienen las carreteras, no por pura bondad, sino porque obtienen ingresos del cobro de peajes. La compañía trabaja con las autoridades competentes para establecer un contrato que dicta las condiciones de mantenimiento de la carretera. Siempre y cuando la compañía esté llevando esta labor de acuerdo a lo pactado en el contrato, puede gozar de utilidades generadas por, entre otras cosas, los peajes de las carreteras.
Hasta ahora todo parece estar en regla. Hay varias carreteras en Ecuador que existen bajo este modelo. ¿Cuál es el dilema? Técnicamente, el gobierno, ya sea el del país, la provincia o la ciudad, podría manejar, de forma pública, la misma carretera y así poner los mismos peajes y generar las mismas utilidades a favor del Estado. Hipotéticamente, dichas utilidades podrían ser reinvertidas en salud, educación o cualquier otro sector que el gobierno considere como beneficioso (en vez de que generen utilidad para una compañía privada). Claro, cobrar los mismos peajes no garantiza obtener las mismas utilidades: el Estado lograría un resultado equivalente solo si administrara la carretera con costos y condiciones comparables.
Esto hace que sea fácil entender el argumento que se opone a las concesiones de carreteras. En teoría, el gobierno podría hacer lo mismo que hace una compañía privada: generar utilidades y así reinvertirlas en obras para beneficio de la ciudadanía. Si hay algo en lo que todos estamos de acuerdo, es que al gobierno no le vendría nada mal tener más dinero para invertir en salud, educación o en cualquier programa social.
Entonces, ¿por qué el gobierno acepta y otorga una concesión que limita totalmente la posibilidad de realizar una reinversión de cualquier utilidad generada por peajes?
Resulta que la situación hipotética que discutí anteriormente no funciona en realidad.
Esto es evidente en el caso de Ecuador. He recorrido más del 50% de las provincias de Ecuador por carretera. Salvo pocas excepciones, cuando se aproxima el letrero que dice "fin de tramo concesionado", uno ya sabe lo que se viene. La carretera pasa de ser una carretera en buen estado a una bochornosa mezcla de asfalto y baches que dice llamarse carretera.
Las carreteras concesionadas, al menos la mayoría, están en estado prístino y, paradójicamente, le ahorran al Estado un sinfín de problemas. Es fácil entender por qué, ideológicamente, estas carreteras pueden ser difíciles de justificar. En la práctica, los beneficios son fáciles de ver y sentir.
Dicho eso, ojalá algún día lo ideológico se convierta en lo práctico. Ojalá algún día la carretera del Estado pueda llegar a estar al nivel de una concesionada. Ojalá algún día el Estado tenga tan buenas carreteras que pueda generar utilidades de estas y luego reinvertir dichas utilidades. Por ahora, seguiré, en la mayoría de los casos, favoreciendo la práctica sobre la ideología. El argumento es simple y se extrapola a más ejemplos de los que uno pensaría. (O)