Desde que la inteligencia artificial llegó a nuestras vidas, contamos con un asistente al que podemos consultar casi cualquier cosa. Le pedimos ayuda para resolver dudas cotidianas, comprender información compleja, elaborar presentaciones o resumir documentos. Tareas que antes nos tomaban horas hoy pueden resolverse en minutos. Yo misma he llegado a decir, con cierta exageración, que es «mi mejor aliada» en mis tareas diarias.
Facilitarnos la vida y agilizar procesos tiene un valor indudable. Sin embargo, cuando incorporamos la IA a las tareas de aprendizaje, aparece una preocupación: podemos terminar delegando en ella el trabajo intelectual que necesitamos realizar para aprender.
Quizá estamos aceptando demasiado rápido una idea: a mayor uso de inteligencia artificial, mayor productividad y, por tanto, mayor aprendizaje. Pero terminar más tareas o producir más textos no significa necesariamente comprender mejor.
Los resultados de PISA 2025 invitan a examinar esta diferencia. La OCDE señala que, en términos generales, los estudiantes que no utilizan inteligencia artificial tienden a obtener mejores resultados. Esto no demuestra que la IA cause un menor rendimiento, pero sí cuestiona la idea de que utilizarla garantiza aprender más. También destaca que su uso se asocia con mejores resultados cuando los estudiantes reciben enseñanza explícita para interpretar y evaluar la información que genera.
El riesgo aparece cuando usamos la IA para evitar leer, escribir, argumentar o resolver problemas. Por eso, me preocupa que estemos perdiendo la capacidad de pensar críticamente. Y de que el uso sin una guía adecuada nos lleve a generar respuestas a problemas, en automático y sin una revisión previa.
También podemos utilizarla para contrastar ideas, pedir explicaciones, explorar alternativas y recibir retroalimentación. La diferencia está en el trabajo intelectual que seguimos haciendo nosotros. Y en el hilo tan delgado que es el pensar si lo hice yo o lo hizo la IA.
Por ejemplo, podemos pedirle que resuma un texto para evitar leerlo, o podemos utilizarla después de la lectura para contrastar nuestra interpretación y generar preguntas que nos ayuden a comprobar lo comprendido. En ambos casos utilizamos IA, pero el trabajo de pensamiento que realizamos es distinto.
Su llegada repentina y la falta de orientación hacen más difícil reconocer cuándo nos ayuda a aprender y cuándo estamos delegando demasiado. En mi caso, comienzo a preguntármelo cuando siento la tentación de pedirle que resuelva algo antes de haberlo intentado por mí misma.
Escribo esto con preocupación. En un mundo acelerado, resulta tentador elegir siempre el camino que exige menos esfuerzo. Sin embargo, hay esfuerzos que necesitamos conservar: volver a leer un párrafo, organizar una idea, equivocarnos y revisar una explicación. Reconocer cuándo estamos evitando ese trabajo exige honestidad con nosotros mismos. Y no es tarea fácil.
Me preocupa que la comodidad de recibir respuestas inmediatas termine reduciendo nuestra disposición a detenernos, leer y reflexionar.
Ese «manual de uso» de la IA debería ayudarnos a distinguir qué podemos delegar y qué procesos necesitamos seguir realizando por nosotros mismos para aprender.
La pregunta que me gustaría que acompañara cada uso educativo de la IA es sencilla: después de utilizarla para elaborar este resumen, este ensayo o este texto, ¿qué aprendí y qué puedo explicar por mí misma? (O)