A sus 81 años, Euclides Palacios Palacios sigue al frente de una organización que produce, empaca, comercializa y exporta banano al mundo.
Está casado desde hace 60 años con Jenny Márquez, tiene cinco hijos, 15 nietos y una bisnieta.
Su historia comenzó hace más de cinco décadas al volante de un Land Rover, el vehículo que lo llevó a recorrer las haciendas de la provincia de El Oro y a conocer una industria en la que construyó su conglomerado empresarial.
Antes de que su nombre estuviera ligado a miles de hectáreas de banano, a barcos que cruzan el océano y a una corporación familiar que hoy factura millones de dólares, Euclides Palacios no tenía una finca ni una fortuna heredada.
Su primera relación con el mundo del "oro verde" comenzó en 1976, cuando transportaba a los jefes de zona de Luis Noboa Naranjo entre sus haciendas. Noboa fue considerado el "rey del banano" ecuatoriano, quien construyó un imperio agroindustrial hasta convertir a su compañía en el cuarto exportador mundial del producto. Su legado sentó las bases de uno de los grupos empresariales más grandes del país.
Durante cinco años, para don Euclides aquel automotor fue su oficina, su universidad y, sin que lo supiera, la puerta de entrada a una industria que terminaría convirtiéndose en el centro de su vida.
Incluso una vez, mientras llevaba al propio Noboa al aeropuerto de Santa Rosa, este le preguntó si ese vehículo era de ellos. "Le respondí que no, que era mío. Él enseguida me dijo: ‘Me han contado que tú confías mucho en mi empresa’". Esa fue la única vez que los dos conversaron animadamente.

El hombre antes que el empresario
Nació en Girón, Azuay, el 11 de febrero de 1945. Llegó al cantón El Guabo, en el sur del país, una zona predominantemente agrícola, reconocida a menudo como la cuna del banano orense. Tenía seis años y era el mayor de cinco hermanos,
Su padre había dejado atrás Azuay para convertirse en comerciante en la Costa, y abrió una tienda de abarrotes a la que llegaban productos desde Guayaquil. Palacios creció entre sacos, cajas, mercadería y clientes. Allí comenzó a entender, mucho antes de saberlo, que detrás de cada producto podía haber una oportunidad.
A los 12 años comenzó con sus primeros emprendimientos. "Vendíamos cigarrillos Lucky, Chester, Marlboro y Lark; yo le pedía algunos paquetes para entregarles a los vendedores ambulantes y me ganaba una comisión. También les ofrecía a mis compañeros de escuela velas, brocas y pinturas para que arreglaran las tumbas durante el Día
de Difuntos".
A los 16 años dejó los estudios para dedicarse por completo al comercio. "En esos años el transporte era solo naviero. Yo me conocía de memoria los horarios, los barcos y a quienes trabajaban en el puerto. Me levantaba a las 04:30 de la mañana casi todos los días para recibir la mercadería que llegaba para la tienda de mi papá"
De su padre heredó algunas de las reglas que con el tiempo se convirtieron en sus principios empresariales: "Ser honesto, siempre correcto y leal con la familia".

Es agosto de 2026 y don Euclides, como todos lo conocen, recuerda esos años desde su complejo residencial en la parte alta de Cerro Palmar. "Este es mi sueño hecho realidad, de niño venía hasta acá para cosechar moras", confiesa. Durante casi dos horas habló con Forbes Ecuador, sobre su vida, sus ideas y su estilo de liderazgo. Sus hijos y nietos entran y salen mientras escuchan al patriarca.
Es el fundador de un conglomerado que aglutina ocho empresas, todas relacionadas con el mundo del banano. En 2025 registró ingresos de US$ 600 millones y pagó más de US$ 8 millones en impuestos.
Asegura que siempre fue un crack para las matemáticas. Decidimos ponerlo a prueba al preguntarle cuantos bananos exportó el año pasado. "Fueron más de 600.000 cajas semanales, en cada caja van entre 90 y 105 dedos de banano". Uno de sus nietos toma la calculadora y le da una mano. Al hacer las multiplicaciones, el resultado ronda los 2.500 millones de unidades de la fruta en 2025. La memoria y experiencia del abuelo son vistas con orgullo por las siguientes generaciones.

El inicio de su imperio
Desde el asiento del conductor de su Land Rover aprendió a reconocer las haciendas, a los productores y la forma en que se movía la fruta. Sobre todo, a relacionarse con las personas. El grupo Noboa contrataba los servicios del vehículo por veinte sucres la hora. "Estuve con ellos cinco años. Un día les dije, cuando ustedes ya no ocupen mis servicios me dedico a vender banano". El momento llegó un viernes. "Me dijeron gracias y el lunes me volví comercializador. Me inicié con la competencia de Noboa". Era 1974.
Dar el primer paso no fue sencillo. Empezó a buscar la fruta entre productores que conocía. Un amigo de apellido Zurita le vendió 600 cajas, pero no eran suficientes. Entonces apareció Luis Vega, un productor que decidió ayudarlo con el banano que faltaba. "Al hombre que quiere trabajar hay que ayudarlo".
Así consiguió las primeras 1.006 cajas, pero no tenía dónde empacarlas. En el camino se encontró con el propietario de una empacadora. "Hasta se burló diciéndome que si iba a vender yuca; finalmente me cobró 20 centavos por caja". (I)

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