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La inteligencia artificial como tecnología de propósito general

Aldo Salinas

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El desafío que plantea la inteligencia artificial no será únicamente aprovechar su potencial económico, sino también adaptar las instituciones y las reglas a las nuevas formas de producir y organizar la economía.

23 Octubre de 2026 15.35

Hace más de un siglo, el economista Joseph Schumpeter planteó que la innovación era el principal motor del desarrollo económico. Su aporte fue explicar que el progreso no depende únicamente de utilizar mejor los recursos existentes, sino de introducir innovaciones que transforman las estructuras productivas. A este proceso lo denominó «destrucción creativa», porque las innovaciones dan origen a nuevos productos, actividades y empresas, al tiempo que desplazan a otros existentes. El desarrollo económico, desde esta perspectiva, es un proceso de transformación productiva.

Sin embargo, no todas las innovaciones tienen el mismo impacto sobre la economía. Los investigadores han identificado un grupo reducido de tecnologías que han sido capaces de impulsar transformaciones que se extienden a numerosos sectores. Se las conoce como tecnologías de propósito general y se caracterizan por su amplia aplicación, su capacidad de mejora continua y su potencial para generar innovaciones complementarias. La máquina de vapor, la electricidad y los semiconductores son algunos de los ejemplos más representativos. Su importancia radica en que no solo mejoran las actividades existentes, sino que abren posibilidades para desarrollar otras completamente nuevas.

La electricidad permite comprender cómo ocurre este proceso. Su introducción en la industria no consistió simplemente en sustituir las máquinas de vapor por motores eléctricos, sino que también hizo posible rediseñar las fábricas y desarrollar nuevos métodos de producción. A medida que la tecnología mejoraba, surgían aplicaciones que ampliaban su utilidad en distintas actividades económicas. De esta manera, los avances tecnológicos y las innovaciones que la electricidad hacía posibles se reforzaban mutuamente, multiplicando sus efectos sobre la productividad.

Hoy estamos viviendo una nueva revolución tecnológica impulsada por la inteligencia artificial, que reúne las características de una tecnología de propósito general. Al igual que ocurrió con la electricidad, su importancia económica va más allá de mejorar la eficiencia de las actividades existentes. Sus avances permiten desarrollar productos, servicios que antes no eran posibles. Al mismo tiempo, cuanto más se extiende su uso, mayores son las oportunidades para descubrir nuevas aplicaciones y los incentivos para seguir mejorando la tecnología. Esta relación puede generar sucesivas oleadas de innovación y aumentos de productividad durante décadas.

Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que el potencial de una tecnología no se convierte automáticamente en crecimiento económico. La electricidad tardó décadas en alcanzar buena parte de sus beneficios porque las empresas tuvieron que invertir, desarrollar nuevas capacidades y reorganizar sus procesos productivos. Con la inteligencia artificial también serán necesarias inversiones, innovaciones complementarias y cambios en la organización del trabajo. Aunque su adopción avanza rápidamente y ya muestra resultados en determinadas actividades, todavía desconocemos cuánto tiempo tomará alcanzar todo su potencial económico.

Mientras muchos de los beneficios económicos de la IA todavía están por llegar, sus efectos sobre distintas actividades y formas de trabajo ya comienzan a sentirse. La destrucción creativa de Schumpeter nos recuerda que la innovación no solo da origen a nuevas industrias y empleos, sino que también desplaza actividades existentes y modifica las habilidades que demanda la economía. Pero las grandes revoluciones tecnológicas tienen consecuencias que van más allá de estos cambios, pues las nuevas formas de producir y organizar la economía pueden entrar en tensión con instituciones y reglas establecidas bajo condiciones anteriores. La historia muestra que estas transformaciones, especialmente en sus primeras etapas, pueden ampliar las desigualdades y provocar conflictos sociales y políticos.

Por tanto, el desafío que plantea la inteligencia artificial no será únicamente aprovechar su potencial económico, sino también adaptar las instituciones y las reglas a las nuevas formas de producir y organizar la economía. La experiencia histórica muestra que esta adaptación es fundamental para que los beneficios se materialicen y alcancen a sectores más amplios de la sociedad. (O)

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