En los últimos años se han creado las condiciones para que se configure una tormenta perfecta y nos encontremos en una situación paradójica: mientras mayor es la urgencia de crear fuentes de trabajo, dada su relación directa con la economía (núcleo de la subsistencia, la estabilidad social y la seguridad), cada vez hay menos empleo (o el existente es menos adecuado y los salarios no alcanzan).
Hay varios factores, internacionales y locales, que nos han llevado a esta paradoja.
En un mundo globalizado, las decisiones políticas y económicas de un país o una región repercuten en el resto del planeta. Un ejemplo evidente son los conflictos económicos y bélicos, así como su impacto global en la economía y el empleo.
Por un lado, las guerras arancelarias que están de moda entre los gobiernos, como forma de represalia o presión económica y política, tienen un impacto negativo en el empleo. Este es el caso de los aranceles impuestos unilateralmente por EE. UU. a decenas de países, que han puesto en peligro alrededor de 84 millones de puestos de trabajo. En el caso de Ecuador, la reciente guerra comercial con Colombia costó 5.000 empleos y puso en riesgo alrededor de 200.000 más, y eso que duró solo 124 días.
Por otro lado, los conflictos bélicos iniciados por Rusia en Ucrania y por EE. UU. en Irán han provocado una ruptura en la cadena de suministros y han encarecido varias materias primas (sobre todo las energéticas). Esto ha tenido un efecto negativo en el empleo y la producción de todos los países y regiones, además de encarecerlo todo (y este impacto será incalculable si toda Europa y el resto del Medio Oriente terminan arrastrados a estas guerras, algo que ya está sucediendo).
Esta inestabilidad y volatilidad política están debilitando todas las economías, afectando las fuentes de trabajo y, al mismo tiempo, provocando una inflación imparable que ha puesto en jaque el sustento de millones de personas, tanto a nivel local como internacional.
A esto se suman dos elementos igualmente disruptivos: los avances tecnológicos y el cambio climático.
Uno de los efectos de la pandemia de COVID-19 fue la aceleración de la tecnificación del trabajo. Durante los dos años de confinamiento, el trabajo pasó de lo presencial a lo remoto, y de lo humano a lo automatizado. Cada vez son más las empresas e industrias que han prescindido de las personas y han optado por la tecnología para realizar las mismas actividades. El pináculo de esta tendencia es la inteligencia artificial (IA), que, con una rapidez vertiginosa, ha vuelto obsoletas muchas carreras en cuestión de un par de años. Y esto es solo el comienzo. En poco tiempo veremos cómo desaparecen cada vez más empleos debido a la obsesión por la productividad y la eficiencia a menor costo, lo que hará que muchas actividades sean incompatibles con las capacidades humanas.
Al mismo tiempo, las alteraciones del clima causadas por la contaminación están destruyendo empleos de manera directa e indirecta. Todos los días somos testigos de la volatilidad del clima: mientras que hace unos meses se batían récords diarios de calor, con graves sequías, ahora las lluvias no paran y nos dejan imágenes de ciudades convertidas en lugares más parecidos a Siberia por las granizadas récord (Quito, Zúrich y Asunción), o de aluviones que arrasan con todo a su paso (Nepal, Tíbet y Santiago de Chile). Estos dos extremos, tanto en las zonas rurales como en las urbanas, tienen el mismo efecto: afectarán a la economía y al empleo, ya sea porque se destruyen directamente las actividades (como en el caso de la agricultura a causa de las inundaciones o las sequías) o por sus efectos indirectos sobre los negocios (debido a las rupturas en la cadena de suministros y a la escasez de materias primas).
Vale recordar que la generación de electricidad depende del clima y que este insumo es indispensable para la existencia del empleo. No olvidemos que los cortes de luz de 2024 causaron la destrucción de cerca de 250.000 puestos de trabajo (y este año se viene una nueva tanda de apagones, sumada a un fenómeno de El Niño sin precedentes que recién empieza).
A esta ecuación se suman dos elementos que han afectado las actividades laborales: el crimen y la violencia. En nuestro caso, Ecuador, en cuestión de cinco años, se ha convertido en el país más violento de la región y del mundo, y nadie está a salvo. Sea cual sea el negocio o la industria, si hay dinero de por medio, los asaltos, las extorsiones y los secuestros se convierten en una posibilidad concreta y, en múltiples casos, en una realidad. Las consecuencias son el cierre de negocios, el éxodo de personas, las pérdidas económicas (de acuerdo con el Banco Mundial, se perdieron USD 12.000 millones en un año) y una menor inversión nacional y extranjera.
A todo lo anterior se suma que, a nivel local, se expide una gran cantidad de normativa de todo tipo, incompatible con las necesidades actuales. En el ámbito laboral, se ha expedido una cantidad abrumadora de normas que imponen cada vez más obligaciones a todo tipo y tamaño de empresas. El efecto predecible es que los negocios no crezcan (e incluso se reduzcan) y que se prefiera evitar la contratación de nuevo personal. Lo irónico es que, a pesar de que se expiden tantas normas día a día, ninguna prevé formas de mitigar o solucionar los fenómenos externos e internos que son evidentes y reales. Ninguna ley expedida hasta la fecha propone medidas certeras contra el impacto de la IA o del cambio climático, y mucho menos contra los efectos de la violencia en el empleo.
Es imposible negar que el trabajo es uno de los pilares fundamentales de la subsistencia de un país. Incluso es uno de los pilares principales de cualquier plan de seguridad nacional. El empleo es uno de los factores que determinan que una persona y, en consecuencia, una sociedad vivan o no en la pobreza. Y es justamente la pobreza la que está alimentando las filas de los grupos de delincuencia organizada (GDO), que cada día logran reclutar a más personas sin oportunidades y perpetúan este ciclo interminable de violencia en el que estamos metidos.
Irónicamente, tratándose de un tema tan central para la subsistencia humana y de la sociedad, en un mundo en el que el epicentro de todo es la economía, se ha creado la situación ideal para que el empleo vaya desapareciendo. Vivimos una realidad paradójica en la que aquello que nos nutre está siendo destruido. (O)