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Reconocer lo que no está bajo nuestro control es difícil y, a la vez, liberador. Como me decía una maestra de yoga en uno de mis momentos de mayor frustración: «El ochenta por ciento de lo que nos sucede no depende de nosotros, sino de dónde nacimos, de la cultura que nos rodea, de quién es nuestro vecino o nuestro compañero de camino. Es en el veinte por ciento restante donde realmente está nuestro libre albedrío».

21 Octubre de 2026 16.21

«Mis expectativas y los resultados fueron absolutamente distintos, y simplemente no puedo continuar», dijo con visible desaliento una persona a otra mientras hacían fila en una cafetería. Aquel comentario me dejó pensando en la frustración: esa mezcla de enojo y decepción que sentimos cuando la realidad no se ajusta a nuestros planes y que a veces llega a paralizarnos.

La frustración surge en la distancia entre lo que esperamos y lo que sucede. Es una emoción humana, inevitable. La dificultad comienza cuando quedamos atrapados en ella y nos cuesta encontrar el camino y las fuerzas para seguir adelante.

A veces basta un resfriado que afecte un viaje planeado para que nos invada una frustración desproporcionada. En otras ocasiones, la sensación es más profunda: todo el esfuerzo dedicado a una relación personal o a un proyecto profesional no da los resultados esperados, por razones que escapan a nuestro esmero.

Una de las enseñanzas más memorables sobre cómo manejar esta emoción me llegó hace muchos años en un lugar inesperado: en el avión de regreso después de varios días de meditación en el desierto de Nuevo México. Estábamos a punto de despegar cuando una auxiliar de vuelo me preguntó si podía cambiarme de asiento para que una pareja de adultos mayores pudiera sentarse junta. Accedí con gusto y tomé mi nuevo lugar. Para mi sorpresa, a mi lado viajaba Iván Vallejo, el célebre montañista ecuatoriano que había coronado, sin oxígeno suplementario, las cimas de las catorce montañas de más de ocho mil metros del planeta, incluido el Everest.

Conversamos largo rato. Él regresaba de escalar en Alaska; yo le conté mis experiencias en el retiro de yoga. Poco a poco, la charla nos llevó a algunas de nuestras batallas personales. En un momento dado, le comenté que no encontraba la manera de lidiar con la frustración que me acompañaba desde hacía varios meses. Iván me miró unos segundos en silencio y me dijo: «La frustración ha sido el karma con el que he tenido que luchar desde niño, y la vida me la sigue poniendo al frente en lo que más me gusta hacer: subir montañas».

Mi mente se fue de inmediato a todo lo vivido recientemente. Recordé la serie de eventos desafortunados que parecían sucederse uno tras otro. Las palabras de Iván interrumpieron mis pensamientos, que se arremolinaban rápidamente: «A veces tardas años en entender que lo que parecía una tragedia, lo que detuvo tu paso, tenía una razón de ser».

Habló de su experiencia en la alta montaña: la frustración que genera estar a doscientos metros de la cumbre y tener que detenerse, renunciar y dar la vuelta porque las condiciones del clima no son buenas. «Todo esto después de veintiún días de ascensión, de diez meses de preparación y de haber invertido dinero que no me sobraba. Y simplemente no hay nada que puedas hacer al respecto, no hay a quién culpar; solo queda respirar profundo, aceptar, no tratar de entender en ese instante y descender. Con el tiempo, tal vez lo vuelvas a intentar, quizá en otras condiciones».

Aquella imagen se quedó conmigo. Pensé en cuánto nos cuesta renunciar a un resultado cuando hemos dedicado tanto a conseguirlo. Cuanto mayor ha sido el esfuerzo, más difícil resulta admitir que no está garantizado el éxito.

Reconocer lo que no está bajo nuestro control es difícil y, a la vez, liberador. Como me decía una querida maestra de yoga en uno de mis momentos de mayor frustración: «El ochenta por ciento de lo que nos sucede no depende de nosotros, sino de dónde nacimos, de la cultura que nos rodea, de quién es nuestro vecino o nuestro compañero de camino. Es en el veinte por ciento restante donde realmente está nuestro libre albedrío».

Hasta que comprendí ese concepto, solía paralizarme por completo cuando las cosas terminaban distintas de lo que había proyectado. Hoy sigo frustrándome, como es natural; sin embargo, cuando logro silenciar un poco mi mente, puedo sentir con mayor claridad lo que me está pasando y, en ocasiones, centrar mi energía en lo que sí está en mis manos y dejar de luchar contra lo que no puedo modificar.

Pienso de nuevo en la frase escuchada en la cafetería: «Mis expectativas y los resultados fueron absolutamente distintos, y simplemente no puedo continuar». Así es la vida: pocas veces lo que visualizamos al inicio coincide con el final. Pero la frustración no es exclusivamente negativa. Cuando aceptamos lo que es y dirigimos nuestro enfoque hacia lo que sí podemos cambiar, esta emoción puede desempeñar un papel fundamental: nos brinda la posibilidad de desarrollar la resiliencia, la perseverancia y la creatividad. Y siempre podemos volver a empezar. (O)

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